7 de marzo de 2009

Twin Peaks | Cristián Berríos


Las dos temporadas de Twin Peaks entre 1990 y 1991 sin duda influyeron más en las entonces futuras camadas de escritores y directores que varias sesiones aburridas sobre el subjetivo hecho de que es atrayente o disfuncional en las páginas de un libro o frente a la pantalla grande.

Después de joyitas como Eraserhead (1977), The Elephant Man (1980) y Blue velvet (1986), Lynch, ésta vez en cooperación con Mark Frost, entregaría a ABC network un producto atiborrado de episodios paranormales que rápidamente se transformaría en suceso y luego en fenómeno de culto.

El misterioso asesinato de Laura Palmer (Sheryl Lee) en el ficticio pueblo de Twin Peaks, caso encargado al metódico Agente especial Dale Cooper (Kyle MacLachlan) en un comienzo rindió frutos en el rating norteamericano, pero los libretos apuntaban más allá del género policial y las intrigas, aspectos que fueron descolgando a la audiencia gringa, más acostumbrada en esa época a series simplonas, sin personajes con pasados oscuros o que se debaten entre el bien y el mal. Un producto como Dexter, el asesino justiciero de Fox, habría sido inconcebible al lado de El Fugitivo. Barnabas Collins de Dark Shadows contaba con el beneficio de ser vampiro...

En Twin Peaks aparecieron en pantalla un enigmático enano bailarín (Michael J. Anderson); un gigante que se comunicaba en secuencias oníricas y también a través de un anciano (Carel Struycken); una oscura entidad de los bosques denominada Bob (Frank Silva); un agente convertido en asesino, Windom Earle (Kenneth Welsh), entre otros interesantes personajes. La música compuesta magistralmente por Angelo Badalamenti, colaborador de Lynch desde Blue velvet, desempeñaba un rol fundamental en la trama.

La serie reunía demonios, pabellones oscuros, narcos, políticos corruptos, matones, poseídos, policías locales, agentes, prostitución juvenil, un tronco que confidenciaba secretos… Ese pueblito era tan puritano y tan perturbador como cualquier rincón del mundo que oculta una montaña de perversión tras un gramo de inocencia, premisa nunca mejor personificada que en el padre de Laura, Leland Palmer (Ray Wise).

En la segunda temporada David Lynch y Mark Frost delegaron la dirección en otros y la serie llegaría a su fin tras 22 episodios. En Chile la emitía Canal 13 con tanta censura que incluso ahora Los Simpsons poseen más escenas audaces que las permitidas en esos años donde la realidad era más terrorífica que la ficción.

La precuela cinematográfica Twin Peaks: Fire Walk with Me contenía tantas escenas sexuales que Lynch sin duda se desquitó de las continuas restricciones que el formato televisivo norteamericano le imponía. Tras verla en el cine y complacerme con la incertidumbre de otros espectadores, comprendí que no se necesita ir disfrazado a un estreno para revolcarse en la mitología impuesta por un cineasta como un niño en una dulcería.

Con años luz desde el podio al pelotón, Twin Peaks debe adjuntarse junto a X Files, Seinfeld y, luego, excediéndome hasta la blasfemia, la nueva versión de Battlestar Galactica como lo más destacado que ha producido una industria norteamericana tan propensa a la tiranía del mercado y sobreexplotada hasta la destrucción de los géneros.


Escrito por Cristián Berríos
Cristián nació en Santiago de Chile (1975). Ha publicado cinco tomos de cuentos y novelas breves en su blog Puente de Saturno, además de las obras Poetas clones del futuro en Revista La Palanca literatura arte (México).
Publicado originalmente en su blog.

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