29 de febrero de 2008

Cuento inconcluso

Texto escrito por Rodrigo Suárez

Eran más de las dos de la madrugada, cuando Atilio Hernández detuvo la ambulancia frente al cartel que decía "Servicio nocturno continuo". Las ventanas estaban mugrosas. Atilio salió del auto frotándose las manos y, pensativo, se demoró en la vereda para sacar el maletín. El viento arrastraba el frío del mar por la calle. Dos quiltros levantaron sus cabezas de la caja de cartón. El ruido del motor los había despertado.

Atilio Hernández terminó de comerse las uñas antes de abrir la puerta. Una lámpara de mesa iluminaba la papelera, una porción del piso y el escritorio. El dueño estaba sentado detrás, pero con la luz no alcanzaba a ver su rostro. Solamente el enorme bulto de la camisa bajo la corbata negra y brillosa. Escuchó el ruido de succión que el hombre hacía al meter el labio por debajo de los incisivos. Entre ellos, era el Sapo. En la tienda, Don Saúl.

El Sapo guardó las gafas y examinó a su emisario. La luz de la ampolleta resaltaba el tinte de lavaloza barato en su cara. Las cejas y los bigotes caían en picada, dándole un cierto aire de mongol demasiado viejo para el combate. Esperaba que le diera la orden.

-¿Y cómo te fue esta semana?- preguntó sin salir de las sombras. Atilio hizo aparecer un cuaderno de su bolsillo.

- Rigoberto Gallardo, viudo de Alma Carreño, en paz descanse, contacto telefónico, email. Lo llamará en el transcurso del día para contratar servicios. Familia Asenjo, expresa interés para finiquitar al fallecido Guillermo Asenjo Retamales, paz descanse, contacto telefónico. Hay tres nombres más. Todos tienen sus fichas al día, Don Saúl.

-¿Y los certificados? Te los conseguiste, me imagino.

- Todo en orden, señor. Aquí los tengo.- Atilio sacó un portafolios del maletín y se lo entregó a Saúl. Logró hacerlo sin perturbar el círculo de luz que lo separaban del Sapo. Sólo lo necesario para introducir su mano amarillenta, pero alcanzó a sentir el roce del brazo desnudo que emergió para tomar la mercancía.

- No te comas las uñas, hombre.- El reproche del Sapo lo sorprendió desagradablemente. Su esposa le había dicho lo mismo durante años.

-Sí, señor.

Con paciencia, esperó que el Sapo revisara uno a uno los documentos. Después sacaría un talonario del segundo cajón, extendería un cheque por la comisión y podría irse hasta la próxima semana. Pero todavía faltaba pedirle otra cosa.

Don Saúl guardó los papeles y buscó la chequera. Por el rabillo del ojo, notó que Hernández estaba preocupado por alguna razón. Quizás fueran remordimientos o culpas, pero no interesa. Firmó el cheque. Sin embargo, no se apresuró en cortarlo. Atilio se balanceaba sobre un pie y después sobre el otro.
-¿Por qué te quedas ahí bailando? ¡Toma tu plata!- El paramédico se apresuró en agarrar el papel antes de que fuera muy tarde. Miró la cifra. No era suficiente. Pero el Sapo se había alzado repentinamente del asiento como un hipopótamo saliendo de su pozo favorito. Imposible reclamarle ahora. Mientras se le acercaba, metió la trompa por debajo de los dientes y se chupó la saliva. Atilio supo exactamente en lo que pensaba.

