28 de enero de 2011

Tránsito a Isis | Daniel Flores, Argentina

        Isis apareció de la nada, como salida del viento. Yo vivía en un piso 12, en un edificio ubicado sobre la avenida Mariano Moreno, en Caballito, de pie tras una hilera de álamos amarillos, buzones y parquímetros. Desde el vamos, era poco probable que un gato siamés se colara por el portal de entrada —siempre custodiado por los ojos de lince de Juan y la mano de hierro de Alberto, según los turnos— y subiera doce pisos por escalera con el fin de llegar a mi puerta y ponerse a rascarla con desenfreno. Pero sucedió tal cual lo poco probable. En un primer momento supuse que había escapado de algún otro departamento, porque traía consigo un collarcito de seda negro del que pendía un ankh (o llave de la vida, según la simbología egipcia) y en él llevaba grabado su nombre: Isis. Aguardé unos días a ver si alguien lo reclamaba en la recepción, pero pasó el tiempo y el gato nunca fue denunciado como desaparecido.
        Hasta un segundo antes de que alzara a Isis en mis brazos yo era mis libros, mis hobbys solitarios, mi ateísmo y mis sesenta y siete años sin pareja ni nada. Yo era un nombre de pila con un apellido arbitrario adjunto; yo era un trabajo de oficina que me maltrataba el alma y la empequeñecía día a día, un ciudadano derecho con una vida sin saltos. Ahora puedo decir que, después de ella, todo ese mundanismo carece de valor. Ya no soy el mismo de antes. Ni siquiera soy tan viejo como antes.
        Para qué mentir, desde un principio nos llevamos bárbaro. A pesar de que nunca me había gustado la idea de meter mascotas en el departamento, con la siamesa corríamos de acá para allá, nos tumbábamos sobre la alfombra de la sala y ella se despatarraba con alegría como si fuese una niña en un arenero, o se trepaba a la mesa de un salto para alcanzarme un brazo con su garrita enguantada de negro mientras yo rodeaba el mueble; me acechaba como los tigres acechan a los conejos, siempre buscando que yo le siguiera la broma, así, como si en su mente el juego no acabara nunca y fuera parte de una guerra de batallas esporádicas, como si para ella no existiera una línea que separara las horas, los días, los estados de ánimo. No, Isis vivía en otro mundo. Me mataba de cariño cada vez que me ponía a preparar alguna comida y ella se me quedaba quietita al pie mirándome toda estatuilla. Era realmente fabulosa; pero más allá de la belleza y la gracia que transmitía, había otra cosa: cuando me miraba con esa compenetración insondable tan particular de los felinos, se intensificaba hacia dentro y me obligaba a entrar en ese lugar desde el que vivía. Me llevaba con ella. Contemplar el azul linfático de sus ojos, delineados seductoramente con una hebra fina negra que ascendía desde el margen de sus párpados hasta la entrada de las orejas, hacía que uno se sintiera como naufragando en un limbo dorado y rojo. Tan dorado y tan rojo. Tan lleno de cosas quietas y presuntamente antiguas e inasibles. Era, más que una visión, como sospechar que estaba ese algo allí, y mentalmente uno podía entenderlo a pesar de no saber de qué se trataba, pero no había modo de definir esa certeza: una vez que se quería pensar en lo que se estaba viendo, todo acababa. “Azul, azul”, empezaba repetirme entonces, pensando aún en el rojo y en el dorado, en las fantasías quietas más allá de Isis, porque eso era lo que veía con la mente y no con los ojos. Pero azul, azul veía yo en verdad, parado ahí en la cocina. Así, cuando se volvía a reconocer el intenso azul de sus ojos, se estaba fuera de Isis nuevamente, del lado del mundo en el que yo estaba en mi casa cocinando, del lado de todas las cosas no imaginarias. Lo curioso es que, una vez fuera, ya no podía repetir esa presunción de visiones que me había revelado la siamesa, todo era una bruma vaga, una resaca agresiva, un olvido perfecto para un algo imposible.
