15 de noviembre de 2014

Tres poemas de Paolo Astorga | Lima, Perú

 

Inercia

 

Esquizofrénica verdad llevas entre tus manos

ya extranjeras

nunca fuiste de este lugar donde el tiempo adormeció

algún día la soledad y volaron todas las aves

abriendo la única entraña del amor

y su condena inhóspita y desquiciada

un rostro que se repite hasta hacerse otro

el olvido que brilla y es eterno paraíso estéril

un sueño para cada sombra desahuciada y deforme

un cúmulo de niebla para construir cándidas guaridas

y entretejer la rebeldía de una memoria suplicando

el instinto de desaparecer en la inmensidad donde nadie sufre

el emblema hipócrita que te hace caminar

y no ser nunca esa isla evidente de agonía

donde el sol es dios castrado y sonriente

donde creas el mito en tu pupila tupida de excremento

y escribes en un papel blanco

cantos de sirenas y orillas ignotas

sin saber por qué

maldita sea!

 

Testimonio de extramuros

 

Iracundo y perfecto sentado en el mar de alguna playa sin temor

otra vez eres sin quererlo el clarividente del placer

perfecto placer del cordero asaltado por el triunfo

y la vanagloria de la misma respiración

que ya no enorgullece

insuficiente como el invierno y sus inventos

para perforarnos las espaldas e injertarnos alas

o deformes columnas de concreto

ya vas sin rumbo y la algarabía es solo esperanza

de la necia lluvia que reaparece

como la sombra que creías tuya en la paranoia de la gran satisfacción

o de la infancia en que dinamitaron todos tus recuerdos

y entonces te preguntaban por tu pervertida imaginación

o de la maleducada y lúbrica insinuación de júbilo que perseguiste

silenciosamente y con ganas de que algún viejo te diga muy bien

hasta el día en que tú y todos nosotros

la conoceríamos

desnuda, tosca, travestida y con la cara ensangrentada

pidiéndonos por favor

ya no ser tan imbéciles

como imbéciles fuimos sentados en el mar

esperando la resignación de las imágenes

mientras empezábamos a escribir

para que ella siga gimiendo

y necesariamente

en algún momento

muera de asfixia.

 

Noche irreversible

En la mastodóntica sugestión de los que no supieron nada

se escondió el embarazo inexacto de la noche y sus Narcisos

puercos de feria para hacer de ellos

fotochecks de carne irreverentemente quemada

infertilidad frenética de payasos esperando la mutación

del cielo en añorados reinos pendientes

úlcera de voces fracturadas que se sacian

en la superstición de los colapsos

simplemente aquí y a oscuras la descomposición de los alrededores

y su intenso desquicie de saxos restituyendo el abandono

en oración gnóstica,

acoplarse a la comunión de los que llevan arrastrando

habitaciones sublimadas de suicidios

o solo quizás habitaciones

inocentes habitaciones para remojarnos

indiscretamente en nuestros jugos

hasta desentrañar alguna estética robada al instante

sobre tumultos de cercanías estancadas

que ya no existen

mientras nos tatuamos relojes muertos en el sexo

y avanzamos débilmente entre la multitud

que ya nos traga de a pocos.

3 de julio de 2012

LXXI | Yamila Greco, Argentina

LXXI

piedra sobre piedra el sol hecho pasta mal augurio
reúne la carne que el verbo mutila

cuando la infancia salpica el polvo amargo de los años
y las facciones comienzan a ensombrecer la cordura

desfigura la vergüenza con las manos calcinadas el vacío
la claridad dibujada por los puños ignorados del tiempo

incluso la luz burla el ámbito de lo humano

la región donde habita el corazón a su siniestra
derrama el espíritu bajo la tierra envenenada

algo busco entre ellos yo que cuando digo sol provoco espanto

reanima y propaga el frío la memoria en su nido de pesar
la imagen brilla pero el dolor sospecha tras la espalda de la noche

aquellos que juraron mirarme pero no lo hicieron

levanta el viento su calma curva mi brazo su sello resplandeciente
viste esas piedras el cuerpo deshabitado ni modo alguno ni gesto vivo.


Yamila Greco. Poeta argentina nacida en Buenos Aires en 1979. Colabora en diversas publicaciones literarias. Sus poemas han sido traducidos al catalán, al italiano, al portugués y al inglés. Dirección de correo electrónico: dios.se.corre.en.mi.boca@gmail.com

4 de junio de 2012

Bolero altivo | Rodrigo Suárez Pemjean, El Puñal

No más tus besos
las anguilas
            cuelgan al sol
esperan el agua 
que viene a tornar tu cielo
Aléjate, la distancia no se acomoda
al trajín del viento

Brilla tu lágrima,
          no temas este adiós
que la sangre tira su bucólica
luz alrededor de la manzana
Ya en la distancia, los abrazos
revelan su efímero contorno
sin embargo.


Rodrigo Suárez Pemjean (1971) Poeta, profesor de Castellano y Magíster en Literatura Chilena e Hispanoamericana. Dirige la revista literaria El Puñal desde 2005.