24 de febrero de 2008

La morocha

Texto escrito por María Elena Monsalve

Aún no sonaba el despertador y ya estaba desayunando. Lo del insomnio lo tenía con los nervios de punta, ni siquiera había fiesta en que aprovecharlo. Salió sin ordenar el comedor.
Afuera el calor se hacía sentir ya desde muy temprano y seguramente el día sería como estar en medio de un incendio. Caminó sin detenerse las siete cuadras que lo separaban del boliche. Todas las mañanas realizaba distintos recorridos, divagaba chuteando piedras, esperando descubrir o encontrar algo que lo sorprendiera.
En la esquina, antes de doblar, se metía las manos al bolsillo y empezaba a darle vueltas a las llaves, hasta encontrar la correcta por el tacto. Desenganchó los candados y abrió la cortina metálica, descubriendo las pueras de vaivén. Adentro la luz volvía a entrar débilmente. Puso la tetera en el fuego de la cocina y se sentó a esperar a la clientela que se dejaría caer en cualquier momento, por lo que esta actitud providente le ahorraría más de alguna molestia.
El primero en entrar fue el ciego Queno, golpeando con el bastón hasta llegar a su mesa de costumbre.
-Sírvame un cafecito con dos tostadas, Samuelito -ordenó mientras se sacaba la chaqueta.
-Enseguida, Queno.
El Queno vivía solo y prefería desayunar, gastando los pocos pesos que tenía, en el boliche de Samuel. Más de alguien se sentaba a compartir un café o lo que fuera, con tal de pasar las horas en compañía.
La mañana avanzaba lenta, muchas bebidas, pocos sándwich y varios permisos para ir al baño sin hacer consumo. Ya eran las doce y cualquier momento entraría la morocha, contornéandose, mostrándole el escote con evidente erotismo, pestañéandole tupido y con humeante pan amasado, hecho con sus propias manos. Hasta cuándo se aguantaba, era un bruto por dejar pasar a esa mujer así, sin más ni más, se estaba portando como dice la canción "era una piedra en el agua, seca por dentro", hoy le diría más que un piropo a la morocha y su rico pancito.
Buscando inspiraciòn miró el afiche de Lawrence de Arabia, que tenía a un costado de mampara, mientras daba un largo suspiro.
Las doce y quince y no pasaba nada con la morocha, estaría entretenida conversando por ahí.
-Samuel, fíame una cañita hasta mañana -le interrumpió el Juancho encorvado y mirándose los zapatos sucios.
-¿Sabís leer?
-Tú sabís que sí poh Samuel.
-Entonces -apuntaba con el dedo al letrero que decía "Se fía a mayores de 99 años, siempre que vengan con su papá o su abuelito".
-Ya poh, no seai así, mira que es para que se me quite lo tembleque no mah.
Yo no sé como seguís vivo con ese hígado.
-No me digai eso, dame la cañita -suplica con cara de pena.
-Media caña no máh y cuidado con ir a amargarle el pepino al Queno con tus problemas, cuéntale algo nuevo.
-Oye y no ha llegado la morocha todavía -se burló con la media caña de tinto en la mano temblona.
-Ya, ya, ya, ándate lueguito.
-Si ya son las doce treinta -seguía burlesco.
-Chao no, O.K.
Una de la tarde: dos borrachos, una pareja furtiva que no acababa nunca de despedirse, tres cubetas de hielo y cinco moscas. De la morocha todavía nada. Un temor lo invadió de pronto: no sería que por fin se había aburrido de tanto insistir con minifalda, escotes, transparencias y pan recién horneado, sin que él se atreviera a más que un piropo, por lealtad a un fantasma, idealizado en el tiempo, sí, porque eso era la Carlota desde que había partido dejándolo solo con el boliche. Al fin y al cabo, analizándolo fríamente, dudaba si la seguía amando, pensar en eso le hacía dar vueltas a la cabeza hasta flagelar sus sentidos.
El Juancho estaba sentado con el Queno, llorándole quién sabe qué nueva pena, bebiéndose a sorbitos el tinto, entre lágrima y moqueo, entre deseo y fantasía.
Ya había pasado la hora de almuerzo y ni siquiera el llanterío del Juancho, la pelea de la pareja, que un rato antes parecía que se iba a fusionar de tanto beso y abrazo, ni el tv cable podía quitarle de la cabeza a la morocha y su pan amasado por más de cinco minutos. En eso estaba cuando entró saltando en un pie la sobrina de la negra curvilínea.
