21 de marzo de 2008

La habitación

texto escrito por Rodrigo Suárez

La cama deshecha
una lluvia de hospital en la ventana.

Dos copas,
sostenidas sobre el canto del velador,
como lágrimas a punto de rendirse,
esperan la madrugada.

Los cuerpos sin fuego han partido
de vuelta a su exilio mutuo.

Se han llevado la botella de Champagne.

17 de marzo de 2008

El deseo

(título provisional)
Texto escrito por Teresa Muñoz





Qué bien te ríes
te ves sugestivo cuando miras con picardía
imagino, se te ocurren ideas inconfesables
me entretengo, en pensar cuáles serán.

Qué bien caminas
tienes el ritmo justo para acompañarme
ir a tu lado crea un paisaje limpio
es un hermosa casualidad.

No te amo, no eres mi amigo,
no te veo en mi pasado ni en mi futuro
sin embargo hoy quisiera que se alargara este día
y tal vez soñarte a las 7 de la mañana
para despertar contenta sin acordarme por qué.

16 de marzo de 2008

El trigal

Texto escrito por María Elena Monsalve.

Debo atravesar el trigal, observo el cielo y veo una ola oscura que viene desde oriente. Sé que caerá antes que llegue al otro extremo. Inhalo, como si me fuera a tirar al mar. Avanzo, fija la vista en el final del camino. Quisiera quedarme para siempre y mientras me quedo también atravesarlo.
Emprendo el camino con temor y ansiedad. El trigal es vasto, fosforece, me impresiona, me ahoga con un golpe suave que me salpica en el pecho. Un rumor avanza a mis espaldas, acelero el paso mientras veo la ola inundar por completo el horizonte. El viento barre las espigas y las enreda en mis cabellos. Escucho el rumor. Corre, se abre paso hacia mí, hasta el compás alocado de mi corazón. Extiendo los brazos y poco a poco me detengo. Contengo la respiración. Me doy vuelta, ahí estoy yo, frente a mí. Sólo el eco de mis pasos, el roce de mi cuerpo. Suspiro, es un hondo suspiro. Yo me voy a paso lento abriendo una brecha en el trigo, camino años yo. Lo abro con las manos, los brazos, el cuerpo entero, casi nadando, casi, pero camino, sólo camino. El trigo me salpica fuerte y tomo el grano yo, lo como mascando su dura consistencia de almidón. El resto lo guardo hasta llenarme los bolsillos, no siento el viento yo pero sí el frío enorme de las noches. A veces me veo en el trigal, riendo entre los tallos yo. Yo que de puro gusto me he tirado al trigo, me revuelco, los aprieto contra mi pecho, los froto en mi pelo. Nado entre ellos, siempre quise hacerlo yo, así como en el mar o entre los cuerpos de la gente abarrotada de algún terminal. Me quedo aquí, nadando entre las espigas-espinas y los tallos. Escucho yo, a veces, a mis pasos alejarse, sin embargo me quedo, guiada pñor mi primer impulso. Pierdo el camino yo. A propósito.
Me quedo años boca arriba. Boca arriba mirando, boca abajo sintiendo. Me cubro sereno en las mañanas, me quema el sol de la tarde, por la noche escucho el silencio. Me mojan los rocíos me quemo en los soles sientos las noches me mojan los días me queman meses los soles escucho años en silencio.
Encuentro el camino. Tropiezo el camino yo. El azar. Me arrodillo. Voy sobre mis propios pasos. A lo lejos distingo una silueta. Soy yo esperándome. Años esperándome.
En tanto que yo, miro a la gente ir por las calles de oriente a poniente mientras concluye el día. Aquí estoy yo, la cabeza apoyada en la ventana de un auto, empaño el vidrio con mi aliento, dejándome llevar por las calles. Subo el volumen de la radio hasta ahogar el ruido de la ciudad, me adormezco en la narcosis musical.
Así, a lo lejos yo, adivino un vuelco en mis corazones reecontrados, los imagino yo. Me veo en el trigal, esperándome a que yo también vaya.

15 de marzo de 2008

Esto

Texto e ilustración de Amanda Espejo

Él no sabe de esto.

Tampoco tiene que saberlo.

Él no ha escuchado las voces
a lo más, ha sentido sus pasos
ha dudado un instante
luego…
los gatos
o el viento.

Él no intuye sus formas
(por añadidura)
él no percibe las mías
las de antaño
las de niña.


Él no es mi padre.
Tampoco tiene que serlo.

Él no bebe como yo las horas
ni va grabando en su piel
la angustia de los segundos.

Él no lo sabe, no entiende
y no tiene por qué hacerlo.

Él no ha dislocado sus vértebras
ni sangrado sus arterias.

Él no huye del espejo.

Él no ha visto sobre sí
los esbozos del pintor:
la fiebre de sus azules
o sus soles amarillos.

Él no ha encontrado esos ojos
en el fondo de los suyos.

Tampoco es que deba hacerlo.

Él… un espejismo de fe
en medio de mi tormenta
de mis cruces
de mi pena.

Él está allí, blindado,
bien pronunciado su nombre
y apuntalado su espíritu
entre tierra y cielo.

Yo,
(y él lo sabe)
surco
carencia
temblor
extravío
orfandad
y tinieblas
sigo hilando las palabras
para el crudo lino de mi mortaja.

12 de marzo de 2008

La venganza

Texto escrito por Elizabeth Cárdenas







El agua no corre
Patente la sequía
--en el barro seco
-----las grietas
-----los bichos incrustados


Se llevan la miel
--dejando caños tapados


El árbol está negro de resina
las hojas blancas
el azahar se asoma a respirar
Las raíces cavan hacia
--ríos subterráneos de lava



Ya no puedo contenerla,
se desliza escalera abajo
La casa inundada
se enfrían las paredes
--calientes
Huye
--por la rendija de la puerta
Hierve
--en la calle
-----Se evapora



Y la sequía
--esta sequía...



Los interticios cubiertos
Las esquinas
--ventanas
-----rendijas
Los azulejos blancos se apagan...

1 de marzo de 2008

Marchita

Texto escrito por Elizabeth Cárdenas

El reloj marca las 8:50, las calles hace una hora fluyen estrepitosamente. Los edificios quietos resisten al sol. Aquí dentro, mientras en el casino la fila aguarda para tomar desayuno, en la sala los cubículos demarcan nuestro pequeño espacio.

La manilla gira, la puerta besa la pared. Apareces como disparada sin saludar a nadie, tiras el bolso sobre el escritorio, caminas hacia el puesto de la mujer robot. Nos sentimos mal por tu cara.

Como si no bastara con que te odiáramos, te dices todo el día que eres una vaca y que tu marido no te da bola. Yo no sé qué responder a eso.

Al caer la noche, luego de doce o más horas de trabajo, nos cuentas asuntos personales o sobre muebles y porteros. Creo que es aburrido. Te amarras al cuello un pañuelo y te pintas de rojo los labios.

Tus labios rojos, los recuerdo de una vez que llevaste plantas a mi casa, de esas que nunca florecen, como para fingir encanto. Mirando la planta, vi los surcos que tienes en los ojos, parecen estarse produciendo hace siglos con las inclemencias del tiempo. La planta se marchitó, pero la conservé pensando que estaba triste.

Cuando me encuentro contigo, recuerdo la planta, sobre todo porque es otoño.