28 de marzo de 2012

Labrys | Damián Gandlaz, Argentina

Patricio Bruna. Cazadores. 70x50. Acuarela, 2006.

                       Labrys: Antiquísima hacha cretense de dos caras, derivadas de las inmemoriales bifaces
 de la Edad de Piedra. De su nombre proceden las palabras “trueno” y “laberinto”.

Lo único que hay es agua. Nada más hay. En ocasiones, cerca del nunca, un pez de oro se asoma, y pronto vuelve a sumergirse. El Océano es Infinito y Profundo. Pero exactamente en el centro se yergue la Isla. En el medio de las aguas incesantes; tal vez existe tan solo para remarcar el carácter interminable de lo que la rodea, hasta el imposible fin; para que aquel que observe desde afuera lo recuerde. Pero quizás nadie esté observando.
 
La Isla se levanta en el centro de las aguas grises, líquido que agita el viento melancólico, que también, a su modo, es gris. Quién puede determinar dónde termina el color y comienza el sentimiento.
Justo en el centro; no importa dónde esté, cualquier punto del Infinito es su centro. Es como si se moviera: la Isla flota, y el centro del Mar se mueve con ella para recibirla.
 
La Isla es el hogar de los hombres. Los hombres se entienden entre ellos y viven en paz. Ninguno se aventura fuera de la Isla, porque saben que el Mar no tiene término, y un solo paso en él los perdería sin remedio: jamás podrían volver. Así que los hombres decidieron hace mucho quedarse en la única tierra firme que conocen. Y también decidieron que serían felices.
 
El Sol se movió, como todo se mueve; giró incontables veces, incluso sobre su propio eje, para que nadie tuviera derecho a reclamarle nada; marcando así, por medio de sus signos, el inasible paso del Tiempo.
 
La vida era larga y próspera. Sin relieve, sin sobresaltos, sin aventuras. Y porque estaban rodeados de agua, esos hombres, esos hombres que habían decidido ser felices, comenzaron a dudar. ¿No sería que se engañaban a sí mismos? Vivían tranquilos en su tierra, pero en cualquier momento, con sus ojos, o en su memoria, o en sus sueños, volvían a ver el Océano, y un ligero estremecimiento les sacudía la piel: a pocos pasos de su felicidad, la duda gris golpeaba la costa, horadándola lentamente. ¿Qué había más allá del Mar? ¿Era real su satisfacción, tenía sentido?
 
Se congregaron en la plaza central, la misma que usaban año tras año para realizar las fiestas de gran pompa en que se congraciaban con el Dios, cuando el fugaz Sol se encontraba en un preciso punto señalado. En esa plaza que está en el centro de la Isla que está en el centro del Mar se juntaron: esta vez no para agradecer, sino para cuestionar.
 
El rey Minos y la reina Pasifae salieron al balcón de su palacio, acompañados de sus hijos, la bella Ariadna y el bello Androgeo; y junto al pueblo, que estaba más abajo, congregado en la plaza, levantaron la cabeza y contemplaron el Cielo despejado y casi alegre. Clamaron que la existencia era feliz, demasiado feliz para ser cierta, y le exigieron al Dios que diera alguna señal; lo conminaron a que se presentara ante ellos y les declarara si su dicha era real, o una cruel mentira. Si el Dios aparecía, si se dejaba ver, si comprobaban su Ser, eso sería prueba suficiente de que el Universo estaba justificado.
 
Todos oyeron un llamado en su corazón, silencioso pero inapelable; una voz que sin palabras los instaba a acercarse a la playa.
 
La playa marca el límite entre la Isla y el Mar. Entre la Isla y el Resto. Encabezados por los monarcas, el pueblo llegó a la arena que señala el borde de la seguridad y la certeza, y observó las aguas con oscura esperanza, aguardando la señal con que habían desafiado al Dios; y la señal llegó.
 
Abriéndose paso por entre la espuma y el asombro, surgió del Océano un Toro magnífico; el Dios había prometido, y cumplía con la palabra empeñada. Pero ahora los hombres se arrepentían de haber preguntado lo que no les convenía saber: porque ese animal sagrado, que demostraba la existencia del Dios, mostraba su oblicua esencia: un ser irracional había emergido absurdamente desde aquella Nada Infinita por la cual se lo cuestionaba. Era una paradoja espantosa: el Dios existía fuera de toda duda; pero no así el Orden que se suponía debía deducirse de su Ser. El Universo no es Cosmos: es Caos.
 
El corazón humano es tan profundo como el Mar. La primera en entender plenamente las consecuencias de lo que acababa de ocurrir fue la reina Pasifae: en cuanto vio a aquel Absurdo surgiendo de las aguas, perdió la razón y encontró la pasión. Se enamoró del magnífico Toro, con una obsesión tan intensa que ocupó todo el espacio de su alma, sin dejar lugar a ningún otro sentimiento o pensamiento. Se soltó de la mano de su esposo, y cayó de rodillas, admirando al Divino Despropósito.
 