-Tome -le dijo la mocosa de unos diez años-.Esto le manda mi tía.
Le alcanzó un sobre blancon con una leyenda hecha a mano en letra imprenta y con grandes letras "PARA SAMUEL". La chiquilla se alejó de la misma manera que entró.
Seguro que era una carta en dónde le echaba en cara la indecisión que había mantenido durante todo este tiempo, lo peor de todo es que no tendría qué aducir al respecto.
-¡Ya! ¡Despiera hombre! Sírveme una cervesita heladita y prepárame un sanguchito cototúo.
-No te había visto, Susanita.
-No poh -le voceó sonriente- si vos tenís ojitos pa' la morocha no máh oye, y a propósito, ¿dónde está?
-No sé, no ha llegado todavía -se echó al bolsillo el sobre mientras buscaba el pan-. Oye y tú ¿No estabai a régimen?
-Sí, pero sólo los días lunes -rió mostrándole la dentadura-. ¿Qué te pasa que te veo medio a-tri-bu-la-do? ¿Ah? ¿Te gustó la palabra? ¿Suena bonito? a-tri-bu-la-do, la escuché en la tele, pa' algo que sirva. Ya poh, responde ¿Estai a-tri-bu-la-do?
-Por qué no...
-No, mira, si me vai a mandar a freir monos estai equivocado, aquí el que cocina eres tú, además esa cuestión tiene mucho colesterol y eso hace ponerse idiota a la gente ¿Sabíai tú? Pa' mí que tú hoy día ya te comiste un pancito ja-ja-ja.
-Ya. Te voy a contar. La morocha no vino...
-Sí, si eso está clarito -le dijo echándose en su asiento-. Cuéntame la otra parte oscura.
-No, si ni hay parte oscura, lo que pasa es que me mandó una carta recién no máh.
-Bueno ¿y?
-Nada, eso.
-Pero hombre ¡qué decía la carta!
-No sé, todavía no la leo.
-Y qué esperai, que la misma morocha te la venga a leer. No poh cabrito, anda allá al baño, léela después me contai.
-Y para qué voy a ir al baño si igual te la tengo que contar.
-Para no verte la cara de dolor, y que "no caigas sobre mí, llorando, y me azoes el traje con tus lágrimas". ¿Cómo estuve? ¿Ah? Te la tiré suavecita. Esa la leí en una fotonovela más vieja que el andar a pie. Si querís te leo yo la carta.
-Bueno
-¿Cómo se te ocurre? Si las cartas son personales, son pa' que uno las lea, o al menos pa' que las lea primero que nadie. Ya, léela, pero primera termina de hacerme el sanguchito, que me estoy feneciendo del hambre.
Le puso mayonesa al cerro de carne y tomate, coronando el sándwich con la otra mitad del pan.
Abrió el sobre sacando lentamente su contenido, la carta es pequeña y la desdobla mientras mira a la Susanita, que no ha dejado de observar, a pesar de las grandes mascadas y largos sorbos de cerveza.
-Ya poh, ¿qué dice?
-No entiendo
-¿Qué?
-Dice: un kilo de harina, medio pan de levadura, dos tazas de agua, una cucharada sopera de sal. Ponga la harina y vierta sobre ella las dos tazas de agua... No entiendo. Amase hasta obtener la consistencia...
La Susanita había parado de comer y sostenía en sus manos el medio sándwich que le quedaba. Tenía los ojos y la boca abiertos del mismo porte.
-¡Ya, dime! Que no entiendo nada, Susana.
Se paró dejando el pan sobre el mesón, la gorda avanzó dos pasos y comenzó a gritar.
-¡Ya, ya! Hasta aquí no más llegó, se cierra el boliche, hasta mañana, chabela. Queno, llévate al Juancho hasta la esquina, que no quiero verlo en la puerta cuando salga. Ya, ya, a volar, a volar -decía mientras reforzaba sus palabras con movimiento braquial.
-¿Qué estai haciendo Susana?
-Mira, Samuel, -sermoneaba con las manos en la cintura-, yo siempre he sido suave contigo porque me caes bien, eris un hombre tranquilo, pero llega un momento en la vida en que uno tiene que despabilarse, tomar las riendas, y por lo que veo a ti no te había llegado tu cuarto de hora -explicaba con un tono inclemente.
-¿Qué tiene que ver eso con eta receta para hacer pan?
Y mientras decía esta última frase bajaba la vista lentamente. Una daga le atravesaba la garganta y le impedía el libre flujo de las palabras.
La susanita lo miró con una mezcla de compasión y fastidio mientras le daba un empujón a la puerta vaivén. Afuera las calles se refrescaban lentamente. Volvería a darse la última vuelta al anochecer.

