25 de marzo de 2012

El asesino de Bagdad | Camilo Sarce, Chile

No era buscarte. No comprendía, allí, como solos tú y yo entre las calles. El dolor, el dolor muy extraño de los errores, de esos que son incomprensibles. Se estremecen los cuerpos en una gran violencia, ¿pero tú lo sabías, cierto? Es que sólo lo ocultabas tras esa transparencia y ese núcleo muy apretado de llantos acababa por disolverse. Entonces estallaba, y algo muy extraño parecía desparramarse.

El agente me dijo que te llamabas Mayra. No sé… era suave e intenso, el sol tras la ventana, como una larga e imprecisa oración a media tarde… Mayra Bashir.

Entonces yo salí lentamente de la habitación del agente, pero aún recordaba aquellos ojos demasiado desnudos. En todo, al parecer, había un dolor muy raro, muy grande. Yo y la muchedumbre de la calle seguíamos mirando. Yo también me hice parte de la fiesta de la calle. Debió haber sido una fiesta del año que yo no recordaba. Me cautivaron los músicos tocando flautas y cantando.

Afuera, ese calor insoportable, ese calor insoportable de la tierra; y también, a momentos, ese calor de una lejana libertad. Pero yo prefería mantenerme frío… y lo reconozco, la bulla de las emociones se hacía cada vez más inmensa y absurda. Costaba moverse, costaba soñar.

Qué estúpido… no sé, a veces era placentero ese nerviosismo de sostener unas balas en mi bolsillo, de luego acariciarlas y mantener por largo rato ese placer contenido… Qué estúpido, pero no podía reír. Yo caminaba más o menos lejos de la ciudad y recuerdo que me iba maldiciendo mientras caminaba porque todo lo que yo hacía, lo hacía demasiado lento y en esa horrible y enfermiza lentitud las cosas se iban muriendo y yo sólo podía recordar y yo sólo podía intentar rescatar algo ya perdido.

Pero… yo intentaba que esa desesperación fuera placentera, como una gran fornicación… antes yo escribía, no son cosas que me guste confesar; pero yo antes sí escribía… fue extraño todo eso; allí, frente a la ventana en el desierto una indecible infinidad, y yo con esos deseos maniáticos de atrapar y a la vez purgar el desierto, en mí, ese desierto grande, rojo y cálido que cada día se hacía más secreto.

No lo quiero decir, no, pero duele… sí, dolía escribir porque lo grande se hacía muy pequeño; tanto, que era como una puntada adentro, que a veces me sanaba.

Pero fracasé… no entiendo bien las razones. Entonces todo fue destruido, y yo quise emerger de allí, pero no pude… y cada vez se hacía más placentero tocar las balas en mi bolsillo; pero no podía mentirme, también había una tristeza.

No me senté para esperar el andrajoso y polvoriento autobús que me llevaría a las afueras de Bagdad, a un barrio anotado en la tarjeta de identificación de Mayra que no quería ver… pero no era pudor; yo intentaba sacarme ese sentimiento recordando la fresca pureza del desierto.

(No quiero seguir mirando tus manos en la baranda del autobús. Es una fiebre rara, esta que me he creado. No me la puedo sacar, no puedo… ) Estaba a punto de caerme. Bajé del autobús y el camino era enorme y todo era demasiado seco y todo parecía estar bajo ese sopor de cansancio, todo bajo mi propia fiebre insoportable.

Recordé, no sé por qué, a Bishnru. Y cuando caminaba quise hacer el amor con ella; caminar en el desierto era como estar con ella en esa habitación sombría, era experimentar esta fiebre que sentía aumentada mil veces hasta quitarme el aliento y devolverme de nuevo ese dolor tan extraño.

Me asusté; había unas casitas más allá, muy pobres, voces de niños me intimidaron por un momento. Después me sentí más tranquilo. Volteé un poco la mirada. Una joven, de espalda, estaba a punto de lanzarse a una piscina de nailon y fierros. Hermosa, miré sus piernas delgadas y finas, y recordé los insoportables gemidos de Bishnru, una y otra vez hasta exasperarme y mientras eso sucedía, yo intentaba
encontrar los ojos de Bishnru tras su cabello…pero nunca me dijo su verdadero nombre, todo eso lo hacía para morir más pronto quizás. Y la joven de la piscina me miró asustada, y sus amigas y hermanos también…pero yo no me reí ni nada, sólo recordaba a Bishnru, e intentaba amarla, pero yo sabía que no podía. Conté el dinero de mala gana ese día, no quería dárselo, quería llevármela conmigo y quería que desapareciéramos juntos en el desierto.

