23 de noviembre de 2008

Emisora de noche | por María Elena Monsalve

Mientras mira a través del ventanal busca una emisora, tantas luces encendidas en las avenidas hacen ver a los edificios más vacíos. La selección se detiene en una emisora donde conversa una pareja ¿cuántas personas, a esta hora, la estarán escuchando? Un escalofrío le recorre la piel, quizá un presentimiento. Muchas veces le han dicho que no es bueno ir en contra del reloj biológico, y ahora la melancolía le está pasando la cuenta.
Cambia a otra estación, una que lo haga cantar en español. Trabajar de noche es lo suficientemente triste, más si es en solitario, en los ratos con poco movimiento se exacerba el monólogo interno, ese que se ausenta y nos evade cuando de día brillan las hojas verdes y la calle se mueve con las pulsaciones del semáforo.
Así va, de dial en dial, haciendo que la música y sus letras se fundan, frases enteras abriendo con una ganzúa el soliloquio, entran por capilares, venas, arterias invisibles, hasta que el músculo no late en el pecho, sino desde el pulso eléctrico de la radio. Se mira las manos, el rostro en el espejo parece irreal, esas no son sus lágrimas. La ventana se abre, el viento si lo puede apreciar, es el último piso. Ya no siente temor ni vértigo, el parque está delante, desde alguna parte viene la música. Dicen que algunas personas escuchan voces que sólo están dentro de sus cabezas, ella escucha una música que apaga los otros sonidos. El aire la abraza en la caída, en un instante el pasto se siente tan blando y al otro ya no alcanza a apreciar el rocío que cayó durante la noche, la más larga.

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