28 de marzo de 2012

Labrys | Damián Gandlaz, Argentina

Patricio Bruna. Cazadores. 70x50. Acuarela, 2006.

                       Labrys: Antiquísima hacha cretense de dos caras, derivadas de las inmemoriales bifaces
 de la Edad de Piedra. De su nombre proceden las palabras “trueno” y “laberinto”.

Lo único que hay es agua. Nada más hay. En ocasiones, cerca del nunca, un pez de oro se asoma, y pronto vuelve a sumergirse. El Océano es Infinito y Profundo. Pero exactamente en el centro se yergue la Isla. En el medio de las aguas incesantes; tal vez existe tan solo para remarcar el carácter interminable de lo que la rodea, hasta el imposible fin; para que aquel que observe desde afuera lo recuerde. Pero quizás nadie esté observando.
 
La Isla se levanta en el centro de las aguas grises, líquido que agita el viento melancólico, que también, a su modo, es gris. Quién puede determinar dónde termina el color y comienza el sentimiento.
Justo en el centro; no importa dónde esté, cualquier punto del Infinito es su centro. Es como si se moviera: la Isla flota, y el centro del Mar se mueve con ella para recibirla.
 
La Isla es el hogar de los hombres. Los hombres se entienden entre ellos y viven en paz. Ninguno se aventura fuera de la Isla, porque saben que el Mar no tiene término, y un solo paso en él los perdería sin remedio: jamás podrían volver. Así que los hombres decidieron hace mucho quedarse en la única tierra firme que conocen. Y también decidieron que serían felices.
 
El Sol se movió, como todo se mueve; giró incontables veces, incluso sobre su propio eje, para que nadie tuviera derecho a reclamarle nada; marcando así, por medio de sus signos, el inasible paso del Tiempo.
 
La vida era larga y próspera. Sin relieve, sin sobresaltos, sin aventuras. Y porque estaban rodeados de agua, esos hombres, esos hombres que habían decidido ser felices, comenzaron a dudar. ¿No sería que se engañaban a sí mismos? Vivían tranquilos en su tierra, pero en cualquier momento, con sus ojos, o en su memoria, o en sus sueños, volvían a ver el Océano, y un ligero estremecimiento les sacudía la piel: a pocos pasos de su felicidad, la duda gris golpeaba la costa, horadándola lentamente. ¿Qué había más allá del Mar? ¿Era real su satisfacción, tenía sentido?
 
Se congregaron en la plaza central, la misma que usaban año tras año para realizar las fiestas de gran pompa en que se congraciaban con el Dios, cuando el fugaz Sol se encontraba en un preciso punto señalado. En esa plaza que está en el centro de la Isla que está en el centro del Mar se juntaron: esta vez no para agradecer, sino para cuestionar.
 
El rey Minos y la reina Pasifae salieron al balcón de su palacio, acompañados de sus hijos, la bella Ariadna y el bello Androgeo; y junto al pueblo, que estaba más abajo, congregado en la plaza, levantaron la cabeza y contemplaron el Cielo despejado y casi alegre. Clamaron que la existencia era feliz, demasiado feliz para ser cierta, y le exigieron al Dios que diera alguna señal; lo conminaron a que se presentara ante ellos y les declarara si su dicha era real, o una cruel mentira. Si el Dios aparecía, si se dejaba ver, si comprobaban su Ser, eso sería prueba suficiente de que el Universo estaba justificado.
 
Todos oyeron un llamado en su corazón, silencioso pero inapelable; una voz que sin palabras los instaba a acercarse a la playa.
 
La playa marca el límite entre la Isla y el Mar. Entre la Isla y el Resto. Encabezados por los monarcas, el pueblo llegó a la arena que señala el borde de la seguridad y la certeza, y observó las aguas con oscura esperanza, aguardando la señal con que habían desafiado al Dios; y la señal llegó.
 
Abriéndose paso por entre la espuma y el asombro, surgió del Océano un Toro magnífico; el Dios había prometido, y cumplía con la palabra empeñada. Pero ahora los hombres se arrepentían de haber preguntado lo que no les convenía saber: porque ese animal sagrado, que demostraba la existencia del Dios, mostraba su oblicua esencia: un ser irracional había emergido absurdamente desde aquella Nada Infinita por la cual se lo cuestionaba. Era una paradoja espantosa: el Dios existía fuera de toda duda; pero no así el Orden que se suponía debía deducirse de su Ser. El Universo no es Cosmos: es Caos.
 