Pequeña y suave. Éramos jóvenes, y qué… era mejor que ponerse a llorar todo eso…

Todo eso, todo eso de tocarse y quedarse tendidos y luego volver a levantar esa distancia y por fin marcharnos, por esas calles donde nunca nadie podía encontrarse.

Tomé, de pronto, su mano… quería soltarla; nada se destrozaba dentro de mí, nada dolía, pero quería soltarla, no lo sé. La calle atestada de gente, y ambos sumergidos en una quietud… dos vistazos y nada, dos vistazos y un pequeño tacto.

La había estado buscando por días. Saudí, el maldito Saudí me había amenazado…pero eso tampoco importaba… y aún más maldito y hermoso se hacía, ese milagro, esa potencia dentro de mí.

Son… son diez novelas… le dije una vez a mi madre… son diez, son diez secretos insoportables que no sé por qué no pueden dejar de serlo… y ya no puedo sostener todo esto dentro de mí, es como una presión, un dolor muy profundo, un goce también… pero mi madre me ignoró, y siguió viendo a mis hermanos jugando con la arena.

Algo había muerto y lo sabía. La incertidumbre entonces se tornó diferente, transparente, una sensación de frescura e infinidad, de libertad y regocijo cuando miré de nuevo el desierto, esa primera pureza que yo había extraviado, una lucidez difuminada entre la forma de mis manos. Tomé entonces mis manuscritos y los enterré en la arena del desierto, no sé bien por qué razones. Cuando volteé, mi madre continuaba durmiendo desde que yo acaricié sus piernas tibias.

Los manuscritos fueron desapareciendo y yo me sentí aliviado, y pude respirar y lloré. Entonces me acerqué a mi madre y la abracé y ella continuó durmiendo pero a mí no me importaba tanto eso. Acaricié su rostro, y entendí su indiferencia y ya no hubo ningún temor que me distanciara de ella, ni ese gran latido que caía desde el sol al desierto, con una claridad y una profundidad sobrecogedora; un lánguido silencio de ningún sitio, mi propio silencio acariciando cada movimiento, cada sonido sobre la arena, cada tacto, cada respiración.

Pero hubo un instante de temores, de temores muy grandes que comenzaban como un juego; detenciones, silencios de mentira y muy largos; esa extensión inútil y confusa que me llevó a más confusión, una oscuridad diferente, y desear retornar a la ignorancia y no soportarlo, y en esa rabia tan absurda pasé años. Hubo, sin duda, una pasión muy grande en todo aquello, una pasión que me sedujo, un intento de procreaciones, un encarcelamiento.

Abandonar el desierto. Un peso, una niebla demasiado extraña dentro y un mirar a muchas partes, buscando en eso, algo en mí que estaba perdido y que yo no quería encontrar.

Yo deseaba que siguieran esas extrañas reverberaciones, yo sabía que nada de eso era algo de mi disuelto; en aquel instante sólo hubo disoluciones, y yo no quería estar afuera con la gente. Me conformaba con sostener la barbilla en las piernas de mi madre, y afuera todos jugaban y yo me sentía un poco avergonzado, porque tenía quince años, pero sin embargo todo era un trance muy grande, los movimientos distendidos en el aire y todo aquello parecía una danza, y en eso algo impreciso, un tiempo muy vasto, algo demasiado bello e impronunciable, algo terriblemente secreto que seguía gritando, en mí, y en ellos. Entonces comenzó de pronto a brotar algo dentro de mí, y eso comenzó a sanarme y yo tenía miedo y me escondía, y retornaban, las malditas palabras y el miedo.

Una genialidad silenciosa que no iba a ninguna parte. Miradas y almas atentas que mantenían ese silencio mientras me escuchaban a las cuatro de la tarde después de pasear al rebaño, en las pequeñas murallas abandonadas del pueblo.