18 de febrero de 2008

No hay aguante

Texto escribo por Elizabeth Cárdenas

Los viejos del club de jazz siempre fueron unos fracasados. Se reunían todos los jueves a hablar sobre Miles Davis y Coltrane como si alguna vez hubieran sido capaces de tomar un instrumento y palparlo como se palpa con calentura la piel de una mujer.
Luego de abuchear a algún joven artista, cruzaban la plaza para seguir con el whisky y el puro en la casa de Frida, la mujer del único verdadero jazzman en el clan, que se murió joven, cuando todos pensaban que era inmortal.
Frida los recibe en casa porque la nana aún no sabe reconocer a quienes no debe dejar entrar. Traen el alcohol, rebalsan los vasos y van esparciendo cenizas por el parquet.
Sentada en el sillón, desearía que algo ocurriese de una vez por todas. Le hace señas a la enfermera que lee un folleto de San Jorge sin hacerle caso. Y mientras su ira se acumula, la vejiga se le llena como la rabia que le va trepando de pies a cabeza hasta hacerla temblar. Entonces, cuando cree que está a punto de mearse como en esos sueños en que uno va al baño, una ráfaga se convierte en un estallido allá afuera, haciendo vibrar puertas y ventanas.
Los vidrios estallan y todo se vuelve un desorden. Los viejos huyen con las manos en las orejas y aleteando como huyen las palomas en la plaza cuando las persigo.
Se hace el silencio. Los perros ladran. La casa por fin está vacía. Se cierra la puerta.
Frida se meó en el sofá.

RACONA

Texto escrito por María Elena Monsalve

La carta estaba sobre la mesita del teléfono. Tenía varias estampillas que aludían a su lugar de procedencia. No necesité leer el remitente, de inmediato recordé el último día en Racona. Esa tarde sería la despedida del verano con sus clases dictadas y concluidas.
Estaba nublado, mirábamos por la ventana que está en la escalera. El pueblo era pequeño y estaba rodeado por cerros llenos de vegetación. Desde el primer piso llegaba la música suavemente. Yo veía los rayos del sol filtrarse por las nubes negras. Debían ser, así lo pensaba yo, las últimas mejores horas juntos. Con un dejo de melancolía apreté mi cara contra su cuello tirando suavemente los pelos de su pecho, mientras sentía la casa tibia e inundada de música, no pedía más.
El vino, fue la copa de vino y la noche, que hacía a las pupilas dilatarse por la falta de luz. Rodeo sus caderas con mis brazos y me estiro para besarlo, era la orquesta sinfónica llegando a su clímax. Recibí de vuelta un bullicioso y corto beso, de esos que los papás dan a sus hijas cuando juegan a hacerse cosquillas. Vacié de un tirón todo el aire en mis pulmones mientras me decía …se puso fome la música, voy a cambiar la radio… Me tiré sobre él, que me pensó presa de un ataque de deseo y lujuria mientras le sacaba a tirones los pantalones.
No necesité abrir la carta para saber que era él, reclamándome, todavía sin entender por qué había tirado por la ventana sus pantalones.

16 de febrero de 2008

SIN TITULO

Escrito por Elizabeth Cárdenas

Habíamos dicho que cuando subiéramos
íbamos a cerrar la ventana
pero allí estaba
abierta.
Sobre la mesa
la cámara apagada,
las llaves, las monedas.
la cortina, el viento que se cuela
pudiendo traer consigo sombras, ánimas

Las hormigas en la cocina
dan vueltas por las paredes blancas
se han metido en la casa
en los muros y bajo el piso.