El corazón humano es tan profundo como el Mar. La primera en entender plenamente las consecuencias de lo que acababa de ocurrir fue la reina Pasifae: en cuanto vio a aquel Absurdo surgiendo de las aguas, perdió la razón y encontró la pasión. Se enamoró del magnífico Toro, con una obsesión tan intensa que ocupó todo el espacio de su alma, sin dejar lugar a ningún otro sentimiento o pensamiento. Se soltó de la mano de su esposo, y cayó de rodillas, admirando al Divino Despropósito.
 
El corazón humano es tan extenso como el Mar. El rey Minos contempló a su mujer arrodillada en la arena, y entendió que ese amor torcido jamás podría enderezarse. Pero amaba a su reina con un sentimiento sin condiciones: aunque sabía que no sería correspondido. Su amor se profundizó con la traición; y para complacerla, hizo traer, de la Ciudad de los Filósofos, a Dédalo, el gran arquitecto.
 
Dédalo era el técnico más hábil de toda la Isla; inventó el arte de la metalurgia, los canales de riego que se nutrían del Mar, y la máquina que marcaba el tránsito del Sol y señalaba el fin y el comienzo de cada año. 
Era el máximo pensador, solo pensador: exacto, frío y mecánico como sus creaciones; pero, también como sus creaciones, carecía de alma. No creía en nada, y por eso podía todo: era la pura racionalidad encarnada, despojada de toda clase de pasión y compromiso.
 
Justamente por eso no tuvo reparos cuando lo empujaron al límite; cuando Minos le pidió que pusiera su suprema condición humana al servicio del Animal-Dios: Dédalo habría de construir una vaca hueca de metal, para que pudieran satisfacerse aquellas enfermizas pasiones: la de Pasifae por el Toro y la de Dédalo por un problema a resolver. La reina se ocultaba en el interior de esa cáscara artificial, y el Toro Sagrado podía así unirse a quien no amaba.
 
El fruto de ese amor asimétrico fue el asimétrico monstruo Minotauro; una criatura dual que es un símbolo vivo: el horror que nace cuando el hombre se involucra con el Absurdo.
 
El joven monstruo crecía veloz; y su vista, retorciéndose y bramando, resultaba insoportable. Entonces Minos pensó en aniquilarlo. Pero la pasión que lo había creado era inagotable, y sus progenitores volverían a engendrarlo una y otra vez, sin fin.
 
El rey razonó que, ya que no había manera de destruirlo, la misma Técnica, que había permitido su nacimiento, debía ahora ser la encargada de encerrarlo y ocultarlo. Dédalo construyó entonces el Laberinto: la patología de la racionalidad. El límite de la razón, la razón empleada para que la razón se extravíe. Arrasó el espléndido palacio de Minos, y en sus terrenos levantó el desmesurado y soberbio edificio diseñado para la perplejidad y la perdición; y con grandes esfuerzos y precauciones recluyeron al monstruo.
 
El corazón humano es tan oscuro como el Laberinto. Pasifae buscó a su espantosa criatura, y al no hallarla se desesperó, y se hundió aún más en la locura. Sentada en su trono clamó a gritos, pidiendo, exigiendo, que le restituyeran a su retoño. Y el pueblo, otra vez reunido en la ahora desmantelada plaza, tembló de pavor al oir los lamentos de su reina.
 

25 de marzo de 2012

El asesino de Bagdad | Camilo Sarce, Chile

No era buscarte. No comprendía, allí, como solos tú y yo entre las calles. El dolor, el dolor muy extraño de los errores, de esos que son incomprensibles. Se estremecen los cuerpos en una gran violencia, ¿pero tú lo sabías, cierto? Es que sólo lo ocultabas tras esa transparencia y ese núcleo muy apretado de llantos acababa por disolverse. Entonces estallaba, y algo muy extraño parecía desparramarse.

El agente me dijo que te llamabas Mayra. No sé… era suave e intenso, el sol tras la ventana, como una larga e imprecisa oración a media tarde… Mayra Bashir.

Entonces yo salí lentamente de la habitación del agente, pero aún recordaba aquellos ojos demasiado desnudos. En todo, al parecer, había un dolor muy raro, muy grande. Yo y la muchedumbre de la calle seguíamos mirando. Yo también me hice parte de la fiesta de la calle. Debió haber sido una fiesta del año que yo no recordaba. Me cautivaron los músicos tocando flautas y cantando.