        Hubo, más adelante, otras caídas en Isis; y algunas llegaron a ser extremas. Es cierto que había días en que yo la buscaba para entrar allí, o para lo que fuera que pasaba durante ese contacto, porque en ese momento no tenía idea.
        Recuerdo una tarde de enero, mirábamos televisión y ella se había trepado a mi falda y había comenzado a rascarme el pecho, buscándome para jugar. Aquella vez no la miré directamente a los ojos, sino que me centré en el pendiente de su cuello, en el ankh. Lo tomé y me dispuse a examinarlo; no le hallaba nada especial, hasta que de pronto se me vino a la mente una idea que no pensé voluntariamente: es un amuleto, murmuró quienquiera que hubiera sido. Y luego —doy por cierto que no lo imaginé— del pendiente comenzó a brotar una melodía acompañada con timbales y coros; se oían también palos de lluvia, cencerros y sonajas. Isis maullaba con insistencia, pero su voz se confundía con la música del ankh. El coro aumentaba su intensidad en un crescendo lírico; reconocí en él un predominio de voces femeninas. Parecía un ritual. Entonces fue Isis quien se pegó a mi cara y me miró a los ojos mientras yo oía la ceremonia. En los ojos de Isis, otra vez el mundo rojo escarlata y el dorado intenso como un esplendor, aquella vez sí pude quedarme con algunas imágenes, muy vagas: amplios pasillos bajo arcos de medio punto, portales, patios enormes y jardines interminables y floridos. Luego, lo que parecía que el recuerdo de Isis traía a sus ojos por la música: un playón en medio de cuatro estatuas de divinidades ignotas, un grupo reducido de seis o siete personas formando un círculo, fuego, una sacerdotisa alzando un amuleto, un gato muerto en el centro… Isis muerta, hasta que el amuleto se anuda a su cuello y entonces se incorpora y huye. Los ritualistas la ven alejarse, ellos ahora en silencio. Todo terminó, y como debía ser. Logro percibir vagamente un cielo ígneo de nubes rojizas; el suelo abajo es amarillo y hay antorchas vacilantes en las paredes. Luego la escena se deshizo y volví a la parte del mundo Isis, ese limbo magnífico. Y de pronto azul, azul y apareció de nuevo la siamesa afuera, la televisión como una voz lejana y acuosa, el living, la realidad. Azul, azul, que era casi pensamiento y casi conjuro: como decir adiós, como cerrar una puerta al falso mundo. Pero había muchísimo más por recordar y me era vedado; no me era suficiente con eso. Necesitaba comprenderlo todo y asirlo, sentirme parte funcional de ese secreto. Había allí una perfección para la que no hay adjetivos, y cosas que no pueden ser sustantivadas porque son eso, configuraciones que sólo puede haber en la realidad Isis, objetos y formas que no tienen convención.
        Pasaba el tiempo y cada día era mayor la necesidad de compartir las horas con ella. Ya no podía pensar en otra cosa. Isis, gata, diosa, gata, Isis, iba y venía su existencia por mi mente como el amor de una mujer. Poco a poco me fui alejando de todo, pero gustoso. Ya no cocinaba casi, es cierto, ni lavaba mi ropa, ni limpiaba la casa ni nada, pero en ese tibio caos nos entendíamos. Con el correr de los meses, incluso, dejé de ir al trabajo; pagaba las facturas, el alquiler y hacía las compras por medio de un servicio de cadete; desconecté el teléfono de línea y tiré el celular. Me desentendí perfectamente de todo y sin peros. Mi hogar ahora estaba del otro lado. Y viví un buen tiempo así, solo con Isis, sólo para ella, jugando, yéndome cada vez con mayor frecuencia.
        Hasta que me convertí en Isis.

