14 de febrero de 2008

Esa rara costumbre tuya



En la casa de tía Lola siempre había de todo: comida, sábanas limpias, pastelillos a la hora del té. La de ella era una casa grande, fresca en el verano, con olor a pan horneado en las tardes. Era una señora mayor, que alguna vez había sido miss y que se casó con un señor de recursos que la dejó muy bien establecida antes de fallecer. Todo era controlado en esa casa por sus nanas, damas de experiencia, que en determinada época, con la sabiduría que dan los años, comenzaron a notar que el difunto les jugaba bromas pesadas. Sí, se perdían las cosas, toallitas de mano, tacitas, cajas de fósforo; pequeñeces. Desapariciones que eran atribuídas al extinto ingeniero.

Olga, la hermana pobre de Lola, y su hija Gloria, eran las preferidas de tía Lola. Las tenía bajo su ala protectora desde siempre, cuando se dio cuenta que no podría tener hijos, y que necesitaba de alguien con quien compartir el pan.

-Mamá, ¿nosotras tenemos jabón en la casa?
-Sí, mi niña, ¿quieres un helado?
-Uno de naranja. Pero mamá, ¿tú estás segura que tenemos jabón en la casa?
-Sí, Gloria. - El chofer de la micro miraba a Olga por el retrovisor mientras pasaba el cambio. La palanca tenía un escarabajo pequeño.
-Yo pensé que no había jabón en la casa. -dice la niña mientras el helado de naranja se derrite y gotea sobre su polera. -¿Dónde está el jabón?
-¿Pero por qué me lo preguntas tanto? - y Olga miró a su hija que iba sentada a su lado en la micro.
-Es que...
-¡Habla luego! -exigió la madre
-Yo... me traje el jabón de la casa de mi tía.
-¡Pero niñita!
-... Fue por si acaso.
-¿Por si acaso?¿Qué va a decir tu tía cuando se de cuenta? Ya, apenas lleguemos a la casa la llamas por teléfono.
-No mami, no. No la llamemos. Vamos mañana a su casa y se lo devuelvo, ¿ya?.

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