22 de octubre de 2008

El Nacimiento

No se veía un alma cerca y la oscuridad, producto de los faroles destruidos, se adueñaba de todo el lugar. El suelo húmedo helaba sus pasos y a lo lejos se escuchaban ruídos de sirena en el ambiente, las que luego se perdían en los sectores aledaños. La pareja de adolescentes caminaba con paso rápido en dirección al hospital mientras se cubrían el uno al otro con un par de delgadas mantas. Las ropas invernales desgastadas les dejaba vulnerable ante la severa noche de agosto. El muchacho caminaba con paso seguro mientras la chica solo cojeaba. De vez en cuando se detenía para respirar profundo, lo que lo ponía muy nervioso.

-¿Estás bien? - preguntó asustado
-Es otra... espera... dame unos segund... - mientras un dolor intenso no la dejaba terminar la frase.

La chica apretó la mano del muchacho con todas sus fuerzas, enterrándole las uñas. El sólo atinó a apretar los labios y aguantarse el dolor. Pensó que eso no se comparaba con lo que ella estaba sintiendo.

-Vamos, falta poco - dijo él.

Ella le miró triste y asintió mientras se esforzaba por calmar su respiración. Reanudaron la caminata irregular hacia el hospital. Cuando ya se encontraban cerca de las puertas, ella con respiración entrecortada le dijo:

-¿Los lla... maste?
-Sí - contestó.
-Entonces... falta poco - y apretó su mano nuevamente.

En ese momento, desde el interior salió un joven vestido de blanco y arrastrando una silla de ruedas. Al ver el rostro descompuesto de la muchacha, aceleró el paso y cuando llegó a ella, le ofreció sentarse. Ella accedió y notó que esa posición le producía mayor molestia que de pie, pero ya no tenía energías para levantarse ni menos para protestar, así que se quedó en silencio y prefirió concentrarse en lo que venía. Ya quería que acabara pronto, lo anhelaba con todo su corazón. Nueve meses había esperado con impaciencia volver a sentir la silueta normal de su cuerpo y cada minuto que pasaba la ponía más ansiosa. Le cansaba caminar en su estado y ya no se sentía cómoda acarreando tanto peso. Su espalda sufría las consecuencias del cambio de su cuerpo y la soledad había sido su compañera inseparable. ¡Como le hubiese gustado que sus padres estuviesen apoyándola en este momento tan difícil!

El muchacho iba detrás observando con ojos curiosos todo lo que acontecía a su alrededor. La sala de urgencias contaba ya con un grupo de pacientes esperando su turno para ser atendidos, los que al verlos ingresar al recinto con carácter de prioridad no pudieron disimular su molestia. Unos gritos lo distrajeron por unos segundos y vio pasar una camilla con un hombre con una herida en su mano, la que sangraba mucho. El chico estaba desorientado y no comprendía por dónde debían ir ni qué hacer, sin embargo, siguió por inercia al enfermero que empujaba la silla de ruedas de su pareja y trató de no escuchar los reclamos varios y quejidos de los enfermos que quedaban atrás.

De un mostrador salió una enfermera de edad avanzada y de rostro amable, la que se acercó con rapidez y le hizo varias preguntas, las que según ella eran para llenar la ficha de la paciente. El muchacho contestó sin notar qué era exactamente lo que respondía. En ese momento no quería perder de vista a la chica y las preguntas de la mujer le incomodaban, puesto que tenía que cumplir con lo acordado y no podía fallar. La enfermera se acercó a la muchacha y al notar las expresiones de dolor en su rostro y su abultado vientre, se dio cuenta que necesitaba rápida atención, por lo que hizo que el enfermero se llevara la silla con la paciente hacia una habitación contigua, donde el médico la examinaría. Cuando el muchacho hizo ademán de seguirla, lo tomó del brazo y le dijo que aún no habían terminado con las preguntas para llenar la ficha.

-Por favor, necesito estar con ella, se lo prometí - solicitó.

La experimentada enfermera miró con detención al muchacho. No tenía más de 17 años y se veía muy asustado. La chica también era una adolescente y pensó en lo difícil que era para ambos estar en esa situación, quién sabe a cuánta gente habían tenido que enfrentar para llegar donde se encontraban ahora. Finalmente se conmovió y le permitió dejar pendiente las preguntas que faltaban, dejándolo pasar a la sala contigua. Cuando el chico entró, ella yacía acostada en una camilla y su vientre se veía más grande que nunca. El se acercó y puso su mano sobre la frente de la muchacha. Ella abrió sus ojos.

-Estoy aquí contigo - le susurró.

Ella ya no habló, solo atinó a sonreír y pronto cerró los ojos con fuerza y gimió. El chico se asustó y pidió que alguien viera si era normal que le doliera tanto. La enfermera le miró con ternura y le dijo que sí y que el doctor ya vendría a examinarla.

-Quiero que pienses en lo que viene - le susurró él, mientras ella asentía en señal de que esa era su prioridad.

Él la miró unos instantes en silencio, con sus manos apartó el cabello del rostro de la joven. Su cara de niña estaba deformada por el dolor que le causaban las contracciones y sus ojos brillosos estaban a punto de llorar. Si él hubiese tenido dinero tal vez las cosas serían diferentes, habría podido llevarla en un taxi al hospital y quizás no habrían pasado tantas necesidades en los últimos meses. Pero sabía bien que no había sido así, él también se encontraba solo en esto y ya no había vuelta atrás.

