14 de diciembre de 2007

PAVO REAL

Extracto de cuento escrito por Teresa Muñoz
CUENTOS NAVIDEÑOS - episodio I
Desde hace sólo unos segundos, la cuarta vela del Adviento alumbra la mesa de Nochebuena. Virginia ha cuidado cada detalle, convocando a esta cena con mucho tiempo de preparación. Se siente orgullosa. Los niños, por su lado, comentan lo linda que está la corona, la luz en la cima del pino y el gran listón rojo en la puerta de entrada. Ella toma la palabra para bendecir la mesa, se pone de pie junto al portal de madera, hecho especialmente para la representación de Navidad. Comienza agradeciendo y nota que la familia está más interesada en el pavo que en su largo pregón. Mira hacia la bandeja y siente una brisa helada en su espalda, el pavo sin cabeza parece que está más pálido, ha perdido el color dorado que tenía después de 6 horas de cocción. Ella trata de retomar el hilo de su ceremonioso rito, pero un viento rápido entra por la ventana encumbrando al pavo, que en un dos por tres se eleva sobre la familia y sale volando por la ventana. Virginia se siente humillada, nadie sabe lo que tuvo que pasar para conseguir su milagro.

6 de diciembre de 2007

Fragmento

Era una mesa de vidrio azul. Su perímetro ovalado imitaba las curvas de los muros del living. En ella, Juan pasaba las tardes tomando notas en el cuaderno sucio. Le gustaba guardarlo en un rincón de la chimenea donde el hollín podía apoderarse de las tapas. A veces, cuando no tenía ideas, les pasaba un dedo por encima y retrataba monstruos en las páginas en blanco.

La mesa ocupaba el centro de la habitación. Un largo sofá la rodeaba por dos lados. Por el ventanal, podía verse el río que bajaba lentamente por la ladera del cerro. Atrás quedaba el bosque de lengas y quillayes. Había comprado la mesa azul hace algunos años, para compensar el verdor omnívoro que se colaba en las piezas durante todas las estaciones del año. Cuando el sol entraba en la mañana, el cuarto se iluminaba con una sensación pasmada de mar. En ocasiones, Juan abría la despensa, sacaba el salmón y lo acercaba amorosamente a su nariz. De esta manera, cerrando los ojos, podía recobrar la atmósfera de puerto y mercado.

No escribía cuentos ni poemas sobre la mesa. Para eso se iba al estudio donde tenía su computador, el cenicero y los cigarrillos marca Popular. En el living, prefería divagar, sentarse para escribir notas, retazos del día anterior. Desde su lugar, dominaba el pasillo de vigas cruzadas. Nunca las había mandado a embadurnar. Las prefería así, más rústicas, al desnudo. Al fondo, quedaba su recámara y la que había sido de los hijos. Aquí hilvanaba los fragmentos de su vida: un matrimonio temporal, pero fructífero. Las juergas con sus amigos maricas en tiempos de la represión, los estudios en torno al vino y la cerveza, las visitas semanales a la casa de su madre. Un taller literario y una revista, la única que había durado más de tres números, ahora de circulación nacional.

Ahora que estaba solo, que se había decidido recluirse para trabajar en esta casa que había construido con la venta de la editorial a un holding del rubro, ahora que no tenía más preocupaciones que las de administrar sus ahorros y de recibir las visitas de sus amigos escritores; no cesaba de recibir invitaciones para asistir a los infames asados chilenos. Y eran importantes. Juan nunca había sido un buen diplomático. No sabía decir no y aunque contemplaba las comilonas y borracheras como pecados de juventud, no resistía la súplica de sus amigos que lo sacaban del agradable retiro con palmeaditas y un “no seai fome, hueón” o el típico “si no tenís na que hacer”. Una vez allí, se deprimía lentamente con una copa de vino que nunca terminaba. Escuchó las mismas conversaciones, las mismas peleas sobre la cocción, George W. Bush y la globalización, el fútbol y en ocasiones, la literatura. Lo que más temía era encontrarse con sus admiradores, gente que tenía la colección completa de sus libros, desde las autoediciones de los ochenta, hasta el último libro, Crónicas de Emergencia, publicado en LOM. Se había convertido, se daba cuenta con paulatino horror, en un escritor de culto.



El caballo pasta sobre la cumbre de la montaña

Texto original de María Elena Monsalve.

El caballo pasta sobre la cumbre de la montaña. Lorena lo ha encontrado. Camina por un estrecho sendero que la maleza va cerrando, se desvía lentamente hacia él, “que no se de cuenta” piensa ella y camina ocultándose. En las manos lleva un lazo, listo para atraparlo. Los espinos se enredan su pelo y ella los ignora cuidadosamente, pero no evita soltar la fragancia de las flores, pasando la mano sobre ellas de un lado a otro. Saborea el olor y olvida al animal unos segundos. Lejos, hacia el sur, está su pueblo de tierra fértil. Quizá haya caído la última nieve después de su partida. Los campos sembrados de trigo y los árboles floreciendo al final del invierno. Nada que no hubiera apreciado antes como ahora, a semanas de su hogar.
Se acomoda entre la hierba, el caballo la advierte, pero deja que se acerque poco a poco mientras resopla, echando vaho y tensando los músculos. La reconoce y no es por sus formas o su olor, es la costumbre de días y días, en eso que parece un juego. Perderse y olvidarse, con la dulce esperanza de ser encontrado y volver a reafirmar la libertad.
Lorena va haciéndose cada vez más pequeña, agachándose, apenas si respira mientras le toma el peso a la cuerda, calculando la distancia. Lo escucha mientras masca el pasto, así de cerca está.
En el último momento los ojos de ella encuentran a los del animal, es una mirada que la paraliza y que la hace recordar los momentos previos a un trueno, cuando todo es calma aparente que luego se pierde en el estallido. La emoción le cruza el pecho a la misma altura que el tirante del morral.
De improviso decide terminar el juego, retrocede toma impulso y salta sobre Lorena de enormes ojos entre la maleza. Ella cae de espaldas y ve al caballo pasarle por encima de un salto, la sombra la cubre. Se queda ahí tirada viendo las briznas de pasto caerle desde las pesuñas. La flor del durazno, la nieve del invierno. Es un breve momento que se alargará en el recuerdo, como a un libro que se le agregan páginas para evitar un final.