Afuera, ese calor insoportable, ese calor insoportable de la tierra; y también, a momentos, ese calor de una lejana libertad. Pero yo prefería mantenerme frío… y lo reconozco, la bulla de las emociones se hacía cada vez más inmensa y absurda. Costaba moverse, costaba soñar.

Qué estúpido… no sé, a veces era placentero ese nerviosismo de sostener unas balas en mi bolsillo, de luego acariciarlas y mantener por largo rato ese placer contenido… Qué estúpido, pero no podía reír. Yo caminaba más o menos lejos de la ciudad y recuerdo que me iba maldiciendo mientras caminaba porque todo lo que yo hacía, lo hacía demasiado lento y en esa horrible y enfermiza lentitud las cosas se iban muriendo y yo sólo podía recordar y yo sólo podía intentar rescatar algo ya perdido.

Pero… yo intentaba que esa desesperación fuera placentera, como una gran fornicación… antes yo escribía, no son cosas que me guste confesar; pero yo antes sí escribía… fue extraño todo eso; allí, frente a la ventana en el desierto una indecible infinidad, y yo con esos deseos maniáticos de atrapar y a la vez purgar el desierto, en mí, ese desierto grande, rojo y cálido que cada día se hacía más secreto.

No lo quiero decir, no, pero duele… sí, dolía escribir porque lo grande se hacía muy pequeño; tanto, que era como una puntada adentro, que a veces me sanaba.

Pero fracasé… no entiendo bien las razones. Entonces todo fue destruido, y yo quise emerger de allí, pero no pude… y cada vez se hacía más placentero tocar las balas en mi bolsillo; pero no podía mentirme, también había una tristeza.

No me senté para esperar el andrajoso y polvoriento autobús que me llevaría a las afueras de Bagdad, a un barrio anotado en la tarjeta de identificación de Mayra que no quería ver… pero no era pudor; yo intentaba sacarme ese sentimiento recordando la fresca pureza del desierto.

(No quiero seguir mirando tus manos en la baranda del autobús. Es una fiebre rara, esta que me he creado. No me la puedo sacar, no puedo… ) Estaba a punto de caerme. Bajé del autobús y el camino era enorme y todo era demasiado seco y todo parecía estar bajo ese sopor de cansancio, todo bajo mi propia fiebre insoportable.

Recordé, no sé por qué, a Bishnru. Y cuando caminaba quise hacer el amor con ella; caminar en el desierto era como estar con ella en esa habitación sombría, era experimentar esta fiebre que sentía aumentada mil veces hasta quitarme el aliento y devolverme de nuevo ese dolor tan extraño.

Me asusté; había unas casitas más allá, muy pobres, voces de niños me intimidaron por un momento. Después me sentí más tranquilo. Volteé un poco la mirada. Una joven, de espalda, estaba a punto de lanzarse a una piscina de nailon y fierros. Hermosa, miré sus piernas delgadas y finas, y recordé los insoportables gemidos de Bishnru, una y otra vez hasta exasperarme y mientras eso sucedía, yo intentaba

13 de marzo de 2012

Convocatoria para El Puñal Ѻ5

Convocatoria para participar en
Revista Literaria El Puñal Nº 5 

Revista El Puñal abre su convocatoria para publicar en el número 5. Invitamos a todos los escritores y artistas visuales que deseen participar a enviarnos sus colaboraciones. La revista es una publicación en formato híbrido: es descargable en formato PDF; y, con posterioridad, saldrá en formato papel. El objetivo de la revista es difundir la creación artística de calidad y servir de plataforma amplia para aquellos creadores que no tienen acceso a medios de publicación tradicional. Queremos difundir la obra de autores de habla española de todos los países del mundo y establecer redes de colaboración y enriquecimiento cultural mutuo.