26 de abril de 2012

Presentación Libro "Crónico" de Héctor Santelices, Casa Azul

  Presentación del libro Crónico

Viernes 27 de abril,  19.00 hrs.
Zócalo Centro de Extensión (CENTEX)
Consejo Nacional de la Cultura y las Artes


         

El Centro de Extensión (CENTEX)  del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes tiene el agrado de invitarle al lanzamiento del libro de poesía "Crónico" del poeta Héctor Santelices Peña, quien además es integrante de la organización comunitaria de Valparaíso Centro de Investigaciones Poéticas Grupo Casa Azul y del comité editor de la revista digital Botella del Náufrago.

El lanzamiento se realizará el viernes 27 de abril a las 19.00 horas en el Zócalo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (Plaza Sotomayor 233, Valparaíso) y se inscribe en el marco de una serie de presentaciones y lanzamientos de distintos títulos realizados por el Grupo Casa Azul y la editorial independiente La Picadora de Papel, motivados por la idea de difundir la poesía y el arte emergente tanto en la región como en todo Chile.


Crónico es el primer libro publicado por Héctor Santelices Peña. Además es el tercero de los trabajos personales pertenecientes a la "Colección Poesía" del Grupo Casa Azul y La Picadora de Papel, sin embargo viene precedido por el libro colectivo Plano inclinado, una poética en sentido amplio, recientemente favorecido por el Fondo del Libro y la Lectura 2012, trabajo que recopila textos poéticos de los integrantes de Casa Azul, incluyendo a Santelices.

Además de la presencia del autor, esta actividad contará con la participación de Karina García Albadiz, Magister Interdisciplinario en Estudios Humanísticos, a cargo del prólogo, y de integrantes del Grupo Casa Azul quienes harán lecturas de poemas del libro de Héctor Santelices.
Se contará con la interpretación musical de Rolando Jaime, de dos Preludios y dos Estudios del compositor brasilero Heitor Villa-Lobos.

Día: Viernes 27 de abril,
Hora: 19.00,
Lugar: Zócalo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes


Reconozcamos nuestra herencia: Patrimonio es Identidad


Centro de Extensión (CENTEX)
Departamento de Ciudadanía y Cultura
Consejo Nacional de la Cultura y las Artes
Sotomayor 233, Valparaíso
www.cultura.gob.cl/centex_/


 
Héctor Santelices Peña nace en Valparaíso donde reside desde hace 29 años y escribe desde los 15. Admira la escritura de Pablo de Rokha, pero su influencia mayor está dada por la cotidianeidad de los barrios porteños. Su poesía  viene desde esa  trizadura social, de lo que no se mira pero que, sin embargo, está a la vista, por ejemplo: los niños que delinquen, la droga,  la noche, las cárceles; las costumbres, el vocabulario y las ideas del hampa y de la gente común. Este poeta pertenece al Grupo Casa Azul desde el 2009, con quienes ha leído en distintos encuentros literarios.  Bajo este referente ha publicado poesía en las revistas Ánfora y Botella del Náufrago, y en diversos medios de soporte electrónico. En el  2011 publica Plano Inclinado, poética en sentido amplio, junto a otros cinco poetas de Casa Azul.
Difunde Centro de Investigaciones Poéticas
Grupo Casa Azul

 







--
El Puñal
Revista de Creación Literaria
www.elpunal.blogspot.com

13 de abril de 2012

El viejoven | Fernanda Montoya, Chile

Katequil, Daniel Cotrina, Acuarela, 2010


Como la vejez,
un rostro visible me vino a visitar
idéntico a la tristeza del mundo
más cercano que el retrato de un amigo dispuesto en un velador,
y más amigable que el descaro de los números
“eres como el desafío de un siglo”
como la vejez
un poco sollozando la grieta en la cara 
apenas un fragmento de hastío
mínimo frente al tiempo
conocedor de todas las cosas
y los astros malsanos
como una manzana más roja que la distribución de la sangre
me vinieron a mordisquear el veneno.
Qué puede afligirnos aquí abajo
si anhelando miramos hacia el cielo,
en medio de puras trompetas
¿tan mortales somos?
al menos podemos jugar con nuestra tentación voluptuosa
el destello lo perdieron los dioses después de habernos tejido
vivieron arrepentidos para siempre
y todo se debate en un azar de celos y recelos,
los pies cambiantes sin aviso
las uñas rasguñando un aire inocente 
—pero la poesía—
el monumento
que se erige como fuente
para los sedientos de una persistencia
—si quiera una pizca de gloria—
mientras en el mundo haya alguien que sufra
que duela
sin saber,
como el rostro del niño a mi lado
ahí estará la poesía
como la simulación de un poder en la tierra
una eternidad para los hombres
en medio de este siglo de manos.

Fernanda Simón Montoya, chilena, 20 años, estudiante de Letras. Trabaja en práctica electiva de investigación, practica danzas y actualmente trabaja en su primer libro de poemas.


Daniel Cotrina Rowe. Pintor (Cajamarca, Perú) con exhibiciones dentro del Perú; y en países como: Estados Unidos, Alemania, Brasil, Ecuador, Chile. Su obra es parte  de la colección del Museo de la Solidaridad Salvador Allende en Chile y  colecciones privadas como de Ramon Miramontes Board Member of Pasadena Unified School District, en California Estados Unidos; y otras en España, Canada, Holanda, Alemania.


28 de marzo de 2012

Labrys | Damián Gandlaz, Argentina

Patricio Bruna. Cazadores. 70x50. Acuarela, 2006.

