28 de abril de 2008

Dolor

Texto de Elizabeth Cárdenas

UNO sólo.

El que duele,

el que sufre

cuando se ha avecinado el destino sobre mí

y me he replegado, silenciosamente.

Mi corazón, yo, mí mismo, se quiebran

Mientras los pedazos suben

por mi garganta.

Arde mi rostro

Arde mi frente

No consigo llorar.

In my room


Texto escrito por Teresa Muñoz


Sin oficio
leyendo en las veredas
cantando al dios babasónico
quiero seguir adelante
como sangre a contracorriente

Mi piel está manchada
por monedas, por pañuelos,
por otras pieles que la rozan

El agua salpica una mariposa
y un sol se enfría en la hondura de un espejo
mi pelo está descolorido
por coronas, por cepillos,
por otras cintas que lo atan

Sobre el velador, una muñeca en la jaula
una lámpara con la luz de cristo junto a ella
No duermo si la puerta del closet está abierta
mi ropa la escojo negra
por si cubre, por si abriga,
por si absorbe la luz

La Perversión

Texto escrito por Elizabeth Cárdenas

Las máquinas de juego hacían sus ruidos en la terraza. Era tarde y ya se había ido todo el mundo. Al fondo de la casa, Artemisa dormía en su cama, tranquila, calmada, soñando talvez que caminaba por la calle, erguida, a paso seguro, y que los hombres se daban vuelta a mirarla.
A veces se despierta y su cuerpo ejecuta repentinamente miles de movimientos descontrolados. Respira y se queda quieta, doblada, como quebrada. Así es su enfermedad.
En la terraza vacía, una ficha activa el proceso de una máquina. La palanca es arrastrada. Los pequeños espacios al centro de la pantalla giran hasta detenerse uno a uno. Con cuatro iguales tienes premio. Finalmente, un puño golpea el aparato. Es el puño del perdedor.


El encargado está bebiendo en la casa del frente, piensa que desde allá tiene controlado el negocio. Cada cinco minutos se asoma a ver si hay alguien. No hay nadie, dice, y se concentra en su botella.No hay nadie en las máquinas, pero sí alguien está en el pasillo y oculto en la oscuridad camina lentamente hacia la pieza del fondo.


El ruido de las máquinas se repite una y otra vez. El hombre se da cuenta de ello mientras registra una pieza y luego la otra.Artemisa sigue soñando. El hombre entra a la pieza y enciende la luz. Allí la encuentra. Un engendro descubierto por otro engendro, piensa. Recuerda haberla visto caminar por la calle o quizás fue en una silla de ruedas. Siente que le dan ganas de llorar... se acerca y suavemente la destapa.

Artemisa siente frío. La luz encendida. El hombre frente a ella. El engendro se baja el pantalón y se arroja sobre ella. La mujer no grita, piensa que es hermosa, su cuerpo se tambalea. Sus muñecas son agarradas con fuerza. Todo se vuelve una nebulosa.

El encargado de las máquinas piensa que es tarde. Vuelve al local vacío. Apaga las máquinas, entra al pasillo, descubre la luz del fondo encendida. Camina rápido, empuja la puerta. Artemisa.

El engendro luego dijo que ella no se había quejado. El resto sólo habla de ultraje.

17 de abril de 2008

Exilio (parte 1)

Texto escrito por Elizabeth Cárdenas.

El muro de Berlín se caía a pedazos. Nosotros mientras escuchábamos canciones en la casa de playa, tratando de hacer coro contigo pero tú no te sabías bien la letra. "Esa parte sáltatela porque nadie la sabe bien", repetías mientras cantábamos Woman in Chains.
Cuando llegué a casa, fui directamente a mi pieza. Cerré con llave la puerta y estiré lentamente el saco de dormir sobre la cama. Era el saco de dormir que tú me habías prestado. Me puse mi pijama y me metí a la cama. La casa estaba helada y la lluvia lo inundaba todo. Nada como sentirse protegida bajo aquel montón de plumas.
En la tele, las personas trepaban los muros levantando los brazos en señal de victoria. Algunos ayudaban a otros a subirse y la multitud que se quedaba abajo vitoreaba, llorando, riendo, gritando mensajes en alemán que no necesitaban traducción. Eran vientos de cambio, como decía la canción, y me hundía en la cama en ese calor suave de los recuerdos de aquel fin de semana, en ese olor que pertenecía solamente a tí, preguntándome qué pasaría en el mundo ahora que la guerra por fin había terminado.
Yo te quería seguir a todas partes y me daba cuenta que era una molestia. Es que yo te quería conocer. Nadie existía más entretenido que tú, más loco que tú. A veces llegabas callado y no decías nada. Yo miraba las mangas desabrochadas de tu camisa, en el momento que nos invitabas a tomar once pero no había pan.
Dijiste que te ibas. Te pregunté cuando volverías, pero no tenías respuesta. Querías vivir lejos de la ciudad para subir montañas y recorrer caminos lejanos. No sabías cuando volverías y yo pensé que te había perdido para siempre. En el restaurant comías de tu plato como si no hubieras comido en una semana. Yo no tenía apetito. Estuviste muchas veces a punto de lamer el cuchillo como lo hacías cuando estabas solo en las montañas. Yo te decía que no importaba, que nadie se daba cuenta. Tú contestabas "sí, pero aquí no se hace".
Lo perdí, pensé. Te fuiste por la calle como si algo se llevara tu cuerpo y tu voluntad. "No puedo competir con ellas", me dije y me puse a llorar. Lloré en la calle, en el metro, en la micro. Lloré en la ducha y al levantarme, pero no sirvió de nada. Llorar no sirve de nada cuando lloras por alguien que no sabe nada.
Woman in chains, Tears for fears - http://www.youtube.com/watch?v=7hDoPCiC3RQ

1 de abril de 2008

Todo lo que veo


Texto escrito por Elizabeth Cárdenas


Es la música, ella te trae
cuelgas de las notas
y las veredas nocturnas
de mirarse los zapatos
Tu brazo, mi codo
el rostro guardado
mis pies desnudos
caminando sobre brasas

El gentío es un bosque
que guarda silencio
Recogí sus hojas
durante el freno, la chispa
la estación vacía

Estás en todas partes
frente al espejo
en el crujir de las piedras
Tan fácil y huidizo
mi pie, tu rodilla
la hoja que como el árbol
tiembla.