        Sucedió una vez, mientras viajaba, en que me quedé perdido en una escena múltiple y ya no logré volver. Realmente deseaba regresar, amaba esa fantasía en el otro extremo de la existencia, pero aún había humanidad en mí y me ataba con el temor. De a poco fui notando como, al permanecer allí, iban revelándoseme cosas que antes no podía ver. Comencé a recorrer Isis, sus vastos jardines, sus pasillos de arco con aroma a azahar y la costa del río; también paseé por el mercado, conocí a otros que ya vivían en Isis desde tiempo atrás. La excursión fue tan placentera que, sencillamente, me olvidé de regresar y se rompió el hilo que me unía con mi anatomía.
        No es algo que haya buscado pero, por fortuna, sucedió.

        Hace cuestión de unas horas entré al Ágora de Isis, un hermoso edificio bastante similar a la antigua Biblioteca de Alejandría, pilares y columnas tallados en rodocrosita y amatista, fuentes de mármol negro y recreos colosales, con el fin de redactar esta breve memoria. A saber, se nos otorgan diferentes ocupaciones aquí y una de ellas es la de Asistentes de Memorias, quienes nos encargamos de recolectar y organizar una vasta serie de relatos experienciales con el fin de tener registro de los recuerdos de los hombres que fuimos en otro tiempo. Los sacerdotes afirman que algún día los seres no elegidos del Planeta (como llaman a la otra vida) lograrán cruzar a este plano por vía de la ciencia avanzada, y lo primero que harán será acudir al Ágora con el fin de obtener un registro histórico-poblacional de Isis, y que quizá mediante el testimonio de miles de hombres y mujeres satisfechos con su nueva existencia se evite una guerra. No hay grandes certezas y, en todo caso, para eso faltan eones. Mientras tanto, Isis, nuestra ciudad-divinidad, continúa poblándose.
Aunque mi ateísmo haya quedado en otro plano, contaba con una premisa que hoy en día sigo tomando por válida e incuestionable: se puede elegir no creer en los dioses, seguro que sí, pero sólo cuando no se está en frente de uno.
        O cuando no se está en él.
        Azul, azul, mortales.

Daniel A. Flores nació  en Buenos Aires, el 21 de julio de 1983. Es músico y escritor. Cursó  estudios de Corrector Literario en el Instituto Superior de Letras Eduardo Mallea y actualmente cursa materias del Profesorado de Lengua y Literatura. A los 25 años decidió mudarse a la provincia de Tucumán (Argentina), donde reside hasta hoy.

23 de enero de 2011

Eduardo Munsters y el ojo rojo de Ksorten Hárri | Federico Rodríguez, Argentina

Mi nombre es Eduardo Munsters y soy un científico. Durante toda mi vida, por necesidad de mis investigaciones, he aprendido muchos idiomas, y sé que hay sílabas que se pronuncian con los labios, otras con el paladar y otras con el interior de la garganta. Pero las más fáciles de aprender y cuya pronunciación es imposible olvidar, son las que se escuchan en un grito y son pronunciadas llenas de horror: ¡Ksorten Hárri!

La primera vez que escuché este nombre y su historia, fue en un bar cosmopolita del puerto de Londres, en la canción picada de ron de un alegre marinero de Nueva York:

Estoy buscando a Ksorten Hárri
Me vigila el ojo rojo del viejo Hárri
Su cuna era de hierro y hielo
Su madre era un cordero
Su padre era una ballena
Voy a poner en su cola un poco de salmuera
Cuando encuentre al viejo Ksorten Hárri

Casi no escribiré noticias que no se hayan oído, pero no pienso convencerme ciegamente por los artículos de la prensa, ni las decenas de libros, ni los cientos de documentales que hacen conocido a Ksorten Hárri en el mundo. Además, yo fui testigo. Todavía no se han encontrado ningún caparazón, huesos, dientes, ni evidencias suficientes: redes gigantes, cámaras fotográficas subacuáticas y sonares, han fallado en la búsqueda. Hasta mi partida, la ilustración más sincera que se conocía era una usada para publicitar una famosa cerveza.

Yo pensaba: si Ksorten Hárri existe, es innegablemente una criatura evasiva.