                       Labrys: Antiquísima hacha cretense de dos caras, derivadas de las inmemoriales bifaces
 de la Edad de Piedra. De su nombre proceden las palabras “trueno” y “laberinto”.

Lo único que hay es agua. Nada más hay. En ocasiones, cerca del nunca, un pez de oro se asoma, y pronto vuelve a sumergirse. El Océano es Infinito y Profundo. Pero exactamente en el centro se yergue la Isla. En el medio de las aguas incesantes; tal vez existe tan solo para remarcar el carácter interminable de lo que la rodea, hasta el imposible fin; para que aquel que observe desde afuera lo recuerde. Pero quizás nadie esté observando.
 
La Isla se levanta en el centro de las aguas grises, líquido que agita el viento melancólico, que también, a su modo, es gris. Quién puede determinar dónde termina el color y comienza el sentimiento.
Justo en el centro; no importa dónde esté, cualquier punto del Infinito es su centro. Es como si se moviera: la Isla flota, y el centro del Mar se mueve con ella para recibirla.
 
La Isla es el hogar de los hombres. Los hombres se entienden entre ellos y viven en paz. Ninguno se aventura fuera de la Isla, porque saben que el Mar no tiene término, y un solo paso en él los perdería sin remedio: jamás podrían volver. Así que los hombres decidieron hace mucho quedarse en la única tierra firme que conocen. Y también decidieron que serían felices.
 
El Sol se movió, como todo se mueve; giró incontables veces, incluso sobre su propio eje, para que nadie tuviera derecho a reclamarle nada; marcando así, por medio de sus signos, el inasible paso del Tiempo.
 
La vida era larga y próspera. Sin relieve, sin sobresaltos, sin aventuras. Y porque estaban rodeados de agua, esos hombres, esos hombres que habían decidido ser felices, comenzaron a dudar. ¿No sería que se engañaban a sí mismos? Vivían tranquilos en su tierra, pero en cualquier momento, con sus ojos, o en su memoria, o en sus sueños, volvían a ver el Océano, y un ligero estremecimiento les sacudía la piel: a pocos pasos de su felicidad, la duda gris golpeaba la costa, horadándola lentamente. ¿Qué había más allá del Mar? ¿Era real su satisfacción, tenía sentido?
 
Se congregaron en la plaza central, la misma que usaban año tras año para realizar las fiestas de gran pompa en que se congraciaban con el Dios, cuando el fugaz Sol se encontraba en un preciso punto señalado. En esa plaza que está en el centro de la Isla que está en el centro del Mar se juntaron: esta vez no para agradecer, sino para cuestionar.
 
El rey Minos y la reina Pasifae salieron al balcón de su palacio, acompañados de sus hijos, la bella Ariadna y el bello Androgeo; y junto al pueblo, que estaba más abajo, congregado en la plaza, levantaron la cabeza y contemplaron el Cielo despejado y casi alegre. Clamaron que la existencia era feliz, demasiado feliz para ser cierta, y le exigieron al Dios que diera alguna señal; lo conminaron a que se presentara ante ellos y les declarara si su dicha era real, o una cruel mentira. Si el Dios aparecía, si se dejaba ver, si comprobaban su Ser, eso sería prueba suficiente de que el Universo estaba justificado.
 
Todos oyeron un llamado en su corazón, silencioso pero inapelable; una voz que sin palabras los instaba a acercarse a la playa.
 
La playa marca el límite entre la Isla y el Mar. Entre la Isla y el Resto. Encabezados por los monarcas, el pueblo llegó a la arena que señala el borde de la seguridad y la certeza, y observó las aguas con oscura esperanza, aguardando la señal con que habían desafiado al Dios; y la señal llegó.
 
Abriéndose paso por entre la espuma y el asombro, surgió del Océano un Toro magnífico; el Dios había prometido, y cumplía con la palabra empeñada. Pero ahora los hombres se arrepentían de haber preguntado lo que no les convenía saber: porque ese animal sagrado, que demostraba la existencia del Dios, mostraba su oblicua esencia: un ser irracional había emergido absurdamente desde aquella Nada Infinita por la cual se lo cuestionaba. Era una paradoja espantosa: el Dios existía fuera de toda duda; pero no así el Orden que se suponía debía deducirse de su Ser. El Universo no es Cosmos: es Caos.
 
El corazón humano es tan profundo como el Mar. La primera en entender plenamente las consecuencias de lo que acababa de ocurrir fue la reina Pasifae: en cuanto vio a aquel Absurdo surgiendo de las aguas, perdió la razón y encontró la pasión. Se enamoró del magnífico Toro, con una obsesión tan intensa que ocupó todo el espacio de su alma, sin dejar lugar a ningún otro sentimiento o pensamiento. Se soltó de la mano de su esposo, y cayó de rodillas, admirando al Divino Despropósito.
 
El corazón humano es tan extenso como el Mar. El rey Minos contempló a su mujer arrodillada en la arena, y entendió que ese amor torcido jamás podría enderezarse. Pero amaba a su reina con un sentimiento sin condiciones: aunque sabía que no sería correspondido. Su amor se profundizó con la traición; y para complacerla, hizo traer, de la Ciudad de los Filósofos, a Dédalo, el gran arquitecto.
 
