15 de noviembre de 2010

Micro textos | Aldo Quiroz, Santiago

LA TOMA

Y estábamos allí, en el centro del centro, con las cabezas humeantes de nicotina ajena, bebiéndonos la vida, rodeados por la música adictiva de las voces muertas. Y tú estabas allí, desenredando miedos añejos sobre la mesa rota, resucitando el pasado alegre de los días gastados, incitándome a  tirarle piedras al templo de tu moral. Y yo estaba allí, penetrando tus oídos mojados con mis fálicas palabras para poder agendar a tu memoria crímenes futuros en esa despedida prometedora.


DE LETRAS SUCIAS Y DEDOS COMIDOS


Son las tres de la mañana y el sol todavía duerme, duerme también tu cuerpo prohibido junto a mí y el mío que piensa en lo prohibido, piensa en penetrar las sabanas, piensa en penetrar tu ropa, piensa en penetrar tu alma, es que tus labios entreabiertos me absorben, tus labios entreabiertos se apoderan de mi poca cordura, tu olor a piel actúa como imán para mis pantalones dóciles, mis dedos comidos a tu acecho y tú dormida, mis ganas sobre ti y tú soñando, mi hambre devorándote y la luna despierta, saber que duermes, saber que sueñas y saber que no imaginas que cuando despiertes ya habrás sido mía.


TANGO DEL FORESTAL

Eres un tango errante buscando nada, eres el bandoneón de la canción, al sur de tu mirada la calle espesa disimula la bruma añeja que el sol no vio, tu garganta traga penas, penas amargas, penas que solo cargas sin un amor, quemas la vida entera con la nostalgia y no existe trago extintor para tu  interior en llamas. Eres un tango amante de los caminos, eres el bandoneón de la canción, al sur de la fachada de esta calle espesa recoges los cócteles que el diablo te dejó, tu sombra deja penas, penas marcadas, penas que solo la noche te enseñó, quemas la vida entera con tu elegancia pero no existe sastre que haga un abrigo a un corazón en llamas.

Aldo Quiroz: Tengo 29 años, nací en Venezuela pero soy más chileno que los porotos. Vivo en Santiago centro y escribo hace tiempo. No tengo estudios literarios y tampoco he participado en talleres no porque no crea en ellos sino porque no han dado las circunstancias soy o trato de ser un autodidacta, se podría decir que mi biografía literaria recién comienza....

Los olivos son arrancados de raíz: "Tara" de Domingo Díaz


El Puñal en la Feria Internacional del Libro de Santiago



Tara
Domingo Díaz
Colección Tránsfuga
Mago Editores (2010)
32 p.





  
TARA
1. Defecto físico o psíquico de carácter hereditario.
2. Peso del recipiente o vehículo continente de una mercancía
 

Creí conocer a Domingo Díaz desde que fuimos antologados juntos en el libro Lector Se Busca (2002), primer libro editado por Mago Editores, sin embargo al leer su nueva publicación me di cuenta que no, realmente uno cree conocer. Sus poemas hasta antes de Tara me parecían excelentes, pero siempre en ellos vi la observación del mundo exterior, el entorno más próximo (la micro, la plaza, la habitación, etc.); las grietas, las heridas por las que sangra un hombre solo frente a la urbe. La impresión que me deja este nuevo trabajo es que el autor logró ir de lo particular a lo universal de una forma nueva, con una libertad interior que seguramente da la madurez. Los olivos son arrancados de raíz es un verso que me deja pensando en el desarraigo, en los años, en la paz que no llega, en las oraciones infructuosas, en la muerte. Estos poemas no son breves, este no es realmente un libro pequeño. No sé si Domingo Díaz fue ese niño de gran sensibilidad, estoy segura, eso sí, que ahora es un hombre que camina, que avanza y que puede esperar todo lo que quiera.

Reseña de Teresa Muñoz Luco para El Puñal

Domingo Díaz (Santiago de Chile, 1957) Es autor del libro Turno de día (2008), ha sido incluido en las antologías de poesía ONOMATOPEYA, lectura de poesía, volumen I (2008), Lector se busca (2002) y Los premios (2005). Sus poemas también han aparecido en revistas literarias y en internet.