De joven creía que las historias fantásticas de la Tierra del Fuego eran leyendas populares creadas por la imaginación aturdida de los conquistadores. Más tarde, buscadores de oro, aventureros, piratas y peritos confirmaron lo que me figuraba: era simplemente un lugar solitario y frío.

Viajé de Londres a Malvinas y de Malvinas al Cabo San Pablo, y me instalé cerca del camino que atraviesa los Andes, comunicando Ushuaia con Río Grande. Al llegar a la isla, el 17 de Enero de 1953, descubrí un paraíso de montañas con nieve eterna y árboles deformados por el viento.


Si Julio Verne hubiera conocido el lago Kami[1], su geografía sería parte de la república fantástica de alguna novela.

Mi cabaña es vecina del Kami, en un valle donde podía ver las montañas, el lago sereno y diversos animales mansos. Vivía en una paz continua que solamente era estropeada por ciertos ruidos escandalosos en el agua, seguidos por flujos de caballos salvajes galopando asustados entre los árboles y repentinos cielos ennegrecidos por cóndores y caranchos.

Es importante destacar que la cantidad de peces que produce el Lago Kami es suficiente para alimentar a un ser con un hambre diaria de cientos de kilos de carne.

Se encuentran testimonios parecidos, pero de menor importancia, en más de trescientos lagos alrededor del mundo. Hay un patrón común en este rompecabezas: todos los sistemas de estos lagos se encontraban o se encuentran conectados con el mar. En todos los casos, los lagos son profundos y fríos. Ninguno, a diferencia del Kami, es de profundidad desconocida (incapaz de ser medida por la tecnología más avanzada). Esta teoría fomentó la idea de una criatura atávica con forma de ballena primitiva.

Ksorten Hárri es uno de los monstruos más avistados del mundo. Los testimonios muchas veces se contradicen, y en otros casos se complementan. Hablan de un monstruo marrón claro que nada agitando su largo cuello en las aguas azules del Kami. Los testigos afirman que es un ser con cola y cabeza de serpiente; otros profundizan y describen una pequeña boca roja, o antenas o cuernos rojos que brillan en la tapa de la cabeza de la criatura. Las teorías de los testigos asocian a Ksorten Hárri con un ser mitad serpiente mitad ballena, con una anguila gorda y descomunal, con moluscos corpulentos, con una nutria afectada por la radiación, con entidades parapsicológicas, con reptiles extintos con aletas diamantadas, con espejismos y pájaros gigantes que se zambullen.

Todas las fotos hasta ahora sólo muestran su estela en el agua.

Yo estaba convencido, en ese momento, que debía ser un mamífero marino porque un ser de sangre fría no toleraría lo helado de esas aguas. Actualmente mis convicciones cambiaron.

La longitud de la criatura es una de los temas más controvertidos y los testimonios manejan rangos muy distintos: de cinco a setenta metros, variando la forma y la disposición de sus miembros. Al parecer emerge en invierno, cuando el viento es inmóvil y los turistas despejan la zona. El identikit también es materia de polémicas en los bares y reuniones de damas: una serpiente gigante que se protege con el casco volcado de un barco, un pez con aletas cubierto por el tocón hueco de un árbol gigante, un ser con cuello de cisne con los movimientos propios del cuerpo de un cocodrilo; algunos le agregan, a ese cuello ondulado hacia delante con cinco jorobas, la melena de un caballo; otros hablan de un gusano con oídos reconocibles.

En un único detalle concuerdan todos los testigos: narran que una inflamación repentina en el agua y una especie de respiración que suena como el sonido de un aerosol, preceden la emergencia de la criatura.

Desde el gobierno han tenido una actitud conservadora hacia Ksorten Hárri, impidiendo sucesivas expediciones desenfrenadas que iban a su caza. Se destaca la caravana pintoresca y bélica de Leopoldo Zarzynski, compuesta por ex presidarios, ovejeros y curtidos balleneros, financiada por Osvaldo Montoro,  dueño de un circo, que ofreció una cuantiosa recompensa a quien capturara al monstruo vivo o muerto. Esta tropa fue interceptada por gendarmería y las protectoras de animales cuando se internaban en un yate en las aguas del lago Kami: llevaban bebidas, dinamita, arpones, rifles para matar elefantes y mujerzuelas para entretener a las tropas.