Dédalo era el técnico más hábil de toda la Isla; inventó el arte de la metalurgia, los canales de riego que se nutrían del Mar, y la máquina que marcaba el tránsito del Sol y señalaba el fin y el comienzo de cada año. 
Era el máximo pensador, solo pensador: exacto, frío y mecánico como sus creaciones; pero, también como sus creaciones, carecía de alma. No creía en nada, y por eso podía todo: era la pura racionalidad encarnada, despojada de toda clase de pasión y compromiso.
 
Justamente por eso no tuvo reparos cuando lo empujaron al límite; cuando Minos le pidió que pusiera su suprema condición humana al servicio del Animal-Dios: Dédalo habría de construir una vaca hueca de metal, para que pudieran satisfacerse aquellas enfermizas pasiones: la de Pasifae por el Toro y la de Dédalo por un problema a resolver. La reina se ocultaba en el interior de esa cáscara artificial, y el Toro Sagrado podía así unirse a quien no amaba.
 
El fruto de ese amor asimétrico fue el asimétrico monstruo Minotauro; una criatura dual que es un símbolo vivo: el horror que nace cuando el hombre se involucra con el Absurdo.
 
El joven monstruo crecía veloz; y su vista, retorciéndose y bramando, resultaba insoportable. Entonces Minos pensó en aniquilarlo. Pero la pasión que lo había creado era inagotable, y sus progenitores volverían a engendrarlo una y otra vez, sin fin.
 
El rey razonó que, ya que no había manera de destruirlo, la misma Técnica, que había permitido su nacimiento, debía ahora ser la encargada de encerrarlo y ocultarlo. Dédalo construyó entonces el Laberinto: la patología de la racionalidad. El límite de la razón, la razón empleada para que la razón se extravíe. Arrasó el espléndido palacio de Minos, y en sus terrenos levantó el desmesurado y soberbio edificio diseñado para la perplejidad y la perdición; y con grandes esfuerzos y precauciones recluyeron al monstruo.
 
El corazón humano es tan oscuro como el Laberinto. Pasifae buscó a su espantosa criatura, y al no hallarla se desesperó, y se hundió aún más en la locura. Sentada en su trono clamó a gritos, pidiendo, exigiendo, que le restituyeran a su retoño. Y el pueblo, otra vez reunido en la ahora desmantelada plaza, tembló de pavor al oir los lamentos de su reina.
 

25 de marzo de 2012

El asesino de Bagdad | Camilo Sarce, Chile

No era buscarte. No comprendía, allí, como solos tú y yo entre las calles. El dolor, el dolor muy extraño de los errores, de esos que son incomprensibles. Se estremecen los cuerpos en una gran violencia, ¿pero tú lo sabías, cierto? Es que sólo lo ocultabas tras esa transparencia y ese núcleo muy apretado de llantos acababa por disolverse. Entonces estallaba, y algo muy extraño parecía desparramarse.

El agente me dijo que te llamabas Mayra. No sé… era suave e intenso, el sol tras la ventana, como una larga e imprecisa oración a media tarde… Mayra Bashir.

Entonces yo salí lentamente de la habitación del agente, pero aún recordaba aquellos ojos demasiado desnudos. En todo, al parecer, había un dolor muy raro, muy grande. Yo y la muchedumbre de la calle seguíamos mirando. Yo también me hice parte de la fiesta de la calle. Debió haber sido una fiesta del año que yo no recordaba. Me cautivaron los músicos tocando flautas y cantando.

Afuera, ese calor insoportable, ese calor insoportable de la tierra; y también, a momentos, ese calor de una lejana libertad. Pero yo prefería mantenerme frío… y lo reconozco, la bulla de las emociones se hacía cada vez más inmensa y absurda. Costaba moverse, costaba soñar.

Qué estúpido… no sé, a veces era placentero ese nerviosismo de sostener unas balas en mi bolsillo, de luego acariciarlas y mantener por largo rato ese placer contenido… Qué estúpido, pero no podía reír. Yo caminaba más o menos lejos de la ciudad y recuerdo que me iba maldiciendo mientras caminaba porque todo lo que yo hacía, lo hacía demasiado lento y en esa horrible y enfermiza lentitud las cosas se iban muriendo y yo sólo podía recordar y yo sólo podía intentar rescatar algo ya perdido.

Pero… yo intentaba que esa desesperación fuera placentera, como una gran fornicación… antes yo escribía, no son cosas que me guste confesar; pero yo antes sí escribía… fue extraño todo eso; allí, frente a la ventana en el desierto una indecible infinidad, y yo con esos deseos maniáticos de atrapar y a la vez purgar el desierto, en mí, ese desierto grande, rojo y cálido que cada día se hacía más secreto.

No lo quiero decir, no, pero duele… sí, dolía escribir porque lo grande se hacía muy pequeño; tanto, que era como una puntada adentro, que a veces me sanaba.

Pero fracasé… no entiendo bien las razones. Entonces todo fue destruido, y yo quise emerger de allí, pero no pude… y cada vez se hacía más placentero tocar las balas en mi bolsillo; pero no podía mentirme, también había una tristeza.