7 de noviembre de 2010

HUMOR GRÁFICO en El malHumor



Nos ha llegado noticias de El Malhumor, revista dedicada al humor gráfico, de nuestro amigo, Asterisko. Las viñetas muestran el lado B de una país que involuciona en su historia sometido a la influencia de los medios de comunicación y la política farandulera. Esta imagen en particular es tristemente irónica, pues pone en cruda evidencia la total desvinculación entre el nombre e imagen del cacique y el pueblo y valores que representa.

Rodrigo Suárez

4 de noviembre de 2010

Viajantes de Comercio | Paul von Leopold, Colombia - Alemania


Todos somos viajantes de comercio. Hemos vagado por el mundo desde que caímos aquí, como extraños entre extraños. No recordamos ya quién fue el primer hombre (fue una memoria que se desvaneció en la novena generación) pero intuimos, sospechamos y tememos saber quién será el último. Pero no podemos mirar hacia atrás. Cualquiera de nosotros puede serlo. Como buenos viajantes de comercio hemos recorrido todas las estepas y todas las colinas. Hemos ido de puerta en puerta. Hemos visto todos los rostros y olvidado todos nuestros rastros. Alguna vez, hace muchos años (algunos dirían hace muchos siglos o hace cinco minutos), salimos de casa y no pudimos recordar el camino de regreso. Incluso la palabra "casa" se extinguió con el pasar de las horas. Fuimos olvidando todo cuando dejamos de escribir. Sólo la música ha sobrevivido. Una música atonal.

Yo digo que nuestro pasaje por esta tierra desértica que hoy languidece en la peor pesadilla de H.G. Wells (o en el mejor sueño de Tarkovski) ha terminado. Presiento que soy la última de la fila (o me reconforta pensar así). Llevo la maleta más pesada aunque no parezca: en ella van las memorias de nuestra especie: un disco, una película, una novelas y dos poemas. En esos dos poemas están condensadas las primeras y las últimas palabras que resumen y tergiversan nuestro paso fugaz por esta tierra. Hoy en la mañana leí por última vez el primer poema y logré aprenderme sólo una parte. Es de Fernando Pessoa. Se llama Tabaquería.: "...siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie/ siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra...". La novela es de Alonso Quijano. En cuanto a la película y el disco, hace rato no tenemos dónde verla ni escucharlo (su título es Ascensor para el cadalso). Pero yo las cargo porque me dan fe. Yo soy el único que guarda estas cosas inútiles en su maleta. Los demás, los que se han atrevido a guardar algo hasta el final, han preferido conservar cosas útiles: herramientas, ropa, enlatados, planos, relojes, espejos y una que otra brújula.

Cuando esté al borde del precipicio y el abismo sea libertad. Cuando no haya nadie detrás de mí ni adelante. Cuando todos se hayan ido, ¿qué seré? ¿Seré realmente el último hombre/ la última mujer? ¿Y qué seré después de ser el último hombre/ la última mujer)? ¿una Nada?, ¿la Nada? ¿el espectro del último hombre/la última mujer sobrevivirá en las penumbras...? y, el hijo que viene dentro de mí, ¿qué será de él/ella...? ¿dónde fue a parar Dios? ¿dónde están los dioses en esta última parte de la historia? Después de muertos, después de que los matamos, ¿a dónde se fueron? ¿Quedará alguien después de mí? ¿Habrá alguien más que viaje en ese ascensor? ¿será un mensajero de los dioses o de los hombres? (¿o de los dos?) ¿irá hacia ellos o hacia nosotros? La última vez que se utilice ese ascensor, ¿subirá o bajará? ¿Quién contará esta historia? Tantas preguntas sin respuestas. Ya al borde del precipicio, entre la niebla y el smog brillante, veo unas extrañas figuras aladas que se alejan. Antes de lanzarme al vacío final (o a la "secuencia inicial"), sacó de mi maleta el segundo poema que guardo y lo leo en voz alta, aunque ya nadie me escuche: Límites de Borges: "...creo en el alba oír un atareado/ rumor de multitudes que se alejan;/ son lo que me han querido y olvidado;/ Espacio y tiempo y Borges ya me dejan..."...
 

Paul von Leopold (heterónimo de Alberto Bejarano) nació en Bogotá. Es filólogo de la Universidad de Lübeck ya en la etapa de pensión. Se radicó en Europa en 1978.