De noche incluso puedo oírlas
mientras rebalsan la tina.
He tapado con vela las pequeñas grietas
por donde me observaban

Ya no quiero vivir en esta casa
por favor, cierra la ventana.

15 de febrero de 2008

Los queltehues no tienen la culpa









Escrito por Rodrigo Suárez


Los queltehues no tienen la culpa,
no fueron ellos los chamanes
del viento gris, la tensa lluvia.

Al contrario, puedo verlos correteando nubes
mientras ordeno los ladrillos sobre el tejado,
las tablas rotas, el neumático fiel.

No pudieron ahuyentar a los portaviones
que encallaron en el pie de monte.
No tuvieron chance alguna de alejar
a las ballenas de la playa.

Es inútil arreglar la plancha volteada.
Elijo una olla bien grande
y la pongo
debajo
de la
cascada
latente.

Giran los queltehues todavía
y abajo
los pichones gritan
porque ya
presienten
la muerte
en
aguacero.

14 de febrero de 2008

NUNCA PIERDE

Título provisional, texto escrito por Teresa Muñoz

Te apuesto que no eres capaz de saltar al otro lado del canal. Apuesto que sí.
Bastó esa pequeña provocación para que María Elena corriera a toda velocidad, tomándose de las ramas del sauce, se lanzó hacia la otra orilla. No está claro si por el peso excesivo para una niña de 9 años o por que el impulso fue poco, el asunto es que se produce el efecto péndulo y los pies no dan con tierra firme ni a un lado ni al otro. Pasaron unos minutos lentos antes que cayera al canal, Peta corría por la orilla llamando a Elena, sin embargo la zarzamora le impedía ver si flotaba, si el cauce la arrastraba o si había desaparecido completamente. Tres cuadras más abajo estaba la exclusa, allí se aferró a las ramas espinadas tan fuerte como le era posible, Peta le estiró un palo seco, de modo que pudo salir respirando bien, pero demasiado rasguñada y sucia como para volver a casa en esas condiciones.

Se sentaron bajo un árbol. La mamá se va a dar cuenta si no llegamos con el pan, tú deberías lavar el vestido y esperar a que seque mientras voy a comprar. Elena tuvo tiempo de pensar la forma de pasar desapercibida durante toda la tarde. A pesar de lo mojada que permanecía usó todas sus mañas en ocultárselo a mamá. Ochenta años después, ella cuenta esta anécdota con el mismo temor de antaño, como si la presencia omnisciente de esa madre respetada y temida aún le tuviera el alma colgando de un hilo, la niña asustada se ríe pícara y recuerda cada detalle de lo acontecido.

Abuelita, te apuesto que no puedes tomar agüita de ajenjo con natre y toronjil cuyano. Apuesto que sí.