No me senté para esperar el andrajoso y polvoriento autobús que me llevaría a las afueras de Bagdad, a un barrio anotado en la tarjeta de identificación de Mayra que no quería ver… pero no era pudor; yo intentaba sacarme ese sentimiento recordando la fresca pureza del desierto.

(No quiero seguir mirando tus manos en la baranda del autobús. Es una fiebre rara, esta que me he creado. No me la puedo sacar, no puedo… ) Estaba a punto de caerme. Bajé del autobús y el camino era enorme y todo era demasiado seco y todo parecía estar bajo ese sopor de cansancio, todo bajo mi propia fiebre insoportable.

Recordé, no sé por qué, a Bishnru. Y cuando caminaba quise hacer el amor con ella; caminar en el desierto era como estar con ella en esa habitación sombría, era experimentar esta fiebre que sentía aumentada mil veces hasta quitarme el aliento y devolverme de nuevo ese dolor tan extraño.

Me asusté; había unas casitas más allá, muy pobres, voces de niños me intimidaron por un momento. Después me sentí más tranquilo. Volteé un poco la mirada. Una joven, de espalda, estaba a punto de lanzarse a una piscina de nailon y fierros. Hermosa, miré sus piernas delgadas y finas, y recordé los insoportables gemidos de Bishnru, una y otra vez hasta exasperarme y mientras eso sucedía, yo intentaba

13 de marzo de 2012

La ciudad secreta de Amusnor | Iván Fernández Frías, España


Somos nuestra memoria, somos 
 ese quimérico museo de formas 
inconstantes, ese montón de espejos rotos.
 Jorge Luis Borges

Muchas son las puertas que llevan a los muros de la ciudad secreta de Amusnor. Una se encuentra en una cripta en la abadía de Melrose en Escocia. Otra, en algún lugar al oeste de los interminables pasadizos bajo la ciudad de Toledo. Ferécides insinúa que el tocón de un roble en la isla de Lesbos alberga un pasadizo hacia la ciudad secreta de Amusnor. Las leyendas sioux se hacen eco de un arco de luz que surge de la tierra y cuyos colores siempre varían. Un arco de luz por el que difícilmente pasaría un hombre adulto y que, sin embargo, traspasaron dos mil búfalos sin salir jamás por el otro extremo.[1] Ninguno de estos pasadizos me llevaron a mí a los ajados muros de la ciudad secreta.

Casi por casualidad, en una tarde fría de otoño, me encontré deambulando por las alborotadas calles circulares de la medina de Fez, pensando quizás en la diversidad de colores que las especias mostraban desde sus nidos en los puestos ambulantes. O quizás pensando en Amusnor, no me acuerdo. La verdad es que solamente puedo ver el pasado bajo una tela de confusión. Me acuerdo de un chiquillo de no más de diez años corriendo por callejuelas cada vez más estrechas. Puedo sentir aún mis zapatos golpeando las irregulares piedras serpenteantes en un desesperado intento de no perder de vista a aquel mocoso. Y luego, bruma. Una niebla que parecía sólida surgía de cada agujero que a modo de ventana se asomaba a aquella calle perdida. Con el corazón casi saliéndose de mi pecho, me detuve, o creí detenerme. Quizás continué corriendo, por que la siguiente imagen que mi mente tiene a bien mostrarme me presenta un escenario nocturno: camino sin pizca de aquel cansancio antes tan presente. La calle muta a estrecho corredor. Las circulares ventanas, cada vez más espaciadas, se sitúan anormalmente altas o a ras de suelo. Veo una ventana minúscula con forma de semicírculo a la altura del suelo. Cuando, presumiblemente, me detengo a mirar, los recuerdos vuelven a desaparecer. Ahora estoy dentro de la estancia y observo la ventana desde el otro lado. Se encuentra a más de doce metros de altura. Y es monstruosamente grande, tanto que ocupa toda la parte superior de la pared. Reconozco la ventana por la forma en la que se encuentran las piedras talladas, con innombrable mal gusto: ora salientes, ora entrantes; ora negras, ora marmóreas. E increíblemente obscenas.

Recuerdo darme la vuelta y comprobar la majestuosidad de la estancia en la que me hallaba. Casi como un en desierto inmenso, mis ojos no lograban hallar la pared opuesta. Sin embargo, una vez comencé a caminar, sin llegar siquiera a dar ni un paso, a escasos metros de mí pude apreciarla. La pared no parecía tener ninguna abertura, ni inscripción ni irregularidad. Solamente una vieja puerta de madera, con el pomo oxidado y combada sobre el quicio.

―La ciudad secreta de Amusnor―dije en voz alta.