Llévame contigo catrina | ‌Agustín Azcona Hernández, México


I

Laura tiene una sonrisa de sol en otoño. Hace siete años que se separó del padre de sus hijos porque se cansó de sus malos tratos. Desde entonces vive con la familia de su hermana y trabaja dos turnos como archivista. Es mi compañera de escritorio en la empresa donde me encargo de la contabilidad. Todos los días se levanta a las seis de la mañana y cada día se siente más cansada del día anterior.

La primera vez que platicamos fue hace tres semanas. Aunque laboramos en el mismo departamento y conocemos nuestros nombres nunca habíamos entablado una conversación. Es increíble que en una empresa de doscientos empleados solamente conozcas el nombre de unos cuantos, de alguna forma te pierdes en la dinámica que impone el trabajo y cada vez te despersonalizas más. El pretexto para platicar con Rivera (así la llaman en la oficina) fueron los preparativos para celebrar el día de muertos. A nuestro jefe se le ocurrió la genial idea de que, para lograr un mejor entendimiento en el trabajo en equipo, deberíamos acudir disfrazados de algo alusivo a “halloween”.

A mí que nunca me han gustado ese tipo de celebraciones, su propuesta me pareció de lo más aberrante, así que manifesté que esa moda extranjera estaba muy alejada de nuestras costumbres y tradiciones. Algunos compañeros coincidieron conmigo. El jefe me asesinó con la mirada. Laura guardó silencio. Finalmente el jefe impuso su voluntad y además nos designó, a Rivera y a mí, para comprar los inevitables adornos.

"La Catrina Calavera" (1913) Autor: José Guadalupe Quezada. Dominio Público.
II

El viernes previo a la celebración nos citamos en el Sanborns de La Fragua. Rivera llega puntual con un vestido entallado blanco que resalta sus piernas. Platicamos ampliamente y ella dice sentirse un poco mal. “Estoy preocupada porque mis hijos están al cuidado de mi ex marido y sus hermanos, así lo convenimos los dos porque por falta de dinero no pueden estar conmigo. No sé que pasará el día que terminen sus estudios, estoy segura que se cerrará un ciclo y se abrirá otro en el que obviamente yo no estoy incluida”.

Rivera me cuenta de sus dificultades para terminar la quincena, lo que la ha obligado a iniciar una caja de ahorro en el trabajo y vender tupperware. “Me duele ver a mis hijos sólo unos minutos a la semana”, dice mientras sus ojos se humedecen.

Me permite tocar su mano, está un tanto fría. Me corresponde con una sonrisa entre tímida y agradecida. Yo tomo la iniciativa y la beso levemente en la comisura de sus labios.

La tarde trascurre en un hotel de la colonia Buenos Aires, en donde descubro un tatuaje de media luna en su hombro izquierdo. Gozo besando su cuello. Rivera cierra los ojos, siento como su cuerpo se estremece al contacto de mi lengua con su pecho. Mis manos desabotonan el entallado vestido en una maniobra que tiene su principal atractivo en el contacto de mis dedos con la desnudez de su cuerpo.

III

La siguiente tarde nos citamos en un café cercano a la oficina. Trato, sin proponérmelo, de que Rivera olvide por un momento el tema de sus hijos, de que olvide que el pedido de tupperware se retrasó una semana, que los clientes son groseros. Me trazo como objetivo que se olvide un poco de la monotonía de su vida, (nuestras vidas) incluso improviso algunos chistes. Ella me mira a los ojos, entusiasta, y me agradece que la escuche. Yo me siento un poco mal del papel de payaso que divierte. Esa tarde no termina en un hotel. Acompaño a Rivera a la casa de su hermana y nos despedimos con un largo abrazo.

IV

El día de muertos en la oficina fue patético. Nos organizamos por equipos y se propuso un concurso de disfraces: tres botellas de tequila a quienes ganaran. Mi equipo, como es obvio, no figuró entre los mejores y hubo favoritismo para el gerente general. Además se vio lo inevitable, compañeros vestidos de freddy krueger, scream, etc. otros con falsas camisas ensangrentadas pintadas con cátsup, muchos, muchos más como diablos. Uno destacó por hacer un homenaje a Michael Jackson. Yo sólo atiné a ocultarme detrás de una mascara de demonio.

