19 de enero de 2012

Sábados de gloria | Laura Iglesias, Argentina

Todas las familias que había conocido tenían algo de anormal, lejos de las colchas almidonadas y los estampados vertiginosos de las cortinas, todas parecían contener un halo de misteriosa psicopatía.

Tampoco escapaban de esta corporación los Herrera que, detrás de esa constitución de modelo familiar que se pueden encontrar en las publicidades de lavarropas o en las gráficas de venta de bay biscuits, entrañaban su propia rareza.

Detalle de Ilustración - por Gabi RubiClaro que a simple vista uno sólo podía evidenciar el sosiego de una esposa obediente y de caderas gruesas, que acompañaba el vaivén de sus muslos con un gracioso movimiento de hombros, como si en vez de caminar estuviese ensayando una coreografía amistosa. Generalmente usaba soleritos que terminaban en un volado infantil y que hacía recordar a la cobertura de azúcar de los huevos de pascuas. Era profesora de Música y con la misma disciplina con la que repasaba el solfeo, los ejercicios de Czerny y la digitación precisa del Minuet en G mayor de Bach, se acicalaba las uñas, hurgueteaba con la pinza depilatoria su bozo y ordenaba cada una de las alacenas de la cocina. Por la noche cocinaba pescado o pollo y verduras hervidas, y sólo los fines de semana averiguaba las preferencias alimenticias del resto de la familia.  

Tenía un hijo y una casa junto a su marido, y su dedicación era pareja y meticulosa.

Su esposo, de aspecto enciclopédico y puntilloso, era de una calvicie incompleta, de esas que hacen perder el apetito sexual a razón de una artificiosa imposición capilar oblicua, que ejercitaba con un peine de plástico guardado recelosamente en el bolsillo trasero. Sin embargo se desempeñaba bastante bien en los trabajos hogareños, y definitivamente, cambiar el cuerito de una canilla, reparar una tubería o hacer algún trabajo menor de carpintería incidía favorablemente en su autoestima.

Libros recibidos

Comunicado de Ediciones Leteo

Ediciones Leteo acaba de sacar a la luz la primera novela de Joan Ripollès Iranzo, que hasta el momento había publicado algunos relatos, ensayos y poemas, además de colaborar en la escritura de guiones audiovisuales. El pasado año se estrenó en el Museo del Prado el documental Goya. El Secreto de la sombra, su último trabajo estrenado como guionista y, meses después, se publicaba su última contribución hasta la fecha como ensayista, varios capítulos del libro Ven y mira. El cine fantástico y de terror en la zona prohibida, publicado por la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián.


QUEMAR EL CIELO es la primera novela publicada dentro de nuestra Colección de Narrativa Relojero de Benaguás, una apuesta arriesgada y poderosa que os invitamos a descubrir, disfrutar y valorar. Hasta ahora habíamos publicado diversos libros de narrativa breve y un dietario. Confiamos en recibir vuestro apoyo a la hora de divulgar una iniciativa de esta especie, especialmente difícil en los tiempos que corren.

QUEMAR EL CIELO es una novela corta de encierro, con un alto grado de subversión y erotismo, cuyos protagonistas confían utopicamente en poder escapar a las leyes de una sociedad que quisieran ver arder hasta los cimientos. 

Luna y Salva, dos adolescentes que han huido de sus casas, irrumpen en un hotel del norte de la península, sacudiendo la tranquila existencia de su maduro propietario, que se ve incapaz de negarles alojamiento a pesar de que el establecimiento ha cerrado sus puertas hasta la llegada de la temporada alta.

La traviesa sensualidad de Luna y una malsana curiosidad por averiguar de qué extraño crimen están huyendo los chicos, seducen más y más la atención del hotelero, abocándole a una obsesiva espiral de sexo y violencia que parece llevarle a la autodestrucción o la locura.

AQUÍ encontraréis más información sobre el lanzamiento de la novela, acompañada de un resumen de prensa.

2 de enero de 2012

En blanco y negro | Gabriel Bonetto, Argentina

Nadie me fue a buscar al aeropuerto. Es cierto que ya lo sabía pero igualmente busqué sin éxito los carteles que desfilaban con distintos apellidos. El mío, un  alemán impronunciable, no estaba por ningún lado. Me sentí indefenso un momento. Yo era un anónimo que apenas tenía una pequeña valija, algo de dinero y la única e irremediable sensación de  sentirme a salvo.

Recuerdo que me recibió una tarde gris, con una leve llovizna. La niebla que comenzaba a asfixiar semejaba a una Londres que sólo conocía en libros y películas. Los primeros minutos en tierra firme fueron complicados: una  tos descomunal se desató furiosa. Un centenar de curiosos  me miraban desconcertados. Todos los ojos parecían detenerse en mi persona. El desconcierto fue aplacado por el ruido de una frenada. Era un taxi, un Volkswagen verde con la pintura descolorida y la parte trasera abollada. Estacionó en el lugar donde yo estaba parado mirando a la multitud que caminaba deprisa. El taxista, sin decirme nada, abrió la puerta trasera y me hizo una seña para que subiera. Antes de darle cualquier indicación, comenzó a hablarme en inglés, un inglés burdo y gracioso. Sonreí. Puedo hablar castellano, le dije, y el cambió abruptamente su voz. Ahora tenía una entonación aguda y estridente.

―Pensé que era gringo, compadre ―dijo―. Me lo hubiera dicho antes.

Mi tos volvió con ímpetu. Solo podía ver una mata de pelo negro desde mi lugar en el asiento y el final de unos bigotes similares a los héroes de la revolución mexicana.  Toqué mi frente, creí que tenía de fiebre. Transpiraba sin parar. Fue cuando estaba secando mi sudor que observé un detalle que me había pasado desapercibido: la mano derecha del taxista tenía solo dos dedos. Eran gruesos y morados. Brillaban ante la poca luz que entraba por la ventanilla, y parecían agrandarse ante cada una de mis miradas.

El olfato que tuve contaminado por un instante volvió a la normalidad. Comencé  a sentir un olor ácido e intenso. El hocico resplandeció entre la oscuridad de una tormenta que se avecinaba. Los ojos no pestañaban y se resignaban a una tristeza absoluta. Creo que tuvo intenciones de ladrar pero se contuvo. 

―No tengo donde dejarlo ―advirtió el taxista, cambiando su voz chillona por una grave, seria, como la de un hombre moderado y responsable.

―Es lindo —dije.

―Es la única compañía que tengo ―contestó como compadeciéndose ante la circunstancia.

El perro bostezó y dejó ver unos dientes prolijos y con apariencia de ferocidad. Era mediano y de pelo corto negro, con orejas pequeñas y puntiagudas.  Con el único propósito de interrumpir el silencio que se había producido, hablé.

―¿Cómo se llama?

―Alberto, compadre.

El perro ladró por primera vez en el viaje. ¿Qué sentirá? ¿Tendrá frío, hambre, extrañará a alguien? pensé. Los ladridos disminuyeron. Me acomodé en la butaca y otra vez dormité. En mi ensoñación recordé el colegio secundario, las reuniones en el centro de estudiantes, a la policía que nos llevaba en los recitales. El caudal de imágenes que aparecían fueron interrumpidas con un grito: llegamos, compadres. En aquel instante odié a ese tipo.