Entre las propuestas más irreales se encuentra la denominada Operación Dragar, que se discutió acaloradamente en la cámara de Diputados de la Nación, en una sesión extraordinaria, la cual proponía remover el lago. (Recordemos que el lago en cuestión tiene 117 kilómetros de largo por 7 de ancho promedio y es de una profundidad ignota.)

Finalmente se prohibió bajo pena de muerte la caza de animales raros e indescriptibles, y estos proyectos quedaron en la nada.

Desde la clandestinidad, con únicamente la ayuda del famoso chamán Tenenísk (que me fue presentado por Gusinde), llevo años investigando el fenómeno, tratando de ver si Ksorten Hárri es parte de nuestra biología. Los resultados son pocos y todavía no los he publicado. Dejo estos manuscritos con la esperanza de que alguien pueda continuar mis investigaciones. Creo que descubrí el secreto y mi vida corre un grave peligro.

También me interesa destacar los aspectos culturales del monstruo. La noción de un leviatán en este lago de la Patagonia no es nueva: los indios hablaban con frecuencia de animales inmensos en el agua que eran avistados esporádicamente por sus antepasados. Los más ancianos recuerdan una tarde, a principios del siglo pasado, que descubrieron el cuerpo descompuesto de una criatura no identificada, cruza imposible de serpiente, ballena y dragón. Tenía un color gris azulado, cola y aletas. Otros testimonios cuentan que en las playas rocosas del lago era común encontrar partes de animales descuartizados, con marcas de dientes que exceden el tamaño de la boca de cualquier vertebrado conocido. Los indios cuando necesitaban cruzar el lago, siempre llevaban algún animal pequeño o un cautivo de otra tribu que sacudirían al agua en caso de que sea necesario apaciguar a Ksorten Hárri.

Pero los indios vivos que lo vieron cuentan una cosa muy distinta (y en estos testimonios se basan mis hipótesis por ser los únicos que no están contaminados de leyendas y fantasía): describen una criatura de piel lisa y negra, enorme, alargada y tubular, sin cabeza, sin piernas, sin membranas, sin ojos, sin boca, sin cola.

Otro dato que orientó mis investigaciones: todos los indios que lo vieron destacan un cuerno delgado y torcido en ángulo recto en la punta, que se ubica a la mitad del cuerpo del animal, y es lo primero que se distingue cuando está emergiendo.

El día que un indiecito me trajo un pescado que en su interior alojaba un remache, el enigma se empezó a clarificar en mi cerebro.

La teoría con más aval en el ambiente científico es la del investigador italiano Mauro Onelli. Pero la idea de un pleosaurio atrapado – a causa de una glaciación de hace quince mil años –  en las paredes de hielo de un lago criogénico, no me parece convincente. Lo digo sin tener en cuenta la filiación del investigador con diferentes facciones fascistas de su país.

El pleosaurio es la teoría que abraza con fervor la prensa y enmarca un dibujo del monstruo sonriendo para los carteles del turismo y las bebidas espumantes.

El día que el indiecito llegó con el pescado y el remache, le dije que me conduzca al lugar donde lo había agarrado. Atravesando malezas, árboles y arbustos, sin sombrero y lleno de apuro, fui conducido a una orilla desconocida del lago. Estuve horas mirando atento al Kami para percibir aunque sea la más mínima prueba de la existencia del monstruo. Cuando ya estaba oscuro decidí volver a mi cabaña. En ese preciso momento, cuando me encontraba alejándome y de espaldas al lugar, en una noche con luna y cubierta de bruma, escuché un ruido parecido a la presión del aire escapándose del agua y escuché la inflamación, el discreto chapoteo. En la noche las aguas del lago tienen una visibilidad casi nula, solamente unos pocos centímetros de profundidad. Corrí para acercarme a la costa y verlo mejor, aunque el espectáculo ocurría casi a cincuenta metros de distancia. No vi ninguna serpiente, ni ballena, ni castor mutante; vi un periscopio que se asomaba y me observaba como si fuera un ojo rojo.