A los pocos minutos de terminado el concurso se inicio un baile y me sentí fuera de lugar, incómodo, realmente miserable en medio de una festividad que siempre he criticado. Mis compañeros en cambio eran felices. Bailaban y hacía bromas. Verdaderamente me sentía en el lugar equivocado y estaba a punto de salir corriendo. Fue entonces cuando alguien se me acercó y me dijo que la próxima canción la deberíamos bailar: era Rivera. Estaba bellamente disfrazada de catrina, vestido negro largo con vivos de color morado, bordado en lentejuela y satín. La cara pintada de blanco con aspecto cadavérico. Realmente recobraba la tradición mexicana y además se veía muy bien.

La catrina me toma de la mano y me conduce al centro de la pista. Me agradece que la haya escuchado, te debo la vida, me dice. Yo respondo diciendo que no me debe nada. A su lado me olvido de todo. La tomo de la cintura y la aprieto hacia mí. En el fondo pienso que nada cambiará en nuestras vidas, seguirán siendo igual de monótonas, tristes y deprimentes. Tal vez mas adelante se presenten los reajustes de personal, los despidos, el cierre de la empresa, la hora de la liquidación, las demandas laborales. Tal vez Rivera nunca recupere a sus hijos, o los recupere para perderlos otra vez. Pero en este momento me siento muy a gusto bailando con la catrina. Me lleva la calaca, la huesuda, la tía de las muchachas. Sí, catrina llévame contigo, lejos, muy lejos de aquí…

Agustín Azcona Hernández es oriundo de Ciudad de México, nació en 1967. Es sociólogo de la UNAM y redactor. Ha colaborado en algunas revistas literarias como La Culebra, Molino de Letras y Letralia. Es primera vez que lo publicamos en El Puñal.

3 de noviembre de 2010

Una idea no original │ Montserrat Costas, Santiago

Entró a la habitación con esa sonrisa algo torcida que lo caracterizaba, una mochila en la espalda, su ropa negra cubriéndole todo el cuerpo, su pelo largo y deslavado y mirándolo para saludarlo de una manera casi burlesca. Ricardo lo miró con cara de enfado, de cansado, sin saludarlo. Era ya el cuarto día ahí y José no parecía interesado en cambiar de estrategia.

—¿Cómo has estado? ¿Todo bien por acá?— preguntó José con clara ironía.

—¿Cómo debería estar?...¡Enfermo! Por qué no me dices qué mierda quieres de una vez… —Ricardo se alteraba con facilidad.

—¿No sabes lo que quiero? ¿No tienes ni una idea de lo que quiero? —mantenía la sonrisa y el buen humor.

Días atrás José había tenido algo que él consideró una epifanía, mientras escuchaba uno de esos tediosos sermones de Ricardo, un Lunes en la mañana. El odio por parte de sus compañeros hacia Ricardo era generalizado. La falta de respeto que le tenían, la rabia, las burlas, eran pan de cada día; "para eso están los jefes", diría cualquiera. Incluso sus suches, aunque cínicos, sabían lo incompetente que era. Pero, "nadie tuvo los huevos para actuar", pensó José en ese momento. Y el pensamiento siguiente fue: "Dios odia a los cobardes". Así fue como empezó su proyecto más ambicioso, aunque no original. Su proyecto de vida, como él mismo lo llamara.

—¿Cómo están tus muñecas? ¿Y tu garganta? ¿Te duele aún? —preguntó cortésmente José.

—Mis muñecas están aún quemadas y la garganta la tengo irritada…

—Ya habrás aprendido que esto no se solucionará por la fuerza, entonces, mi querido Ricardo.

—¿Qué mierda quieres, José? ¿Quieres plata? Mi familia dará todo lo que pidas por mí, pero, déjame ir. —Ricardo ya no sabía qué hacer.

—¿Plata? ¿Tu familia? ¿Por ti? ¡Vaya! Veo que esa autoestima aún no disminuye. Tanto ego en un hombrecillo tan pequeño; cuánta contradicción hay en el mundo.

