18 de febrero de 2008

No hay aguante

Texto escribo por Elizabeth Cárdenas

Los viejos del club de jazz siempre fueron unos fracasados. Se reunían todos los jueves a hablar sobre Miles Davis y Coltrane como si alguna vez hubieran sido capaces de tomar un instrumento y palparlo como se palpa con calentura la piel de una mujer.
Luego de abuchear a algún joven artista, cruzaban la plaza para seguir con el whisky y el puro en la casa de Frida, la mujer del único verdadero jazzman en el clan, que se murió joven, cuando todos pensaban que era inmortal.
Frida los recibe en casa porque la nana aún no sabe reconocer a quienes no debe dejar entrar. Traen el alcohol, rebalsan los vasos y van esparciendo cenizas por el parquet.
Sentada en el sillón, desearía que algo ocurriese de una vez por todas. Le hace señas a la enfermera que lee un folleto de San Jorge sin hacerle caso. Y mientras su ira se acumula, la vejiga se le llena como la rabia que le va trepando de pies a cabeza hasta hacerla temblar. Entonces, cuando cree que está a punto de mearse como en esos sueños en que uno va al baño, una ráfaga se convierte en un estallido allá afuera, haciendo vibrar puertas y ventanas.
Los vidrios estallan y todo se vuelve un desorden. Los viejos huyen con las manos en las orejas y aleteando como huyen las palomas en la plaza cuando las persigo.
Se hace el silencio. Los perros ladran. La casa por fin está vacía. Se cierra la puerta.
Frida se meó en el sofá.

1 comentario:

queli dijo...

ja, bien Eli!