26 de octubre de 2008

Factor diablo

Eran las cuatro de la mañana. Desperté por una pesadilla y un dolor de espalda que casi me deja muerta. La realidad después de una pesadilla es un espacio extraño. Empiezo a ver imágenes en los reflejos de las luces sobre un asiento. Me dan escalofríos y me cubrí con la frazada.
Al correr la cortina veo mi imagen que aflora desde la oscuridad, reflejando una luz inexistente. Afuera hay un cielo negro sin estrellas. Esto no es una carretera, es un túnel eterno en donde puedo sentir la velocidad del bus y el ruido ese de las cosas que están en el camino. El vaivén hace que las cosas se vuelvan borrosas, el pasar de las luces de las casas por el camino, las sombras a través de la cortina.
Imagino los espinos y rocas abandonados afuera. Me dan pena, no sé por qué. Intento dormir contando los vehículos que van hacia el norte, como si fueran ovejas saltando un corral en mi cabeza. En mi pesadilla había vampiros que me perseguían y atravesaban paredes, creo que nadie sueña con vampiros.
Mi vejiga duele como la punción de un puñal. No me di cuenta de haber estado aguantando las ganas de mear. Algunas veces sueño que voy al baño y me despierto con la ropa mojada. Tanteo mis zapatos en el piso. Antes de levantarme, hago un chequeo del pasillo y del resto de los pasajeros. Todo está silencioso y el bus sigue su camino a través de la negrura.
Un diario en el suelo me recuerda que las carreteras están llenas de accidentes. Uno nunca sabe si va a volver a casa. Nada es seguro. Antes de salir de casa me despedí de todos. Mi mamá me dijo que estaba exagerando.
Junté ánimos para atar mis cordones y lentamente me puse de pie. No vaya a ser que tropiece y caiga sobre alguien. Bastaría además un leve movimiento para perderse en el expansivo ronquido de aquellos que pueden dormir en las micros.
Hasta el final del bus existen mil kilómetros, mis pies se hunden en la alfombra del pasillo, la imagen se deforma en mis ojos. Camino sujetándome para conservar el equilibrio y me guían las luces pequeñas que las nuevas versiones de buses traen en el suelo. El motor aumenta sus revoluciones, rugiendo a cada metro que se desplaza.
Luego de horas de caminar desde mi asiento -o al menos eso sentí- tiré la palanca de la puerta del baño, pero no se abrió. No es que hubiera nadie, las letras y la luz pequeña y verde del seguro decían "unlock". La tiré de nuevo pero no hubo caso. Aquel es el segundo en que recuerdas a la familia entera del auxiliar, su madre, su perro. Uso mis fuerzas para intentarlo por tercera vez pero no hay caso. Tomo fuerzas para contenerme de la orina y la ira y me obligo a esperar unos minutos más.
Camino hasta llegar a los primeros asientos frente a la cabina del chofer. Golpeo la ventanilla pero nadie me oye. Decido abrir la puertecilla y aparece ante mí la carretera iluminada por las luces del bus, la línea contínua, las señales. El auxiliar duerme con esa habilidad única de la gente del rubro. El cuerpo sentado y la cabeza como quebrada, haciendo pucheros.
-Buenas noches-comencé con el tono cirncunspecto que he aprendido en el trabajo. El chófer como buen chofer no despega los ojos de la carretera. Ni siquiera me mira. A la distancia las luces de los otros vehículos sólo nos hacen señales.- Disculpe? -dije tocándole el hombro.
El chofer me mira en sólo una fracción de segundo. Pero nada más bastó ese pequeña fracción para notar sus ojos y su cara. Un rostro viejo y malévolo. Perversión que he visto solamente en efectos especiales de películas terroríficas. Sonríe. Su sonrisa es deforme. Tanta oscuridad como la de esa noche. Un escalofrío me recorrió y tuve allí la firme convicción de que la maldad verdaderamente existe.
Deja de sonreir para transformar su cara era una mueca. Carcajadas eran expulsadas de su boca.
¿De qué se ríe usted? ¡Tenga cuidado hombre! Los vehículos aumentaban a medida que nos acercábamos a una zona urbana. Las luces altas y las bocinas de los otros comienzan a dar señas al resto de que algo sucede.
El auxiliar despierta rápido y con buenos reflejos. El chofer aumenta la velocidad... 120... 130.. Le pregunto al auxiliar qué diablos pasa, pero no me responde, sólo le habla al chofer y trata de ayudarle pidiéndole que se detenga. No hay respuesta... 140... Me hace salir de la cabina. Su rostro estaba muy serio y me cerró la puertecilla en la cara. El bus ahora circula por la pista contraria y el auxiliar trata de controlar el volante. El bus se tambalea.
Los demás pasajeros estaban levantados o afirmados a sus butacas. Escucho sus gritos, me preguntan cosas que no puedo responder. Me sujeto de cualquier cosa, tropiezo con todo. Otros intentaron entrar en la cabina, pero sólo escucho peleas y esa voz escalofriante y tenebrosa gritándonos, gritándome
-ASÍ ES COMO FUNCIONA ESTO... ¿NO QUERÍAS SABER?
El bus se volvió un caos. Y yo sólo pensaba en la puerta del baño como una vía de escape:
-La puerta, tengo que abrir la puerta...
Saqué fuerzas de no sé dónde y tiré la maldita manilla, que por supuesto no funcionó. No me acordé de nadie, como suele ocurrir en las películas. Ver la vida pasar fue solamente saber con certeza quien era y dónde estaba, recordé cosas que nunca esperé recordar. Luego vino un "crash" y los asquerosos crujidos de fieros retorciéndose. Un golpe tras otro, la puerta del baño que por fin se abrió y me golpeó con fiereza. Girar sin fin. La noche negra. La muerte es una noche negra. Cuando todo por fin dejó de moverse y cesó la lata de cortarse, siguieron los gritos y las conversaciones desesperadas.
Debo reconocer que tengo una sensación de culpabilidad. Tampoco puedo jurar si fue todo así de esta forma. Mi bus chocó, eso sí lo sé. Cada vez que me miro al espejo para ver las heridas de mi cara, temo ver en mis ojos la mirada que tenía ese hombre.
Ahora sólo tengo frío y he pedido más frazadas. Me cubriré completamente. No quiero que ninguna mano salga por debajo de mi cama y pueda tocarme.
Ya sé cómo funciona ésto. ¿Quien es el culpable? Me da miedo pero sería poco lógico de mi parte no reconocerlo y soy tan sólo un número más en las estadísticas. Hay un factor no considerado hasta ahora para todos estos accidentes: el factor diablo.


Escrito por Eli Cárdenas
Eli es miembro de El Puñal
Este cuento se escribió en el año '97 para participar del taller literario de la Zona de Contacto. Hoy se reescribe para El Blog.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno este cuento. Es poco común el tema y se lee bien, sin tropezones.
Cierto. Si no fuese por el factor diablo... otro gallo cantaría.

Yo.

Mauro Cronenberg dijo...

Qué intenso tu cuento. Me hizo resentir algunos momentos muy difíciles pasados hace algunos años, en Valparaíso. La sensación de vértigo se me repitió N..., de vértigo y de soledad igual.

Menos mal que ahora se pueden dibujar tremendas rosas abiertas y pedir que despertemos. Eso es lo mejor después de la pesadilla.

Abrazos.