El corazón humano es tan extenso como el Mar. El rey Minos contempló a su mujer arrodillada en la arena, y entendió que ese amor torcido jamás podría enderezarse. Pero amaba a su reina con un sentimiento sin condiciones: aunque sabía que no sería correspondido. Su amor se profundizó con la traición; y para complacerla, hizo traer, de la Ciudad de los Filósofos, a Dédalo, el gran arquitecto.
 
Dédalo era el técnico más hábil de toda la Isla; inventó el arte de la metalurgia, los canales de riego que se nutrían del Mar, y la máquina que marcaba el tránsito del Sol y señalaba el fin y el comienzo de cada año. 
Era el máximo pensador, solo pensador: exacto, frío y mecánico como sus creaciones; pero, también como sus creaciones, carecía de alma. No creía en nada, y por eso podía todo: era la pura racionalidad encarnada, despojada de toda clase de pasión y compromiso.
 
Justamente por eso no tuvo reparos cuando lo empujaron al límite; cuando Minos le pidió que pusiera su suprema condición humana al servicio del Animal-Dios: Dédalo habría de construir una vaca hueca de metal, para que pudieran satisfacerse aquellas enfermizas pasiones: la de Pasifae por el Toro y la de Dédalo por un problema a resolver. La reina se ocultaba en el interior de esa cáscara artificial, y el Toro Sagrado podía así unirse a quien no amaba.
 
El fruto de ese amor asimétrico fue el asimétrico monstruo Minotauro; una criatura dual que es un símbolo vivo: el horror que nace cuando el hombre se involucra con el Absurdo.
 
El joven monstruo crecía veloz; y su vista, retorciéndose y bramando, resultaba insoportable. Entonces Minos pensó en aniquilarlo. Pero la pasión que lo había creado era inagotable, y sus progenitores volverían a engendrarlo una y otra vez, sin fin.
 
El rey razonó que, ya que no había manera de destruirlo, la misma Técnica, que había permitido su nacimiento, debía ahora ser la encargada de encerrarlo y ocultarlo. Dédalo construyó entonces el Laberinto: la patología de la racionalidad. El límite de la razón, la razón empleada para que la razón se extravíe. Arrasó el espléndido palacio de Minos, y en sus terrenos levantó el desmesurado y soberbio edificio diseñado para la perplejidad y la perdición; y con grandes esfuerzos y precauciones recluyeron al monstruo.
 
El corazón humano es tan oscuro como el Laberinto. Pasifae buscó a su espantosa criatura, y al no hallarla se desesperó, y se hundió aún más en la locura. Sentada en su trono clamó a gritos, pidiendo, exigiendo, que le restituyeran a su retoño. Y el pueblo, otra vez reunido en la ahora desmantelada plaza, tembló de pavor al oir los lamentos de su reina.
 

En el trono de al lado Minos bajaba la cabeza con los ojos muy abiertos y vacíos, mientras se sumergía en su propia desolación y perdía su antes clara cordura.
 
El Minotauro crecía en su cárcel de puertas abiertas; su madre lo reclamaba con lágrimas en los ojos y en el corazón; y Minos y su pueblo vivían en un temor sobrenatural y en la más completa inacción. Hasta que una grieta de abrió en el alma del soberano, y la partió en dos, en tres, en mil pedazos; se levantó temblando de cólera y mandó que le trajeran de inmediato a Dédalo.
 
Sin mayor trámite lo condenó a muerte, a él que había alcanzado la cima de sí mismo, a él que había marcado el paso del Sol; lo condenó a muerte sin causa, sin culpa, sin motivo, sin razón. Y el gran arquitecto se inclinó sobre el cadalso y recibió el labrys como había recibido todo lo demás en su vida: sin emoción.
 
El corazón humano es tan confuso como el Laberinto. Desde la venida del Toro, la incertidumbre había ganado por completo el alma de los hombres; y toda actividad había cesado bruscamente, porque si el Universo no tiene sentido, entonces nada tiene sentido. Pero no era posible vivir sin más en esa constante espera sin esperanzas; y los hombres decidieron engañarse a sí mismos y se declararon unos a otros que el Dios había efectuado ese milagro atroz para demostrar el Orden de Todo, o más bien el Orden de Todo-el-Resto, en oposición a aquel máximo signo del Sinsentido. Se lo repetían unos a otros sin cesar: las mujeres en los desolados mercados, los padres a sus hijos en los hogares, los amantes en la penumbra de los umbrales tardíos: Aquello no fue nada, no fue nada; la vida tiene sentido. Sigamos comprando, sigamos educando, sigamos besando. Pero el símbolo había existido y había sido visto, nada volvería a ser igual, aunque lo negaran; y en los sombríos atardeceres resuena el bramido del Minotauro, y los hombres se estremecen porque recuerdan que no lo han olvidado.
 
