22 de marzo de 2011

En silencio | Raúl García Rodríguez, México

Se despertó de pronto. Se incorporó en la cama, pero se quedó sentado, muy quieto, apoyado contra el respaldo. Miró hacia el lado opuesto y lo encontró intacto y solitario.

Volteó para ver el reloj que mostraba imperturbable las horas de la madrugada y entonces lo sintió de nuevo. Ahora justo a la entrada del dormitorio, hostigando la madera, del otro lado de la puerta.

Fertilidad. Karen Rosentreter. Técnica: Dibujo. Gentileza Grupo Casa Azul.
Advirtió cómo se movía por el pasillo, inquietando los cuadros de las paredes a su paso, sacudiendo el piso de la escalera, lastimando los muebles de la sala, tropezando a través de las sillas del comedor hasta que llegó a la cocina, donde como de costumbre, inició el quebranto de las puertas de la alacena, el trastorno en el interior del refrigerador, el maltrato de las sillas contra la mesita de centro, la conmoción de los platos unos contra otros.
Acá en la habitación, él continuaba titubeando hasta que después de un largo rato se puso de pie, se ciñó el cordel de la bata, caminó hasta llegar a la puerta y se quedó ahí parado, examinándola,  sin atreverse. Allá en la cocina, la revuelta de los platos continuaba.

9 de marzo de 2011

El Pecado Original (Nacimiento de un País) | Jaime Caballero, Colombia

Para Alirio Cobos, hundir con violencia la hoja puntiaguda y filosa de su machete hasta sentir la cacha naranja de pasta chocar, atrapada entre el costillar de  su padre, fue la resolución mas sensata y justa a la que pudo optar por sus ofensas. El blusón rasgado de Anita, unido por dos miserables botones que dejaban expuesta la firmeza de sus senos níveos sobre el pastizal húmedo, sirvió para que Alirio Cobos respirase hondamente, robando del rumor del viento helado nocturno un poco de serenidad que le permitiese no atar los cabos grotescos de esa culpa que nos hace vulnerables a todos los que por primera vez, hemos de traicionar los lazos inviolables de la sangre. El cuerpo desgonzado de don Evelio Cobos, que negando a dejarse arrastrar por el empacho de la muerte escupía bocanadas similares a los de un pajarillo que regurgita esputos sanguinolentos; se reflejaba en los ojitos tristes y desorientados de la cabeza de Anita Contreras, que dormía sobre la base de un Aguacate altísimo, y que proyectaba en verano una sombra tan amplia y confortable bajo la cual la familia Cobos se reunía a beber guarapo y a asar novilla hasta quedar hastiados.
Ana-Cronía. Patricio Bruna Poblete. 2006, Acuarela, 42,5 x 34,6cm. Gentileza: Grupo Casa Azul