4 de noviembre de 2008

El frío no congela, duele | Cuento

[Fragmento]
Cuando era chico, por la década del cincuenta, en la Patagonia se vivía de la tierra, se soportaban los grados bajo cero de los que ahora nos quejamos, los accesos y caminos existían por las huellas del hombre, de tropillas y de erosiones. No fue un paraíso para mi padre llegar aquí como uno de los primeros, ni tampoco para mi generación, a los que simplemente nos tocó vivir en este lugar alejado de todo, entre montañas que son inmensos muros y un clima que te arrastra hasta pensar que jamás saldrás de ahí.
Existía sólo un equipo de radio para un área bastante extensa, la de mi padre. Los vecinos caminaban kilómetros para reunirse a escuchar el único medio que nos mantenía conectados. Muchos creían que habían pequeños hombrecitos dentro del aparato, tampoco sabían que mi padre la hacia funcionar con la batería de su camioneta y que este ejercicio requería de un trabajo enorme desde la mañana. El viejo llegó de Chiloé, joven y pobre, de Quicaví, arrastrando su apellido mapuche por los archipiélagos que resquebrajan nuestra geografía. Nunca se caracterizó por ser benevolente ni risueño, había que trabajar la tierra, la educación era sólo para algunos -decía, además de enseñarnos a golpes que nuestro futuro estaba ahí, madrugando y soportando el inclemente clima austral.
Cuando ya terminaba el otoño, hacíamos una bola con el chuño que quedaba cuando se hacían los milcaos para todo el invierno, todas las mañanas había que levantarse a ordeñar, se consumía la carne de los animales, no había nada de lo que hay ahora, ahora esto parece un paraíso, todo lo venden, todo está ahí en el supermercado. Pescábamos salmones de doce kilos o más, salmones de verdad, no como ahora, que están todos intervenidos y uno ya sabe que si va cerca de las salmoneras puede haber un buen número de víctimas, antes era a la suerte. Una vez saqué uno como de quince kilos, pero no me gusta contar esa historia porque nadie me la cree, sobre todo cuando digo que fue en una poza pequeña frente al campo, cruzando el camino.
A veces tenía que viajar de Aysén a Mañihuales con la tropilla de animales, mis otros hermanos no iban porque eran pequeños y mi hermano mayor debía quedarse soportando a nuestra madrastra. Iba solo, con mi perro, mi rifle, mi poncho, mi caballo y caga´o de frío. Llevaba carne y la cocía bajo la montura, el sudor del caballo la salaba, y cuando caía la noche, paraba, hacía una fogata y dormía abrazado a mi perro para darme calor. Eran tres o cuatro días que se hacían eternos. Cuando iba a Coyhaique había que pasar por todas esas quebradas y farellones donde hoy hay un túnel. Eran días interminables en los que sufría la dura soledad que te recuerda ese frío que te hace doler, que te recuerda de una cruel manera que estás vivo, y ese viento de la Patagonia, el perpetuo silbido que te sigue como sombra y que te tira a veces sobre el pasto del cansancio, es como si el viento te quitara el aire. Pero el silencio era un privilegio, hoy ya no tenemos un minuto de silencio, pero también ese mutismo era terrible cuando la melancolía te cobijaba como un cómodo hogar. El silencio juega malas pasadas. El silencio me juega malas pasadas. En esta mesa del comedor, con la TV encendida, el buen vino y los platos con los restos de comida. Miro a mi padre y trato de volver a la vida de antes, ahora todo es tan ajeno, tan cercano a la vez. Aunque haya nacido en un medio rural y lo haya dejado para ir a la Universidad y ahora aquí de nuevo, entre supermercados y bancos. Nunca seré urbano, nací gaucho casi argentino por más que me pueda mimetizar entre los ciudadanos. Saco un cigarro y lo prendo tal cual como si corriera ese viento sureño, miro hacia la mesa, busco los ojos de mi padre senil y enfermo, y lloro. Lloro porque, a pesar de todo, lo logramos, no sé cómo, pero lo logramos. Una extraña melancolía me hace sentir lástima por este hombre sentado junto a mí, que espera su muerte sin saber casi nada. Fumo mientras lloro porque mi padre nunca supo nada de mi.
[...]



Escrito por Ivonne Coñuecar Araya
Ivonne se crió en La Patagonia y ahora vive en Valdivia. Estudia periodismo y tiene una agenda bien ajetreada, ya que está haciendo su tesis, pronto publicará un libro, gestiona eventos literarios, entre muchas otras cosas. Tiene 29 años y ha ganado varios concursos de creación regional y también participado en diversos encuentros literarios. El cuento "El frío no congela, duele" ganó el 1ªlugar en cuentos del Mundo Rural 2004, FUCOA, X Región.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿que paso con el concurso de poemas?¿Quien ganó?...queria ser uno de los ganadores....

Integrantes dijo...

Interesante. Bien escrito e ilustrativo de las costumbres de un determinado lugar.
Me gustó lo que leí.

Amanda