Con un chillido y un crujir de madera vieja, similar al que puedes escuchar al girar el timón de un viejo galeón español, conseguí abrir la puerta. Un corredor se extendía a mis pies, desembocando en una estancia de forma circular que se bifurcaba, a su vez, en tres corredores. Dos de ellos llevaban a otras dos estancias circulares idénticas a la anterior. Cada uno de los cuatro corredores terminaba súbitamente al alcanzar de nuevo la vieja puerta de madera por la que había entrado. Es un laberinto, me atreví a concluir.
El otro corredor llevaba a una estancia circular, idéntica a todas las demás, pero con dos escaleras, una en sentido ascendente, la otra descendente. No es un laberinto, pensé, sólo un simulacro de laberinto.
La escalera ascendente, la que seguí, me llevó a los agrietados muros de Amusnor. Eran de arcilla o barro, y se extendían hasta donde mi vista podía alcanzar. Una única inscripción, en arameo, se repetía a iguales intervalos a lo largo del muro. La inscripción decía:

La diferencia se repite infinitamente (eternamente)

Caminé durante largo tiempo rozando con mi mano derecha el muro y contando las inscripciones hasta llegar a las dos mil. Me detuve. El hambre y la sed no me dejaban de acosar. Si la diferencia se repite eternamente ―musité― existirá un lugar del muro cuya inscripción diga todo contrario; sino, sería la identidad la que infinitamente se repitiera. Continué andando hasta caer exhausto. Al despertarme leí instintivamente la inscripción que en el muro se encontraba tallada:

9 de marzo de 2012

Actividad Cultural | Presentación del libro “La lengua es un ojo que en-calla”





CENTRO DE EXTENSIÓN
CENTEX
Presentación del libro "La lengua es un ojo que en-calla"

Viernes 23 de marzo,  19.00 hrs.
Zócalo Centro de Extensión (CENTEX)
Consejo Nacional de la Cultura y las Artes

El Centro de Extensión (CENTEX)  del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes tiene el agrado de invitarle al lanzamiento del libro de poesía "La lengua es un ojo que en-calla" del pintor y poeta Patricio Bruna Poblete, quien además es integrante de la organización comunitaria de Valparaíso Centro de Investigaciones Poéticas Grupo Casa Azul y del comité editor de la revista digital Botella del Náufrago.

El lanzamiento se realizará el viernes 23 de marzo a las 19.00 horas en el Zócalo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (Plaza Sotomayor 233, Valparaíso) y se inscribe en el marco de una serie de presentaciones y lanzamientos de distintos títulos realizados por el Grupo Casa Azul y la editorial independiente La Picadora de Papel, motivados por la idea de difundir la poesía y el arte emergente tanto en la región como en todo Chile.

"La lengua es un ojo que en-calla"es el primer libro publicado por Patricio Bruna, quien cuenta con una vasta producción pictórica. Además es el primero de los trabajos personales pertenecientes a la "Colección Poesía" del Grupo Casa Azul y La Picadora de Papel, sin embargo viene precedido por el libro colectivo Plano inclinado, una poética en sentido amplio, recientemente favorecido por el Fondo del Libro y la Lectura 2012, trabajo que recopila textos poéticos de los integrantes de Casa Azul, incluyendo a Bruna.

Además de la presencia del autor, esta actividad contará con la participación del crítico y licenciado en filosofía Tirso Troncoso, a cargo del prólogo, y de integrantes del Grupo Casa Azul quienes harán lecturas de poemas del libro de Patricio Bruna.

Día: Viernes 23 de marzo
Hora: 19.00
Lugar: Zócalo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes


Reconozcamos nuestra herencia: Patrimonio es Identidad


Centro de Extensión (CENTEX)
Departamento de Ciudadanía y Cultura
Consejo Nacional de la Cultura y las Artes
Sotomayor 233, Valparaíso
www.cultura.gob.cl/centex_/

Horario sala de exposiciones:
Lunes a viernes de 10 a 19 horas
Sábados, domingo y festivos, de 11 a 18 horas




 


Difunde Grupo Casa Azul

4 de marzo de 2012

La Dueña del Cerro | Odilón Moreno Rangel, México

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Otuzco, Daniel Cotrina, Acuarela

Desde que nació mi hijo Tlakaelel he tenido estos sueños. Los sueños, aunque tienen algunas variaciones, tratan fundamentalmente de lo mismo. En el sueño me veo caminando sobre una cuesta. Es una pendiente demasiado inclinada. Me rodea el intenso y palpitante verdor de una exuberante vegetación. El calor es tan penetrante como el verdor del lugar. Los lengüetazos del sol por momentos no me dejan respirar, casi me consumen. El escenario del sueño me recuerda la subida a San Gerónimo, en San Bartolo Tutotepec, de hecho, podría jurar que se trata del mismo lugar. Debido a mi trabajo, en repetidas ocasiones he caminado por allí, lo conozco a la perfección. En la realidad, el panorama es simplemente alucinante. Es como si uno llegara a donde la naturaleza brilla a borbollones y no se vislumbra ni de lejos la presencia humana. Allí, uno se vuelve a sentir vivo, sientes latir el corazón de la vida. La energía, las ganas de vivir, te empapan, te sacuden y empiezas a creer que no hay qué pueda detenerte.
 
En el sueño voy llegando a la cúspide de un cerro. Al estar en la parte más alta, miro una serpiente de tamaño descomunal que brota del otro lado. Me impresiona de sobre manera su presencia. Tardo en encontrar en mi memoria una referencia de ella para poder otorgarle un significado. Aparece en mi mente una lámina de un códice prehispánico. Luego miro al animal. Su cabeza queda suspendida en el aire por un momento. Su piel está constituida por miles de laminillas de piedra verde ordenadas de manera magistral. Trae un largo plumaje alrededor del cuello de color rojizo que se torna gradualmente a un verde más intenso que el de la piel. Parece una fusión entre serpiente y ave. Su rostro es feroz. Está montada por un portentoso guerrero ataviado de manera similar de los que aparecen en los murales de Cacaxtla: hombre delgado, moreno, con yelmo de jaguar, y en actitud de combate. Alrededor de los ojos, los labios y parte de los pómulos, tiene pintado franjas de color negro. Con una mano controla la montura y en la otra blande un madero con incrustaciones de obsidiana.