Yo leía, no sé lo que era, lo que yo escribía. Un orden extraño de palabras, misteriosas concatenaciones contenidas en algo que yo no comprendía. Entonces cansado levantaba la mirada; no había aplausos ni nada, solo el mismo silencio de antes y comprimido, la misma solemnidad, la misma ignorancia, la misma miseria. Y los campesinos se alejaban pronto, sacudiendo un poco de sus ropas el polvo y yéndose así simplemente, sin siquiera decir sus nombres, sin despedirse, como sombras que no debían ser pronunciadas, en esa extraña silueta del desierto que en esa contención iba creciendo y perdiéndose en la niebla.

Entonces yo fui caminando entre la gente y ahí comencé a comprimirte en mí, para que el dolor no fuera tan grande. Ella se detuvo en un puesto de joyas de la feria. Y regresó ese vacío que era de separaciones, un vacío como de estar cansado y esperando algo que cada vez se tornaba más incierto, yo tratando de buscar el sentido de ese dolor, de eso tan olvidado. Rostro así muy suave y dedos deslizándose. La voz de Saudí, el otro agente, el maldito Saudí y un llanto y una quietud que no emergían.

—Mañana debe estar muerta, ente las 6:00 y las 8:00 pm, antes de que salga de Bagdad.

Yo respondía que sí. Yo me hacía sentir como un niño porque así era más lindo tocar la arena con los pies descalzos y reir de vez en cuando y sentir la brisa y sentir las siluetas que se hacían tacto y pronunciaciones.

Ella continuó caminando, y yo me preguntaba de por qué parecía no haber intención en sus movimientos, una plenitud muy grande y certera, ningún temor de torpezas y sus manos chocaron con un tendedero y sólo rió y después miró hacia otra parte, no sé por qué comencé a recordar los días en que deseé mi muerte, la tarde en que caminé hacia ningún lugar, ese deseo de no seguir perteneciendo, un veneno peculiar de abreviaciones y devastadores silencios.

Mayra Bashir, no debías seguir sonriendo… Mayra Bashir, cierra tus ojos por favor… Mayra Bashir, no me hagas olvidar el dolor, no es necesario. Mayra Bashir, sí, yo he descubierto lo inconmensurable, lo indecible, pero he regresado a la miseria. Ya no deseo buscar… déjame, no sé… déjame buscar tus ojos para detenerme… pero ella reía, ella reía y me seguía mirando.

Dos palabras, olor de flores; acaloradas. La tomé del brazo. Pero, ¿por qué?, no estabas asustada, no comprendo. La empujaba, y yo seguía escondiendo la voz tras la sombra, y no me atrevía a gritar.
Pero… no fue llanto… no sé que fue… y la abracé muy fuerte cuando ya habíamos salido de la multitud… presioné el revolver… un poco más abajo de sus pechos… pero ella no quería escapar, ella se quedaba, se quedaba demasiado en mí, así, como un polluelo… recordé los cantos de mi abuelo, que iban desapareciendo, en un extraño ritmo bajo la arena, y después nada, un descanso, un descanso muy grande para explicarlo en palabras.

Maldita, maldita. Tocar, tocar mucho tus muslos y tus piernas, y aquí esta desesperación distinta.

Qué es todo esto, labios deslizándose, manos apretándose, que es todo esto… y allí, entre mis brazos de pronto comenzó a llorar, no había hecho nada en contra de mí, ella no sabía quien yo era, y se iba como entregando, como adormecida; sus brazos cansados. Estábamos en el cuarto que alquilé el día anterior. La llevé allá, dañándole el brazo, a veces se resistía, no entendía mis palabras, le golpeé el rostro, la golpeé pero no pude cansarme, la golpeé demasiado despacio mientras iba sintiendo eso tan grande dentro de mí, esa contención que pronto se devastaba, tan de pronto, que ni siquiera me daba cuenta… y mientras la golpeaba no sé por qué la abracé, la abracé más fuerte que la vez anterior, le acaricié el cabello, y le decía dentro de mí que me perdonara, que tan solo me perdonara, porque no podía decírselo a la cara, simplemente no podía y seguía yo mirando sus brazos, desnudos, suaves, como desapareciendo en la luz que entraba por la ventana.