¿Un submarino monstruoso y desconocido ronda las profundidades del lago Kami? ¿O es algo peor? ¿Ksorten Hárri será el resultado de la experimentación nuclear y biotecnológica que científicos alemanes realizaron en secreto con ballenas australes? Esto lo demostrarán los resultados de mis investigaciones.

Debo irme de la Patagonia: tienen mi imagen grabada en la retina líquida y roja del monstruo de fierro. Sé que distintas personas encapuchadas escoltadas por gendarmes, han estado preguntando a los lugareños por mi persona y el objeto de mis investigaciones.

Dejo este esbozo científico para aquel valiente que quiera terminar mi trabajo.


Federico M. Rodríguez (5/1/79, Buenos Aires) es docente y estudiante de literatura. Creció en Tierra del Fuego. Hace unos años reside en La Plata. Actualmente se encuentra buscando una editorial para publicar su primer libro “Senderos de ovejas”. Será un libro de cuentos de aventuras que transcurren en Tierra del Fuego entre mediados del siglo XIX y mediados del XX. Contacto: federo23@hotmail.com

NOTA 1: Actualmente denominado Lado Fagnano

19 de enero de 2011

Eventos

Amigos del Puñal,
Tenemos el agrado de extender esta invitación que nos ha llegado para asistir al acto: Primer Premio de Dramaturgia Editorial Mago a realizarse mañana jueves en el Centro Cultural Gabriela Mistral.

13 de enero de 2011

(En defensa del papel digital) | Rodrigo Suárez

Hace una semana recibimos un email de la revista La Comuna de los Desheredados. Nos cuentan que El Puñal había sido seleccionado para una reseña de revista literarias digitales en español.

La Comuna de los Desheredados es una revista digital, distribuida en formato pdf. De acuerdo a lo que nos señalaron, se trata de un proyecto que nació a partir de las inquietudes artísticas de un grupo de amigos que no se sentían satisfechos con los contenidos de publicaciones españolas. Por ello decidieron empezar una revista donde cupieran relatos, poemas, ensayos, fotografías y otras expresiones estéticas.

Número 7
En palabras de su director, Luys de Algaida."es imposible definir qué somos, estatuir un concepto estanco e inmóvil. Es mejor entrar a cada número y descubrir su dinámica". Ahora van en el séptimo. Para leer esta interesante propuesta pincha aquí.

En su búsqueda por encontrar otras publicaciones similares, en otras palabras, en formato digital, la revista hizo una recopilación crítica de medios digitales especializados en literatura tanto en España como en América Latina. Tuvimos el agrado de ser mencionados, entre otras revista chilenas, como Cinosargo y Escarnio. 

Su visión crítica se centra en la falta de prolijidad o cuidado estético en la diagramación y/o presentación de muchas de estas revistas y lamentan el escaso uso de herramientas como el formato pdf para acercar la calidad de las revistas digitales a la que estamos acostumbrados cuando abrimos un libro o una revista de papel.

Tal como lo señalan los editores, el formato pdf permite acercar la brecha entre el objeto impreso y la realidad virtual, cuando, por ejemplo, los costos involucrados dificultan la aparición de la revista en el soporte preferido por muchos; sin embargo, hoy en día existen tecnologías y programas que facilitan y hacen mucho más grato la lectura de revistas y libros desde el computador. También existe la eventual posibilidad de que los lectores bajen el archivo pdf y lo impriman por cuenta propia para su posterior consumo.

Nuestra revista tiene dos formatos de entrega. La primera la constituye el blog donde recibimos colaboraciones de todo el mundo y la otra en su versión impresa, la que ahora puede descargarse como formato pdf. El Puñal causó una buena impresión. Pensamos que se debe a que fue pensada primero para su publicación tradicional, y mucho después decidimos convertirla en formato digital para que un público mucho mayor pudiera acceder a ella. Además, el componente gráfico ha ido cobrando cada vez mayor importancia y calidad y seguiremos invitando la colaboración de escritores, ilustradores y otros artistas.

