25 de agosto de 2006

El hombre del bombín (2)

Está detenido, esperando a que lo fotografíen, ha puesto frente a su rostro una gran manzana verde, que oculta cualquier expresión en su rostro.
Podríamos decir, con propiedad, que es un perfecto rostro inglés, que pone pasión, roja pasión en otro lado, que arde sólo en su trabajo. Si no fuera por su bombín no tendría nacionalidad, entre la manzana y la pared. Sin embargo y a pesar de todo, siempre podrá saltar ese rompeolas de ladrillo y tirarse en la arena (de lo que parece un mar muerto). Creo que lo piensa, asoma un ojo tras la manzana, empuña las manos, ya lo estoy viendo, se recoge y en un impulso se hecha hacia adelante y le da una mascada la manzana. Yo sonrío con un gesto de admiración. Mira a la fotógrafa y sin palabras le da la espalda. El bombín vuela lejos dando paso a una cabellera abundante y crespa, salta el pequeño rompeolas (como había pensado minutos atrás que podría hacer) y antes de lanzarse a correr al mar me arroja la manzana, con la misma actitud y premeditación que una novia lanza el bouquet de flores a su mejor amiga.
Yo no la recojo en el aire, dejo que caiga al suelo, manzanas mordidas a mi no.

Cuando me miro en el espejo veo mi espalda... y en ella, un puñal.

Aquella mañana me desperté con el pie izquierdo. Era mi cumpleaños y no tenía ganas de celebrarlo, de pasar por este cambio de número, de recibir saludos de quienes nunca me saludan, de dar abrazos a quienes sólo esperaría dar puñaladas.
Evadiendo llegar al trabajo tomé la ruta más larga, me perdí entre calles iluminadas por las nubes plateadas, dónde ninguna puerta o ventana está abierta ni nadie parece habitarlas. Decidí fugarme por calles desconocidas, no me importó nada, sólo quería salir del mundo pero no quería sufrir en el intento. A lo lejos, el cartel de un café se enfrenta a mí, como recién aparecido, negro con letras blancas que no decían nada. Me detengo frente a él, me señala la puerta frente a él. Pongo la mano en la manilla, mientras miro por la ventana hacia dentro, el lugar está vacío.
Entro, y al poner un pie en la alfombra suena una campanilla en la puerta. Digo algo, no recuerdo qué, pero nadie viene. Me quedo paralizado en medio de mesas con con frascos de azucar vacíos y servilletas. Siento el sudor en mi cara, la sensación de fatiga. Una puerta me dice que es el baño, me dirijo hacia ella, me meto, cierro la puerta, me quedo a oscuras. En la oscuridad tanteo la pared con la mano en busca de un interruptor.
La luz se enciende y me encuentro frente a frente con un hombre vestido de negro con un bombín en su cabeza, sobre su rostro una granada verde. No tengo certeza de que sea una granada. No sé qué decir o hacer, él tan sólo está allí; no sé si es alguien verdadero o una ilusión. Creo que él está mirándome por una ventana, pues percibo la brisa del mar que está a su espalda. El hombre no me mira, no me habla, no se mueve.
Tanto silencio me pone más nervioso, tengo que salir, pero mi cuerpo no me obedece. Intento abrir la puerta, y ésta me responde de de golpe. Se azota cuando salgo, y alguien -talvez el dueño- aparece. 'No ya no quiero nada', salgo de allí. Tan sólo pienso en el hombre. A quién se le ocurre usar una granada de antifaz.
Una fatiga me perfora el estómago. Corro. Está la calle vacía frente a mí, y nadie ha parecido revivir allí, nisiquiera el sonido. Lejos, al fondo, mucho más allá creo ver gente, pero tal vez me equivoque y sea un recuerdo de calles y gente que conocí alguna vez. Sigo corriendo, corro más, más, pero como en los sueños la calle con gente se va alejando por más saltos que doy. Doy una pisada en el aire, pierdo la fuerza, el suelo me atrae con su gravedad. Siento la frialdad del cemento en mis dientes, siento el dolor como una flecha que me atraviesa la cabeza.cuando despierto está oscuro, quiero volver a casa, me sostengo de las paredes para volver a caminar. Recuerdo dónde vivo, y camino nuevamente a través de la noche. Reconozco la portería con su tenue luz amarilla y un portero que nunca está pero se siente. Subo un ascensor, presiono el 9. El ascensor parece subir en vez de bajar y se toma su tiempo de ascensor antiguo para subir cada piso. Al salir de él, el pasillo está en penumbras. Camino lentamente creo que siento sangre en mi boca.
Pongo la llave en la puerta, pero no logro que gire. El llavero tiene muchas llaves iguales, escojo una al azar y por fin gira. Pongo el pie dentro. Aseguro la puerta con 3 pestillos. Voy al baño para lavarme la cara. Enciendo la luz, me miro el espejo y... ¡horror!
En el espejo tan sólo veo la espalda de un hombre.

El Hombre del Bombin

No acepto volverme al vacío
quiero ir de frente
aún cuando no haya norte
aunque la sabiduría madure
sin corbata

y si bien es el corazón el que ve
tengo un ojo en mi mano izquierda
para que llegado el día de descanso
me resigne a dar la primera zancada

y si bien la fuerza no está en los brazos
los guardaré tibios
para que el espíritu quiera quedarse

No vida, no acepto
debo ir de frente
aún cuando no haya norte

17 de agosto de 2006

Cuesta echar a andar la máquina

Con mi cuerpo íntegro subo a mi auto, enciendo motores, salgo de casa, y por la carretera me dirijo hacia el centro de la ciudad, reclamando de vez en cuando por alguien que no usó una luz, por alguien que no me deja pasar.
Pienso que cuesta echar a andar la máquina, esperando que de una vez por todas funcione el taller, funcione la revista, que prenda la mecha... "Qué cuesta echar a andar la máquina", mientras la fila de autos intenta cruzar con luz roja. Llego a la calle donde queda la oficina, y mientras intento estacionar un hombre en bicicleta delante de mí se toma su tiempo para andar. Tras de él, me acerco lento al portón del estacionamiento, me bajo del auto, aún mirando a aquel hombre que va pedaleando, con una sola pierna. El se levanta todos los días con la pierna izquierda, que es la única que tiene ¡Sí, una sola pierna! Creo que... después de todo no debe costar tanto echar a andar la bici, no debe costar tanto echar a andar la máquina...