LOS ANTEOJOS EN EL SUELO


En esta calle no circula siquiera un alma extraviada. La luz de la mañana cae desde la cima de los edificios para iluminar la acera y la vereda de esta larga e interminable calle, como una infinita calle sin salida.
Un árbol, como todos los árboles que se quedaron dormidos sobre la vereda, yace en medio de un pedazo cuadrado de tierra en medio del cemento. Sobre el pedazo de tierra, una reja. Es un árbol encarcelado más.
En la vereda bajo el árbol, los rectángulos se ordenaron en fila por la cuadra, para recibir a la gente que desciende de los edificios en algún momento del día. Nadie ha venido hoy, y allí 5 centímetros antes del próximo trozo de cemento, unos vidrios ópticos se sostienen en un marco color azul de marca. Yacen graciosamente abiertos, caídos accidentalmente.
Si camina alguien rápidamente por esta vereda, puede que no llegue a verlos allí, que los pise, y que al girar a ver, ni siquiera pueda ver (darse cuenta) qué fue lo que pasó bajo sus pies. Es lógico que ocurra eso en esta calle que en un día normal puede llegar a ser una vorágine. Pero si por casualidad se llegara a caminar lentamente, como esperando no llegar a la siguiente cuadra, y se ha bebido un café cargado sin azúcar (porque el endulzante hace mal), puede que, aun con esta tenue luz y la somnolencia, uno se percate de lo que hay en el suelo. Sería una rara y afortunada ocasión.
Hoy no saldrá nadie por esas porterías, como si todos se hubieran esfumado. Tampoco hay ninguna cara que se asome por la ventana a mirar por entremedio de las cortinas, por lo menos no lo harán cuando es necesario.
Continuando con los anteojos azules (hay que decir que nos interesan) que estaban en el borde del bloque rectangular de cemento, cerca del próximo bloque rectangular. Si tuviéramos como verlos de cerca, muy cerca, así como un microlente enfocaría una flor a contraluz, podríamos ver en el lente izquierdo (mirando desde atrás como poniéndoselos), que hay unas pequeñas gotas rojas. Son pequeñas, por eso ninguna de ellas ha empezado a caer dejando la huella de su curso a través del lente, atraídas por la gravedad. No, están intactas. Hasta se podría decir que dichas gotas no son precisamente rojas, sino púrpuras.
Sólo una vez que los has visto, te puedes preguntar: qué harán en esta calle tiradas, y con algo que parece sangre. Sólo cuando te has hecho la pregunta es que dejas de enfocarte en lo pequeño, en las gafas en el suelo, en la vereda o árbol junto a la vereda. Entonces, puede que no te interese saberlo y que sigas tu camino pero si por casualidad el que las encuentra es dado a hacerse preguntas de vez en cuando y por supuesto tratar de responderlas, es que puede reflexionar en su interior con sus preguntas y dar el paso siguiente.
Primero, sus ojos irían hacia arriba como buscando ideas. Luego, los ojos van hacia la izquierda de su memoria buscando en el pasado, en alguna experiencia. Si se continúa sin encontrar pistas, la mirada va hacia el exterior. Hacia delante, en diagonal, al frente. Sí, allí, al frente.
Puede que por un momento no lo vea, pero al mantener la vista, allí está y la mente se hace una idea. Un hombre en el suelo, la calle vacía, los lentes, tú en la vereda del frente sosteniendo los lentes, que no está mal decir ahora que tienen sangre.
Puedes ir en busca de auxilio, o puedes acercarte (como ocurre generalmente) a esa persona, tirada sobre bolsas de basura, por dónde los perros hurgaron durante la noche oscura. Cruzas, mirando a cada lado por si viene un auto, caminas rápidamente, te acercas... podrías intentar sentir su respiración, pero primero le miras la ropa, la posición en que yace, le buscas una herida con sangre, o te fijas si respira.
El cuerpo no respira. El caminante inesperado, siente que su propia sangre sube a su cabeza, que la cara arde. Incrédulo y en una acción inconciente se pone los lentes que encontró en el suelo. Y así, repentinamente un flash, un intenso dolor en cada parte de su cuerpo, la luz que por fin lo ilumina todo, el ruido que estaba ausente. Como si hubiera perdido el conocimiento, es su propio cuerpo el que se remece y se descubre tirado entre bolsas de basura, adolorido; él, quien hace un segundo estaba de pie.
Se pone de pie sosteniéndose de las paredes. Ajusta sus lentes y descubre gotas de sangre en ellos. Se los quita para limpiarlos y luego se toca la frente en la herida abierta. Ahora se mira los dedos y descubre su sangre. Camina lentamente. La cortina metálica de un local se sube. Cuando se acerca, alguien brota desde dentro y se paraliza cuando lo ve. El herido lo único que atina a decir, con un sentimiento que le brota desde el alma como una verdad máxima: ¡¡Nunca más tomo!!

CRIPTOGRAMA



¿Quién es Saki? se preguntaba Verónica, mientras un escalofrío le recorría el pellejo. Soltó la nota amarilla que encontró en la entrada de su casa, y ésta cayó al suelo dando vaivenes. Atravesar esa pieza era intentar cruzar una pared, la misma que impedia caer a la lluvia. Las nubes como ojibas nucleares, se volvían tenebrosamente negras.