El corazón humano es tan retorcido como el Laberinto. La farsa no podía durar. Esta nueva felicidad era impostada e insustancial, falsa, y un resentimiento sin destinatario claro se difundió por toda la Isla. Cundió el descontento, y más tarde, la ira. La violencia entre los hombres, desde aquella primera ejecución sumaria, había aumentado, y se contagiaba veloz. El padre estaba contra el hijo, y el hijo contra el padre. En un disturbio en la Ciudad de los Filósofos, donde había nacido Dédalo, fue muerto Androgeo, el hijo de Minos.
 
Dos guardias arrojaron los despojos ensangrentados ante el trono y se marcharon sin pronunciar palabra. Y por primera vez en mucho tiempo salieron órdenes del palacio. Era un mandato pavoroso, pero los hombres lo acataron porque, a diferencia del terror desnudo en que vivían sumidos, aquel terror nuevo traía una apariencia de Orden. Ese simulacro los calmaba, solo por la regularidad que significaría para sus vidas a la deriva; por eso no lo cuestionaron. El rey Minos mandaba que, así como él y su primogénito habían tenido que enfrentar lo peor, todos hicieran lo propio: cada hombre y mujer, al llegar a la edad que Androgeo tenía al fallecer, ingresaría al Laberinto y se enfrentaría al Minotauro. El que pudiera salir bien librado, sería dispensado de cualquier sacrificio ulterior, libre para hacer lo que deseara, si es que tenía todavía algo que desear.
 
Los hombres callaron, y aceptaron. Ya no tenían nada que perder. Ni que ganar. El corazón humano es tan manso como las aguas. Uno tras otro entraban los jóvenes al Palacio del Minotauro, por turnos; ninguno regresó.
 
Los mayores enviaban a sus hijos a enfrentar el Horror, y volvían a casa algo cabizbajos; no llegaban a sentirse tranquilos por cumplir y hacer cumplir la Ley que los eximía del abrazo del hijo del Dios. Era solo cuestión de tiempo para que también los viejos se toparan con su Fin, y como todo había sido creado por el Dios… Tarde o temprano cada uno tendría que dar la cara ante su propio monstruo.
 
La población de la Isla disminuía; la vida, tan rara en el Universo, escaseaba, porque eran más los hombres que morían que los que nacían. Los hombres que ya existían, que sufrían, no querían traer al Mundo más sufrimiento.
 
El corazón humano es tan raro como la Isla en medio del Mar. El joven Teseo había nacido en la Ciudad de los Filósofos, donde pereció el hijo de Minos. El día previo a alcanzar la edad de la Prueba, lo embargó un sentimiento que se había convertido en poco común entre los hombres: tuvo miedo de su suerte. Temeroso de su destino, consultó el oráculo del Dios; templo que había sido abandonado, porque nadie podía ya creer en vaticinios: el futuro está sometido al capricho del Omnipotente, y no regido por la razón del Omnisciente.
 
Teseo atravesó el jardín de pastos crecidos y senderos de piedra quebrada. Hizo a un lado las espesas enredaderas que habían invadido la magnífica puerta e ingresó al templo derruido. Al fondo halló la grieta en el suelo sin edad que era el oráculo: por ahí se filtraban los vapores proféticos del mar que rodeaba a la Isla por los lados y por debajo. Junto al profundo santuario se aburría, inclinada sobre unos muebles en ruinas, la bella y perdida sacerdotisa. Sin prestarle apenas atención le cobró la tarifa usual, casi sin mirarlo ni hablarle; y se acercó al oráculo y aspiró los humos adivinatorios y tóxicos. En el idioma de los hombres, veneno y antídoto se dicen con la misma palabra. Entonces la pitonisa fue poseída, y el Dios Lejano e Inescrutable habló por su boca humana.
 
—Te prometo el éxito si te dejas guiar por el amor —dijo con voz terrible. Luego salió del cuerpo extenuado de la mujer, que cayó al suelo, fuera de sí.
 
Teseo salió del templo del Dios con un ánimo muy diferente del que tenía antes de entrar. Ante semejante promesa, su antiguo temor se había desvanecido, y ahora lo colmaba el deseo de entrar al Laberinto y destruir al Minotauro. Era una obsesión igual de poderosa, e inextinguible.
 
El Sol volvía a elevarse sobre el horizonte, como tantas otras veces en el pasado; como en todas las ocasiones en que el hombre lo había contemplado. Qué patraña, pensó Ariadna, qué simulacro fallido y perezoso de Ley; más que regularidad era mera repetición, inercia: lo normal es más fácil que el milagro. 