-¿Crees que sea... lo correcto? - preguntó ella cuando logró articular palabras.

-Solo sé que es lo mejor, ya no nos queda nada... ¡ni siquiera pude traerte en ambulancia! - respondió con lágrimas en los ojos - nadie más va a ayudarnos - agregó.

Cuando el médico apareció por la sala, la muchacha estaba lista, por lo que no había tiempo que perder. En un abrir y cerrar de ojos la camilla fue arrastrada hasta la sala de parto. El muchacho estaba muy nervioso. Mientras seguía a la joven, solo atinó a tomar su mano y no soltarla hasta la entrada del pabellón. Ahí le detuvo la enfermera y le dijo que pasara a la sala contigua a prepararse con las ropas adecuadas para asistir al parto. El chico corrió a la sala que le había indicado la enfermera y se preparó rápidamente para volver pronto al lado de la joven. Cuando ingresó al pabellón, el fuerte olor a cloro estuvo a punto de hacerlo desistir. Se acercó a la muchacha, quien ya estaba en la posición de parto en la camilla y a su lado todo un equipo de enfermeras y médicos listos para comenzar.

-Respira como aprendimos, ¿te acuerdas? - le dijo mientras él le recordaba cómo.

Ella hizo un gran esfuerzo para concentrarse y comenzó a seguir el ritmo dentro de lo que las contracciones se lo permitían. El medico comenzó a guiar al personal para empezar el proceso y el chico siguió sosteniendo su mano y respirando con ella.

-Mírame, no dejes de hacerlo, eso... vamos, ya va a salir.

En ese momento ella se retorció de dolor y un segundo después el médico le ordenaba que pujara, ella lo hizo, se cansó, gimió, lo intentó nuevamente, volvió a renunciar, lo intentó otra vez y así continuó hasta que finalmente luego de un gran esfuerzo, el bebé ya era parte de este mundo.

-¡Es un niño! - exclamó el doctor.
-¡Un niño! - repitió el muchacho.

La chica sonrió y él la besó.

-Sanito y en buenas condiciones - dijo el doctor luego de revisarlo.

La muchacha estaba muy cansada, casi ni escuchaba lo que estaba sucediendo a su alrededor, pero sonrió. El chico estaba emocionado.
El médico tomó al bebé y quiso entregárselo a la joven, quien giró el rostro hacia otro lado para no mirar. El chico sabía que estaba llorando.

-Está cansada doctor - dijo el muchacho- démelo a mí.

El médico entregó el bebé al joven y este lo recibió y besó con ternura.

* * * * * * *

La luz del sol entraba por las ventanas del hospital y el muchacho caminó con su bebé en brazos hacia una sala de espera, lo mecía tiernamente mientras le cantaba una canción. La criatura presionó con su diminuta manita uno de los dedos del padre. Un hombre bien vestido y de unos 30 años le observaba venir. A su lado una joven mujer de aspecto distinguido tejía unas botitas pequeñas. Tan pronto se acercó, ambos se levantaron de sus asientos. El rostro del muchacho se ensombreció.

Luego de unos segundos en los que reunió fuerzas preguntó:

-¿Pasaron por la recepción?
-Sí, ya está todo arreglado - respondió el hombre.
-Bien - dijo mientras bajaba la vista.
-¿Está ella bien? - preguntó la mujer.
-Pues sí, está genial, gracias - respondió con tono amable.

El bebé se quejó. El muchacho lo meció suavemente. La pareja se tomó de la mano e intercambiaron una mirada de emoción.

-¿Puedo cargarlo? - preguntó la mujer luego de un momento en silencio.

El joven la miró con cierto recelo por unos segundos y finalmente, vencido por el sentido del deber, le entregó el bebé.
La mujer comenzó a mecerlo tan pronto lo acomodó en sus brazos y el hombre se acercó a mirar el rostro de la criatura. Los nuevos padres se miraron orgullosos, mientras el muchacho sentía un nuevo vacío en su estómago.

-Entonces... ¿cómo va a llamar al niño?- preguntó con voz entrecortada y al borde de las lágrimas.


Escrito por Sonia Leal Valenzuela
Sonia nació en Santiago en 1974. Tiene dos profesiones: es Secretaria Ejecutiva Bilingüe y también Traductora e Intérprete de enlace con mención en Inglés/Español. Comenzó sus primeros escritos a la edad de 18 años. Incursionó en primera instancia en el área de la poesía, para luego volcar su interés en el género literario a la edad de 22 años. En la década del 90, participó en algunos concursos literarios de La Zona de Contacto y Revista Paula. Sin embargo, por diversos motivos, dejó de escribir por un largo tiempo, dedicándose en aquellos años al campo de la traducción y a su carrera de secretariado. En la actualidad ha vuelto a crear y pertenece al taller literario "El Puñal".

1 comentario:

Integrantes dijo...

Buen tema. Actual y bien contado. Y eso, es muy importante para el lector. No cuesta nada ir acompañando a los jóvenes paso a paso en su drama.

Me gustó...

Amanda