Llegamos a un lugar muy grande caminando… y yo intentando una extraña felicidad y un extraño éxtasis en ella… el vaso de agua y mis manos tiritando y el instante en que sus ojos se iban cerrando, que lindo… no sé… que tonto, algo dentro de mí y dentro de ella se estaba destruyendo.

Ya no tenía, aquí, esos horribles pensamientos. Mayra, Mayra Bashir, una música muy extraña, la piel brillaba y olía tan bien, tú, Mayra, tenía hambre, tenía sed, y quería caer en tus brazos también y quería estrangularte…

Caminemos, caminemos más… y no debía tocar tus pies, pero lo hacía y era hermoso tocar tus pies y después tus piernas sin mirarte; y yo observaba el cielo pero no había ningún pensamiento; ya no había siquiera desesperaciones y sentía el viento tan vacío entre mis manos.

Entonces sentí que mi voz pronunciaba algo muy secreto de ti, Mayra Bashir.

Tomé el revolver nuevamente… yo quería abrazarte y no te abracé, yo quería besar tus manos y no las besé.

Entonces disparé, un poco más abajo de tu cuello, en el lugar donde te toqué con la punta de los dedos, en la habitación, cuando por un instante creí verte sonreír.

Caíste muy pronto, no te pude sostener en mis brazos como aquella vez a las afueras del mercado; pero no importa, no importa.

Un dolor diferente de tocar tu pelo. Un dolor diferente de cerrar tus ojos. Un dolor diferente de imaginarte… Mayra Bashir, entre mis brazos.

El rumor del desierto fue demasiado gigantesco, pero no recordé los cantos, no recordé nada. Entonces yo también cerré los ojos, e intenté sonreír.

Camilo Sarce Reyes, estudiante. Nace el 11 de Septiembre de 1992. En el 2006 publica una antología, El lecho del céfiro, junto a dos compañeras de taller literario. En Febrero del 2010 publica en la página web pelagatos.cl  el libro Tristazul.  Actualmente vive en Maipú.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Maravillos cuento

lichazul...elisa dijo...

Me alegro un montñon por Camilo y por ustedes en apreciar el trabajo de este joven y talentosísismo escritor de nuestro Maipú querido , él fue compañero de Taller, y realmente su pluma resaltaba de entre las nuestras por su riquesa y exquisito lenguaje y lirismo al plasmar las imágenes

Felicitaciones CAMILO y a ustedes del Puñal !!!

besitos y luz

Duna al Desnudo dijo...

Camilo, enhorabuena por tus letras.
Gracias por compartirlas, y mostrarme este sitio.
Un beso

jaime dijo...

Camilo...
¿Quien ,no ha tenido su propia Mayra Bashir? ...
Con su misteriosa lejania, entre arenas eternas y soles metafisicos...entre agentes brutales y odiados Saudies de torva mirada ...
Quien ...que tiene ojos de estrellas, no ha visto el entierro de sus propios manuscritos...suicidados algun atardecer, emulando a Kafka ...?
La soledad del desierto ,se hace cosmica mientras algun profeta predica...entre camellos y aldeanos de ojos obtusos...
Quien acaso, con vocaci on de asesino, y suicida, al unisono...no ha acariciado las balas o el puñal de la redencion? ?
Quien, no ha huido del tumulto ciego, para refugiarse entonces, en un silencio materno de utero y Genesis?

Bello texto, Camilo...

Y...volviendo a lo prosaico...de la aparente y oficial realidad...la editorial que te mencione antes, se llama Amazon ...supongo que habra que buscarla en la web. Nada se sobre si es de fiar...pero, si vas por ella, con Saudi y Mayra Bashir...tal vez la encuentres...
Recibe mis agradecimientos, por enseñarme tu cuento.
Cae la noche, sobre el muy noble y leal Reyno de Chile...
La Nueva Extrema-Dura, duerme...
Las doce han dado y sereno...

Raquel Graciela Fernández dijo...

Muy bello texto! Gracias por contactarme, fue un placer leerte. Un gran abrazo!