El jinete me mira por un instante, luego la fiera deja salir de sus fauces un estremecedor rugido y avanza. El animal se mueve ágilmente. El miedo se me impregna hasta el fondo de mis huesos. No puedo moverme. Escucho el silbido del desplazamiento del animal. En ese momento la luz solar me da directamente en la cara, me deslumbra. Por un instante pienso que voy a perder la tranquilidad. Me controlo. Aguardo para recuperar la visión y ver a dónde se dirige la serpiente con su jinete. Los destellos de luz dejan de herirme, vuelvo a enfocar lo que sucede. El animal se dirige vertiginosamente hacia mí. Siento como me va lamiendo la piel el rugido de la serpiente. El instinto de conservación, me sacude violentamente. Doy la media vuelta e inicio la carrera. Me interno en lo más tupido del follaje. Siento el bufido de la bestia detrás de mí. Escucho cómo van tronando los árboles a su paso. El vaho de los belfos de la serpiente me abraza la nuca. Los gritos del guerrero me zarandean el corazón. Pienso que de un momento a otro la serpiente me va a tomar entre sus fauces y me partirá en dos. Entonces me despierto, hasta aquí el sueño. No pasa más, en ningún sueño pasa más.

Estoy en Pachuca, capital del estado de Hidalgo. Estoy en el comedor de mi casa. Desayuno fruta de la temporada y leche sin lactosa que a fuerza del tiempo me sabe deliciosa. Son las cinco de la mañana. Frente a mí, la computadora portátil. Tengo abierta un par de ventanas en el internet. Una de ellas es el correo electrónico; la otra

29 de febrero de 2012

Grito | Marcelo Munch, Chile

El-grito-de-Munch detalleYo lo pondría tamaño 1,5 x 2 mts. más menos, sobre un puente o un camino transitado a la orilla del río Mapocho, similar a como lo muestra el famoso cuadro de mi tocayo Edvard. Y cortaría el contorno de la figura central protagonista dejando un espacio vacío, para que todo el que quiera pasar por ahí, grite, y que grite todo lo que quiera y lo que le venga en gana.

Es que es increíble como este gobierno simplemente no escucha. Raya lo patológico. Las autoridades se llenan la boca con lo de diálogo, con llegar a acuerdos, con que está bien que la gente se pronuncie, con que hay que aunar. Y ahí queda, para la foto y la frase compuesta, y al momento de los qué hubo, ¡No, se obedece lo que se le manda y se acabó! Punto, creen que eso es dialogar, como el comercial ridículo del banco ese del papá que le dice al hijo en su auto "no, dije no, porque no, no sabes lo difícil que es para mí decirte que no", cierra el padre, como si de verdad fuera un argumento, como si el legitimar las jerarquías de la estructura de por si garantizara el éxito final de la transacción, como si todo se tratara de una transacción al fin y al cabo, francamente a este gobierno le importa un bledo dialogar. Y no está dispuesto a mirar los hechos, la gente está molesta, no hay más, no son los supuestos líderes los que aleonan el clima, ni menos dirigentes que se van a la cochiguagua para perpetuarse, los que le pueden decir a uno cuando hartarse: la gente está chata, ahora, y no hay nada más que decir. Y la gente no está descontenta porque le gusta estarlo, no va a paro porque le gusta perder parte de su sueldo ni menos el trabajo, no sale a golpear ollas con frío y a riesgo de que se lleve un chorro o la patada de un "profesional del orden público" porque es entretenido y no le gusta la olla que tiene, la manifestación de la gente es una consecuencia, así de simple, guste o no, y aunque las autoridades no tengan la capacidad intelectual para comprenderlo, ni menos para creerlo, entonces que por lo menos no busquen excusas mediocres como que la gente mayoritariamente no se adhirió al paro (repugnante, a ver

28 de febrero de 2012

Podríamos abrirnos | Patricio Cortés, Chile

Podríamos abrirnos los brazos
desgarrarnos el tórax
y armar una corona de costillas.
Podríamos hacer tanto y sólo nos quedamos mirando el infierno.

Quisiéramos pasar una temporada en el cielo,
quisiéramos morir por un segundo
y abrir las puertas de mármol.

Pero preferimos desintegrarnos aquí,
en una plaza, en una cama,
en la noche que tiene gritos de lamento.
Y aún cuando podríamos levantar ciudades al unísono
nuestras voces callan
las lenguas son de hielo
y nos queman
nos arden por gritar lo que no está permitido.

Y te clavan un mensaje desde que naces:
“Siempre debes dejar algo de lado”.
Pero yo quiero tomarlo todo,
quiero vivir un infierno y un paraíso
en cada parpadeo y respiro.
Quiero volar y estrellarme en la tierra,
porque deseo forjarme de realidades,
de llanto, risa, dolores, sangre, polvo, árboles
ríos, volcanes, océanos, insectos, aves, llanuras,
quebradas, ácidos y humo.
Quiero estar lleno de enjambres,
ser telúrico e inmóvil,
ser infinito.