Para enviar escritos (poesía, relato, ensayo, artículos) e imágenes al correo electrónico:    revista.elpunal@gmail.com como archivo adjunto. Se ruega poner en el asunto “Colaboración El Puñal 5” y el género en que participa (poesía, narrativa, ensayo, artes visuales)
  1. Formato de los textos: Archivo Word, tamaño carta, letra Arial N° 12.  Al interior del archivo, en la primera página, se solicita poner los datos personales, es decir: nombre, ciudad, país y correo electrónico junto con una reseña biográfica de no más de 8 líneas. El nombre de los archivos debe llevar el nombre o seudónimo del autor, ejemplo: jorgediaz.doc
  2. Los textos deben estar correctamente formateados según la convención vigente en el español: ej. Uso de guion largo para diálogos, correcta puntuación y ortografía.
  3. Para relato, ensayo o artículos, cada texto no debe superar las 2000 palabras (3 páginas aprox.) y el máximo es de dos trabajos por autor. Agradecemos no exceder los máximos establecidos.
  4. Para poesía, el mínimo son tres y el máximo cinco por autor y que cada uno de los poemas no debe de ocupar más de una página.
  5. Formato de las imágenes: Archivo jpg, DPI 300, tamaño no superior a los 2000 KB y no comprimido. La imagen tiene que venir editada, es decir, con el autor, título de la obra, dimensiones, técnica y año.
  6. Para los artistas visuales, no se les establece un tope máximo de archivos para enviar, sin embargo, cada imagen deberá corresponder a un archivo independiente.
  7. Se enviará un correo electrónico a los colaboradores que sean elegidos para la presente edición. Las colaboraciones no publicadas pueden salir en ediciones posteriores de la revista.
  8. La revista se editará en formato físico y en una edición virtual que se difundirá a través del blog de la revista: elpunal.blogspot.com
  9. El plazo para el envío de trabajos vence el día 6 de Abril de 2012. 
Tanto en escritura como en trabajos visuales, la temática a abordar es libre,

No es una condición excluyente, sin embargo sería aconsejable que los trabajos enviados no hayan sido publicados antes.

El Equipo Editor de la revista está conformado por cuatro integrantes de la Revista Literaria El Puñal: Elizabeth Cárdenas, María Elena Monsalve, Teresa Muñoz y Rodrigo Suárez.:
Se agradece la difusión de esta convocatoria. 

La ciudad secreta de Amusnor | Iván Fernández Frías, España


Somos nuestra memoria, somos 
 ese quimérico museo de formas 
inconstantes, ese montón de espejos rotos.
 Jorge Luis Borges

Muchas son las puertas que llevan a los muros de la ciudad secreta de Amusnor. Una se encuentra en una cripta en la abadía de Melrose en Escocia. Otra, en algún lugar al oeste de los interminables pasadizos bajo la ciudad de Toledo. Ferécides insinúa que el tocón de un roble en la isla de Lesbos alberga un pasadizo hacia la ciudad secreta de Amusnor. Las leyendas sioux se hacen eco de un arco de luz que surge de la tierra y cuyos colores siempre varían. Un arco de luz por el que difícilmente pasaría un hombre adulto y que, sin embargo, traspasaron dos mil búfalos sin salir jamás por el otro extremo.[1] Ninguno de estos pasadizos me llevaron a mí a los ajados muros de la ciudad secreta.

Casi por casualidad, en una tarde fría de otoño, me encontré deambulando por las alborotadas calles circulares de la medina de Fez, pensando quizás en la diversidad de colores que las especias mostraban desde sus nidos en los puestos ambulantes. O quizás pensando en Amusnor, no me acuerdo. La verdad es que solamente puedo ver el pasado bajo una tela de confusión. Me acuerdo de un chiquillo de no más de diez años corriendo por callejuelas cada vez más estrechas. Puedo sentir aún mis zapatos golpeando las irregulares piedras serpenteantes en un desesperado intento de no perder de vista a aquel mocoso. Y luego, bruma. Una niebla que parecía sólida surgía de cada agujero que a modo de ventana se asomaba a aquella calle perdida. Con el corazón casi saliéndose de mi pecho, me detuve, o creí detenerme. Quizás continué corriendo, por que la siguiente imagen que mi mente tiene a bien mostrarme me presenta un escenario nocturno: camino sin pizca de aquel cansancio antes tan presente. La calle muta a estrecho corredor. Las circulares ventanas, cada vez más espaciadas, se sitúan anormalmente altas o a ras de suelo. Veo una ventana minúscula con forma de semicírculo a la altura del suelo. Cuando, presumiblemente, me detengo a mirar, los recuerdos vuelven a desaparecer. Ahora estoy dentro de la estancia y observo la ventana desde el otro lado. Se encuentra a más de doce metros de altura. Y es monstruosamente grande, tanto que ocupa toda la parte superior de la pared. Reconozco la ventana por la forma en la que se encuentran las piedras talladas, con innombrable mal gusto: ora salientes, ora entrantes; ora negras, ora marmóreas. E increíblemente obscenas.