José era ese tipo extraño del que nadie sabía demasiado. Con gustos nerds, como su afición por las historietas y los superhéroes, su falta de popularidad era tal que causaba una mezcla de risa y lástima entre sus pares. Los hombres se burlaban de él y las mujeres lo evitaban por miedo. Mitos sobre su sexualidad, sobre supuestos traumas de infancia, sobre parafilias y perversiones de todo tipo rondaban las inmediaciones del recinto. Él siempre se lo tomó con humor. De alguna u otra forma, le gustaba la atención que generaba.

—¿Han preguntado por mí? Seguro te están buscando, hijo de puta… — Ricardo no entendía lo que José quería conseguir, de lo contrario, habría actuado con más humildad desde un principio.

—Bueno, sí, notaron tu ausencia, pero, nada grave. El país no se ha detenido por ti, Ricardito.

—Espérate a que salga, te van a linchar como a un… —Impresionaba que aún pudiera hablar, con todo lo que había gritado los primeros días sin conseguir ser escuchado.

—¿Vas a salir? Ah, no sabía… Cambiando de tema, te traje un regalito. Mira, estos videos han sido grabados desde hace dos años atrás. Reconocerás a varios de los que ahí aparecen hablando mal de ti. De algunos no te acordarás, claro, pero, todos han trabajado aquí, bajo tu acéfalo mandato. – José le mostró videos en su notebook, donde aparecían varios colegas suyos hablando mal de Ricardo durante una celebración.

—Seguro les pagaste para que dijeran esas cosas. Ellos no serían capaces, no se atreverían… —Ricardo de verdad no podía creer que la gente pensara aquellas cosas de él; no podía concebirlo en su pequeño cerebro.

—Yo no le he pagado a nadie, Ricardo. Tú no entiendes, ¿cierto? —José empezaba a perder la paciencia, como todos los días durante su visita al ahora prisionero jefe.

—¿Qué no entiendo? ¿Qué eres un demente?

La sonrisa de José no podía torcerse más cuando le respondió:

—Ricardo, Ricardito, verás, estamos todos cansados de tus pretensiones. Lo que estoy haciendo contigo no es por mí, mucho menos es por ti. Yo tuve una visión similar a la de Moisés cuando separó las aguas para liberar a su pueblo. Las condiciones en las que nos tenías, como los egipcios a los judíos, eran inhumanas y, qué quieres que te diga, humildemente, esta vez yo fui el elegido.

Hubo un momento de silencio, mientras José calentaba algo de comida para Ricardo, en que éste último comenzó a sollozar. No entendía por qué, cómo alguien querría hacerle tanto daño. Sin embargo, no lograba sentir arrepentimiento. Ya sabía que eso era lo que esperaba José, pero, por más que lo intentaba, no podía. Seguía con la intención de convencerse de que lo rescatarían. Mas, cada cierto tiempo, como un veloz rayo que atravesaba sus sesos, pensaba en la remota posibilidad de que sería muerto a manos de José.


—¿Vas a matarme, José? – preguntó ansioso, entonces, Ricardo.

Se tardó unos minutos en responder José, mientras revolvía la insípida sopa que había traído para su jefe.

—No terminas de comprenderlo del todo, ¿eh? Que curioso pensar que lo que tú considerabas que eran divertidas bromas era lo que yo más odiaba. Bueno, siempre está ese detalle… Acá nos dedicamos a hacer proyectos, ¿no? Tú lo sabes, tú nos haces trabajar en ellos para vivir mal. Pues, bien, éste es un proyecto que planeo hace un par de meses ya y todo ha sido meticulosamente calculado. Debes entender que en mi proyecto no está contemplado matarte, sino, liberarte a ti y a los míos. Mi proyecto no busca liberarte tan fácil, sino, cobrarte lo que debes. Mi proyecto no es exonerarte de tus responsabilidades, sino, enseñarte a cumplirlas. Por cada persona como tú, hay alguien como yo, mi pequeño Ricardo, alguien como yo que se ve en la obligación de hacer el trabajo que sólo podrían cumplir los dioses. Pero yo… Yo soy sólo un hombre. Y Dios odia a los cobardes.


Montserrat Costas es estudiante de Arquitectura de la Universidad de Santiago. Tiene 22 años y disfruta más cuando escribe las historias que imagina en clases.