Verónica dio unos pasos lentos desde la puerta y sus pies enlodados dejaron huellas tenues en la alfombra descolorida. La nota en el suelo fue tomada por el viento y arrastrada. En ella se podía leer "Se conoce a un hombre por las compañías que frecuenta - Saki".

La salida al balcón estaba abierta y desde veinte pisos más abajo llegaba como el sonido de las olas el ruido de autos, motores caldeados y choferes ciegos. Titulares rojos de diarios amarillistas anunciaban la última declaración de un senador desaforado: "Sólo pido perdón".
Agitadas por el viento, las persianas producían un sonido raro, mientras Verónica camina a la terraza. El suelo estaba cubierto de papeles escritos con tinta púrpura: se conoce al hombre por las compañías... Los pájaros negros incitados por las notas amarillas que se llevaba el viento, salían de sus nidos en cornizas y canaletas para volar tras ellas. Un viento caliente llevaba la electricidad. Ese cosquilleo, el canto de un queltehue extraviado y sólo entonces la lluvia empezaba a caer, suave en un principio, para luego empaparse de rabia y golpearlo todo. Verónica sigue en el balcón capturada por este paisaje, las hojas, los pájaros que ya se fueron, la ventana abierta, el viento.
Siente por un momento que es feliz, respira profundo, camina hasta la baranda. Entonces, la sensación de error. No, esto no es normal. La sospecha, el presentimiento, Verónica se da cuenta. Le brotó desde el ombligo. Sólo se quedó quieta bajo el agua, que se deslizaba como un bálsamo.

Atrás, en una esquina, acecha el peor de sus temores, sumergido en la oscuridad. Mano empuñada, navaja filosa, la piel tatuada con suturas, el alma dañada y sangrando. Después de buscarlo tanto tiempo, por fin se presenta en mi casa, piensa. Es demasiado feo para mirarlo y encararlo. No puede hacer nada, o por lo menos es lo que piensa el que acecha en la oscuridad. Verónica no logra decidir si saltar hacia ese océano distante o entregarse al metal.

Esa rara costumbre tuya



En la casa de tía Lola siempre había de todo: comida, sábanas limpias, pastelillos a la hora del té. La de ella era una casa grande, fresca en el verano, con olor a pan horneado en las tardes. Era una señora mayor, que alguna vez había sido miss y que se casó con un señor de recursos que la dejó muy bien establecida antes de fallecer. Todo era controlado en esa casa por sus nanas, damas de experiencia, que en determinada época, con la sabiduría que dan los años, comenzaron a notar que el difunto les jugaba bromas pesadas. Sí, se perdían las cosas, toallitas de mano, tacitas, cajas de fósforo; pequeñeces. Desapariciones que eran atribuídas al extinto ingeniero.

Olga, la hermana pobre de Lola, y su hija Gloria, eran las preferidas de tía Lola. Las tenía bajo su ala protectora desde siempre, cuando se dio cuenta que no podría tener hijos, y que necesitaba de alguien con quien compartir el pan.

-Mamá, ¿nosotras tenemos jabón en la casa?
-Sí, mi niña, ¿quieres un helado?
-Uno de naranja. Pero mamá, ¿tú estás segura que tenemos jabón en la casa?
-Sí, Gloria. - El chofer de la micro miraba a Olga por el retrovisor mientras pasaba el cambio. La palanca tenía un escarabajo pequeño.
-Yo pensé que no había jabón en la casa. -dice la niña mientras el helado de naranja se derrite y gotea sobre su polera. -¿Dónde está el jabón?
-¿Pero por qué me lo preguntas tanto? - y Olga miró a su hija que iba sentada a su lado en la micro.
-Es que...
-¡Habla luego! -exigió la madre
-Yo... me traje el jabón de la casa de mi tía.
-¡Pero niñita!
-... Fue por si acaso.
-¿Por si acaso?¿Qué va a decir tu tía cuando se de cuenta? Ya, apenas lleguemos a la casa la llamas por teléfono.
-No mami, no. No la llamemos. Vamos mañana a su casa y se lo devuelvo, ¿ya?.