Quisiéramos agregar al diálogo otras revistas que nos han llegado mediante el correo. Una de ellas es Botella del Naufrágo del Centro de Investigaciones Poéticas Casa Azul (Valparaíso, Chile). La caracterizan una edición muy cuidada y con una propuesta estética impresionante y contenidos de alta calidad poética. Para leerla pincha aquí.

Otra referencia que nos ha llegado entre manos es la revista Ágora-papeles de arte gramático de España, que también empezó como revista impresa antes de incorporar el formato digital. La codirigen Francisco Javier Illán Vivas y Fulgencio Martínez y admite colaboraciones (ver requisitos en página web)

Podríamos también mencionar la revista Grifo, de Chile, en su versión digital que se puede obtener en http://www.revistagrifo.cl/pdf.html

Páginas web

Un sitio importante es la revista digital critica.cl que se especializa en publicar ensayos. Su soporte es la página web. Un sitio recién descubierto por el autor es Los poetas del 5: Revista literaria latinoamericana. Vale la pena revisar sus páginas. 

Esperamos haber contribuido al debate sobre la creación y permanencia de revistas literarias en formatos no tradicionales facilitados por el paulatino avance de los medios digitales en el mundo de habla hispana.

4 de enero de 2011

Noruega | Laura Iglesias Liste, Argentina

Había decidido no volver a afeitarse las piernas, y dejar de arrancarse el bigote inconsistente que le crecía lento arriba de los labios. No era un flagelo más sobre su feminidad marchita, era intentar aplastar cualquier intento sexual que la sometiera a su tormentoso marido que ya hacía años se había convertido en un borracho misógino, estereotipo de mexicano ofensivo en las caricias y tierno durante el sueño y las noches de carnaval. Había decidido no usar más que pantalones de lino, de esos que no marcan los glúteos y que sólo suponen la consecución rectilínea de una espalda cansada.

Previó la llegada de turistas que parasen en la ruta justo frente al cruce  y sintiesen por primera vez la emergencia de un solaz de bebida y, con suerte, de algún tentempié sólido. Entonces empezó a pelar las papas, cascar unos huevos, escribir en la pizarra ennegrecida por el polvo del camino Tortilla 3$.

Llegaron, como debían hacerlo, cansados pero de buen humor, de un humor que contrastaba con el ambiente rezagado y pueblerino, lleno de estampillas religiosas, de paganismos híbridos, de televisores que reproducían a todo volumen la programación berreta de los canales de aire. El salón del Comedor parecía ser una prórroga inconclusa  de la casa de ladrillos de adobe en la que vivían.  Unas cuantas mesas se acomodaban como pupitres de escuela entre otros bártulos que nunca llegaban a integrarse al mobiliario de fonda: un tocadiscos inutilizable sobre una heladera comercial, un gato amarillo que afilaba sus uñas sobre un tapiz apelotonado, manteles cuadrillé forrados en un hule transparente, flores artificiales sobre envases de gaseosas.

La mujer escuchó el pedido estrujando un repasador con motivos navideños que le había regalado su marido la pasada nochebuena.

La tele anunciaba los números ganadores de la lotería. Hacía siete años que le jugaba a los mismos dígitos, confiando en una mezcla de convencimiento estadístico y en la fe devota a San Cayetano, como se llamaba su padre. Ganar la lotería era la única redención posible, una especulación no menos pretenciosa que la del rescate del príncipe convertido en un manojo de cifras, y ahí sí, conocer las ciudades, vivir en ellas como aparecían en el mazo de cartas que habían olvidado unos turistas y que guardaba no sin recelo: una Londres esquizofrénica de monstruos colorados sobre ruedas, una París higiénica y aristocrática, Roma atolondrada y cortejada, y su favorita que era el cinco de copas, Oslo, que reproducía un atesorado cuento de hadas, en su imagen de castillos y lagos nevados, como una delicada escenografía de una cajita musical.  Pero no habían salido sus números, y entonces puso la sartén sobre el fuego con los ojos abstraídos, mirando los huevos batidos como si estuviese viendo un brebaje mágico que pronto coagularía, transformándose en la solidez perfecta de una tortilla.