Recuerdo darme la vuelta y comprobar la majestuosidad de la estancia en la que me hallaba. Casi como un en desierto inmenso, mis ojos no lograban hallar la pared opuesta. Sin embargo, una vez comencé a caminar, sin llegar siquiera a dar ni un paso, a escasos metros de mí pude apreciarla. La pared no parecía tener ninguna abertura, ni inscripción ni irregularidad. Solamente una vieja puerta de madera, con el pomo oxidado y combada sobre el quicio.

―La ciudad secreta de Amusnor―dije en voz alta.

Con un chillido y un crujir de madera vieja, similar al que puedes escuchar al girar el timón de un viejo galeón español, conseguí abrir la puerta. Un corredor se extendía a mis pies, desembocando en una estancia de forma circular que se bifurcaba, a su vez, en tres corredores. Dos de ellos llevaban a otras dos estancias circulares idénticas a la anterior. Cada uno de los cuatro corredores terminaba súbitamente al alcanzar de nuevo la vieja puerta de madera por la que había entrado. Es un laberinto, me atreví a concluir.
El otro corredor llevaba a una estancia circular, idéntica a todas las demás, pero con dos escaleras, una en sentido ascendente, la otra descendente. No es un laberinto, pensé, sólo un simulacro de laberinto.
La escalera ascendente, la que seguí, me llevó a los agrietados muros de Amusnor. Eran de arcilla o barro, y se extendían hasta donde mi vista podía alcanzar. Una única inscripción, en arameo, se repetía a iguales intervalos a lo largo del muro. La inscripción decía:

La diferencia se repite infinitamente (eternamente)

Caminé durante largo tiempo rozando con mi mano derecha el muro y contando las inscripciones hasta llegar a las dos mil. Me detuve. El hambre y la sed no me dejaban de acosar. Si la diferencia se repite eternamente ―musité― existirá un lugar del muro cuya inscripción diga todo contrario; sino, sería la identidad la que infinitamente se repitiera. Continué andando hasta caer exhausto. Al despertarme leí instintivamente la inscripción que en el muro se encontraba tallada:

9 de marzo de 2012

Actividad Cultural | Presentación del libro “La lengua es un ojo que en-calla”





CENTRO DE EXTENSIÓN
CENTEX
Presentación del libro "La lengua es un ojo que en-calla"

Viernes 23 de marzo,  19.00 hrs.
Zócalo Centro de Extensión (CENTEX)
Consejo Nacional de la Cultura y las Artes

El Centro de Extensión (CENTEX)  del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes tiene el agrado de invitarle al lanzamiento del libro de poesía "La lengua es un ojo que en-calla" del pintor y poeta Patricio Bruna Poblete, quien además es integrante de la organización comunitaria de Valparaíso Centro de Investigaciones Poéticas Grupo Casa Azul y del comité editor de la revista digital Botella del Náufrago.

El lanzamiento se realizará el viernes 23 de marzo a las 19.00 horas en el Zócalo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (Plaza Sotomayor 233, Valparaíso) y se inscribe en el marco de una serie de presentaciones y lanzamientos de distintos títulos realizados por el Grupo Casa Azul y la editorial independiente La Picadora de Papel, motivados por la idea de difundir la poesía y el arte emergente tanto en la región como en todo Chile.

"La lengua es un ojo que en-calla"es el primer libro publicado por Patricio Bruna, quien cuenta con una vasta producción pictórica. Además es el primero de los trabajos personales pertenecientes a la "Colección Poesía" del Grupo Casa Azul y La Picadora de Papel, sin embargo viene precedido por el libro colectivo Plano inclinado, una poética en sentido amplio, recientemente favorecido por el Fondo del Libro y la Lectura 2012, trabajo que recopila textos poéticos de los integrantes de Casa Azul, incluyendo a Bruna.

Además de la presencia del autor, esta actividad contará con la participación del crítico y licenciado en filosofía Tirso Troncoso, a cargo del prólogo, y de integrantes del Grupo Casa Azul quienes harán lecturas de poemas del libro de Patricio Bruna.