Ojalá pudiéramos trascender del llanto a la alegría,
de un grito a un silencio.
Ojalá supiéramos desenredar el nudo  de la muerte y la vida.


Patricio Cortés, poeta chileno.  El año pasado fue becado para el taller de Raúl Zurita en la Universidad Diego Portales. Ha sido publicado en www.artepoetica.net, con una breve antología y en la revista ttp://www.balancepatriotico.cl/ con el poema "Las venas de un país que ya no sangra".

27 de febrero de 2012

El padrino de la Luna | Christopher Rosales Tognarelli, Chile

Mujer o Sirena, El Sueño de Quien, 70x50 cms. Año 2006
Bruna, Patricio. Mujer o Sirena, El Sueño de Quién. 70x50cms, 2006
Estoy feliz.
Por fin podré hacer poemas a la luna que antes robaron
los líricos hombres lobos
de la romántica poesía poco semántica:
mi eterno placer culpable.

Ha nacido, renacido, reencarnado,
la Luna, tu hija, amigo, wacho,
mi sobrina adoptiva
el tío no sanguíneo de exhortas experiencias
“El Padrino”
(con tono del “Padrino”
que evidentemente no sé reproducir por escrito
(siquiera en la vida real me sale bien))

Luna llena/de gracia(s)
que nos pillas de sorpresa
y desesperamos (más de lo normal)
y lloramos
y estamos mas alegres que la cresta
como si de nuestras pobres vidas
eliminaras dicho epíteto
tan doloroso como cierto


No sé mucho del significado de ser padrino,
tal vez tenga que mandar a matar a alguien
-“Baila para mí, Corleone, Baila!”-
o, no sé, algo así
ni he visto la película
(perdónenme el sacrilegio [sic]).

El beso de la muerte
tendrá que ser claramente
distinto de los que te doy a ti, Valentina:
Practicaré.

Pero, como dije antes y no me canso de decir,
estoy feliz,
y lo digo con seguridad
soy miedoso, lo admito,
pero esto no tengo miedo de decirlo,
seré padrino
y no cualquier padrino
el padrino de la Luna
                                     Nueva,
                                                Creciente
                                                              Y Llena
y francamente no entiendo lo que se hace en estos casos:
tirar, quizá, una monedas a uno cabros chicos carroñeros
o que muerdan mis calzoncillos, pinches cabrones!

Nunca he sido abuelo ni padre ni madre ni nieto,
                                                                                     siquiera hijo
que sé yo de ser abuelo, padre, tío, Padrino!
Con suerte (y mucha) se cantar canciones de cuna, Luna, “Bambina”,
aunque éstas te corresponden a ti po’ compadre.
Por mi parte me limitaré a corear Enter Sandman, de Metallica,
al son del móvil de animalitos y esas cosas
o bien te leeré, Luna creciente, algo de Borges, Whitman, Brecht,
o incluso Shakespeare,
para presumir mi intelectualidad
y tú reirás de mi torpeza.

Soy Padrino,
la alegría se respira en tus pañales, bebita,
mas sólo resta decir :
Capichi”.

Christopher Rosales Tognarelli (alias Don Cris), nacido, criado y mal criado en la comuna de Estación Central, Villa Francia, en septiembre de 1989. Es poeta y estudiante de Literatura en la Universidad Diego Portales. El año 2006 gana el primer premio del concurso de poesía de Fe y Alegría (fundación a la que pertenecía su colegio San Alberto). El 2008 publica su libro “Poesía desesperadA (y a ratos desamparada)”. El presente año es galardonado en el concurso “Nuevas letras de Chile” y difunde la poesía por diversas actividades culturales, enfatizando las realizadas en poblaciones.

18 de febrero de 2012

Poema 40 | Sergio Manganelli, Argentina

Lo más complicado de la muerte
no es morir,
sino acostumbrarnos a que el mundo
se las arregle sin nosotros,
que ni siquiera perciba
nuestro sillón vacío,
el polvo en nuestros libros.

Lo triste es añorar,
-debajo de la tierra
o zumbando en el aire-
el beso de los buenos,
la taza de café,
la balada de amor,
o el ardid asesino.

Lo maravilloso es
que entre tanto despojo,
nos abriga el recuerdo
de ausencias que sentimos.
Solo algo consuela:
                              el corazón del grillo

                                                           en la palma de Eos.

Sergio Manganelli nació en Haedo, Provincia de Buenos Aires, Argentina,el 28 de febrero de 1967. Reside actualmente en San Antonio de Padua, al oeste del conurbano bonaerense. Sus poemas y artículos han sido publicados en una importante cantidad de diarios argentinos, de México, Colombia y España. Asimismo en revistas culturales y literarias de Argentina, Brasil, España, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, Colombia, Venezuela, Chile, Cuba, Nicaragua, etc... Obtuvo entre 1991 y 1999 una treintena de premios y menciones en su país. Se encuentra trabajando en la edición de “Sangre de Toro” -poemas y banderillas-, que se editará inicialmente en Buenos Aires y posteriormente en España.
En 2011 ganó el Primer Premio de Poesía de la Universidad Buenaventura de Cali, Colombia, entre participantes de 30 países, por sus poemas “31” y “36”.-