Los turistas intercambiaban oraciones corteses frente a la simpleza gourmet de los huevos y las papas. Uno estaba anonadado con el color anaranjado de la yema. Otro comía voraz y recordaba el olor de la cocina de su abuela. Discutieron sobre el punto “babé” de los huevos y el gusto exagerado del europeo por los alimentos crudos. Tendencia que se había globalizado junto a las endibias y el cebiche parafraseado en el sushi ahora tan moderno.  Habían dejado el dinero sobre la mesa como una ofrenda litúrgica. Desde la cocina los vio partir, con los pies cansinos pero alegres, cargando sobre sus espaldas el universo que necesitaban. Todos los mochileros parecían iguales, tenían algo de camellos o de astronautas, con ese paso ralentizado y desprolijo.

Se acercaba la hora de la novela y todavía le quedaban los platos por lavar. Mientras el agua fría corría entre las manos ásperas y las ollas grasientas, pensó en lo feliz que sería  cerca de los lagos congelados de la foto de Noruega. Pensó que en realidad cualquier otro lugar valía la pena. Y, como si toda su vida se estuviese escurriendo por el desagüe de la cocina, cerró la canilla, fue a buscar el dinero que había ahorrado en silencio guardado en una bota de goma,  y dejando las cacerolas sucias, lo puso en un bolsito de mano, junto al mazo de naipes.

Llegó hasta el cruce con la confianza aprendida de los mochileros a los que tantas veces había asistido con sumisión. Llegó con el deseo de que alguien la levantara, la rescatara al fin. Abrió la billetera para verse en el espejo del estuche, que le devolvió una cara arrugada y polvorienta, pero se miró satisfecha y animada, era la primera vez que se sentía valiente. Entonces pensó que tal vez podría parar en el próximo pueblo a acicalarse, a quitarse el olor a frito y el bigote sombrío que ya no necesitaría.

Laura Iglesias Liste (Buenos Aires, 1977) estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, se graduó de Licenciada y Profesora en Letras Modernas. Trabaja como docente de Lengua y Literatura. Es escritora de relatos breves y poemarios.


Ilustración de Gabi Rubi. Diseñador e ilustrador. Vive en Buenos Aires. Técnica utilizada: Biromes, rotrings, collage de fotos intervenidas, manchas y retoque digital.

El Perro Rabia | Javier Iturrieta




Por la década de los 90 conocí a Perro Rabia… Me perseguía y me ladraba, yo le temía...sus dientes y su rabia me hacían temerle. Él era un perro chico, pero yo también lo era. Ni me acuerdo de su nombre...patas cortas pero ágil y rápido, siempre acechaba por la espalda, solo oía su caminar y mi piel se ponía de gallina,  mis pelos se erizaban y mi estómago se retorcía…me daba miedo ese perro.

Fui creciendo y mi respeto por él disminuyó, aunque nunca dejo de ladrarme y perseguirme…me tenía rabia.

Un día lo vi a lo lejos, echado en el portón de mi casa, mmm... ya sabía lo que me esperaba, pero mientras me acercaba el nada hacía...se le habrá quitado la rabia, me dije, pero no…a Perro Rabia se le agotó su tiempo de ladrar y rabiar, y echado en mi portón me esperó hasta su último suspiro.

Ahora lo recuerdo en esta historia que les digo.

Javier Iturrieta  Artista de vida... dedicado a su taller a enseñar lo que sabe. Dedicado a la joyería, orfebrería, serigrafía. Con mucho interes en la ilustración, y en la creación de personajes que en su vida ha ido conociendo. Nacido en Santiago el 2 de febrero de 1978. Amante de las montañas, ríos y de las profundidades del Mar.