Día: Viernes 23 de marzo
Hora: 19.00
Lugar: Zócalo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes


Reconozcamos nuestra herencia: Patrimonio es Identidad


Centro de Extensión (CENTEX)
Departamento de Ciudadanía y Cultura
Consejo Nacional de la Cultura y las Artes
Sotomayor 233, Valparaíso
www.cultura.gob.cl/centex_/

Horario sala de exposiciones:
Lunes a viernes de 10 a 19 horas
Sábados, domingo y festivos, de 11 a 18 horas




 


Difunde Grupo Casa Azul

4 de marzo de 2012

La Dueña del Cerro | Odilón Moreno Rangel, México

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Otuzco, Daniel Cotrina, Acuarela

Desde que nació mi hijo Tlakaelel he tenido estos sueños. Los sueños, aunque tienen algunas variaciones, tratan fundamentalmente de lo mismo. En el sueño me veo caminando sobre una cuesta. Es una pendiente demasiado inclinada. Me rodea el intenso y palpitante verdor de una exuberante vegetación. El calor es tan penetrante como el verdor del lugar. Los lengüetazos del sol por momentos no me dejan respirar, casi me consumen. El escenario del sueño me recuerda la subida a San Gerónimo, en San Bartolo Tutotepec, de hecho, podría jurar que se trata del mismo lugar. Debido a mi trabajo, en repetidas ocasiones he caminado por allí, lo conozco a la perfección. En la realidad, el panorama es simplemente alucinante. Es como si uno llegara a donde la naturaleza brilla a borbollones y no se vislumbra ni de lejos la presencia humana. Allí, uno se vuelve a sentir vivo, sientes latir el corazón de la vida. La energía, las ganas de vivir, te empapan, te sacuden y empiezas a creer que no hay qué pueda detenerte.
 
En el sueño voy llegando a la cúspide de un cerro. Al estar en la parte más alta, miro una serpiente de tamaño descomunal que brota del otro lado. Me impresiona de sobre manera su presencia. Tardo en encontrar en mi memoria una referencia de ella para poder otorgarle un significado. Aparece en mi mente una lámina de un códice prehispánico. Luego miro al animal. Su cabeza queda suspendida en el aire por un momento. Su piel está constituida por miles de laminillas de piedra verde ordenadas de manera magistral. Trae un largo plumaje alrededor del cuello de color rojizo que se torna gradualmente a un verde más intenso que el de la piel. Parece una fusión entre serpiente y ave. Su rostro es feroz. Está montada por un portentoso guerrero ataviado de manera similar de los que aparecen en los murales de Cacaxtla: hombre delgado, moreno, con yelmo de jaguar, y en actitud de combate. Alrededor de los ojos, los labios y parte de los pómulos, tiene pintado franjas de color negro. Con una mano controla la montura y en la otra blande un madero con incrustaciones de obsidiana.

El jinete me mira por un instante, luego la fiera deja salir de sus fauces un estremecedor rugido y avanza. El animal se mueve ágilmente. El miedo se me impregna hasta el fondo de mis huesos. No puedo moverme. Escucho el silbido del desplazamiento del animal. En ese momento la luz solar me da directamente en la cara, me deslumbra. Por un instante pienso que voy a perder la tranquilidad. Me controlo. Aguardo para recuperar la visión y ver a dónde se dirige la serpiente con su jinete. Los destellos de luz dejan de herirme, vuelvo a enfocar lo que sucede. El animal se dirige vertiginosamente hacia mí. Siento como me va lamiendo la piel el rugido de la serpiente. El instinto de conservación, me sacude violentamente. Doy la media vuelta e inicio la carrera. Me interno en lo más tupido del follaje. Siento el bufido de la bestia detrás de mí. Escucho cómo van tronando los árboles a su paso. El vaho de los belfos de la serpiente me abraza la nuca. Los gritos del guerrero me zarandean el corazón. Pienso que de un momento a otro la serpiente me va a tomar entre sus fauces y me partirá en dos. Entonces me despierto, hasta aquí el sueño. No pasa más, en ningún sueño pasa más.

Estoy en Pachuca, capital del estado de Hidalgo. Estoy en el comedor de mi casa. Desayuno fruta de la temporada y leche sin lactosa que a fuerza del tiempo me sabe deliciosa. Son las cinco de la mañana. Frente a mí, la computadora portátil. Tengo abierta un par de ventanas en el internet. Una de ellas es el correo electrónico; la otra