Se instaló en la puerta del Laberinto, como hacía todos los días, para despedir a los que ingresaban a sus múltiples habitaciones y corredores. No quería que murieran sin haber saboreado antes una última sonrisa humana. Pero esa mañana aún no había llegado nadie; el lugar estaba desierto, pero aguardando.
 
Teseo la vio desde lejos, y se iluminó. El Dios lo condenaba sin remedio, pero también le daba la oportunidad de la salvación, si sabía interpretar sus sutiles señales.
 
Ariadna lo vio desde lejos y se iluminó, pero se puso en guardia. Tal vez estaba ya tan acostumbrada a la desesperación que no la hubiera cambiado por la felicidad. Pero algo cierto había acontecido, un hecho definitivo que condicionaría todo lo porvenir.
 
Se acercaron el uno al otro en silencio. Ella fue la primera en hablar.
 
—¿Vienes al Laberinto a enfrentar tu destino? —le preguntó.
 
—Sí —respondió él—, pero mi destino no es, como crees, sucumbir: yo voy a destruir al Minotauro.
 
—El Minotauro no puede ser destruído —repuso ella, con ese pensamiento en su mente pero con una ligera ilusión en contrario en su corazón—. Es más fuerte que cualquier hombre; sus huesos son de bronce, y su alma, de sombras; sus cuernos están más afilados que un labrys. Tú no podrás vencerlo. Incluso si lo matas, él volvería a nacer, una y otra y otra vez, hasta el Fin; mientras tú, siempre el mismo, envejecerás, te gastarás. Tú eres pasajero, pero él es inmortal.
 
Teseo se entristeció grandemente. Creía que su valor sería contagioso, imaginaba que inspiraría el mismo valor en la mujer que amaba; quizás más valor aún que el que él mismo poseía.
 
—Tal vez tengas razón —reconoció—. Tal vez todo esfuerzo sea inútil, tal vez toda esperanza sea envano. 
Pero más inútil aún es vivir de este modo; más vana es la cobardía de ni siquiera intentarlo.
 
“Si destruyo al Minotauro, el Mundo volverá a tener sentido [y quizás entonces tú me ames].Y si al menos lo intento, entonces, al menos, seré yo quien le de un sentido al Mundo. Voy a enfrentar mi nuevo destino: intentar vencer el Horror."
 
Ariadna era la hija de Minos, el rey capaz de un amor tan poderoso, que la traición de su amada no hizo más que profundizarlo: el rey siempre fiel a sí mismo, a su propia Ley, aunque fuera precisamente esa ley autoimpuesta la que lo aniquilaría por completo. Por eso la hija del rey pudo comprender a Teseo, y sus ansias de combatir aquello que amenazaba con reducirlo a la Nada. Su madre Pasifae se había enamorado del Absurdo; ahora ella se enamoraba de quien desafiaba al Absurdo.
 
La bella cara de Ariadna había cambiado: de algún modo, estaba aún más hermosa. Indudablemente, la piel y la carne y los huesos eran los mismos de antes; pero ahora el alma se asomaba a ellos.
 
—Espera aquí un momento —susurró.
 
Volvió a los restos del palacio de Minos; del cadalso abandonado —pues ya nadie se ocupaba de cumplir la ley ni de violarla— y tomó el labrys aún ensangrentado. Luego destejió veloz una de sus sábanas, y formó un irregular ovillo con el hilo; no era una obra perfecta como la que podría haber creado el hábil Dédalo pero, en su sencillez y rusticidad, era honesta, y cumpliría su misión.
 
Teseo, ante la puerta del Laberinto, aguardaba impaciente; temía que ella jamás regresara. Eso sí sería insoportable. Al fin apareció, y por un momento ambos parecieron serenarse.
 
—Toma este hilo —dijo Ariadna—. Desenróllalo a medida que avances; te acompañará. Y toma este labrys: cuando halles al monstruo, extermínalo: degüéllalo sin piedad, sin remordimiento; que su sangre espesa e infame vea la luz, y él, la oscuridad. Luego, vuelve a enrollar el hilo: te conducirá de vuelta a la salida, de vuelta a mí. Te estaré esperando. Adiós [dulce Teseo, amor de mi vida; sé que lo sabes, pero no puedo decírtelo. Me han traicionado tantas veces… No me atrevo, tengo miedo. Pero te amo. Quiero que sepas que te amo.]

 Entonces Teseo tomó los presentes, la miró con profundidad, y sin besarla entró al Laberinto.
 
Teseo recorre los pasillos vacíos. Las paredes son lisas, el piso es liso, todo es del mismo color; apenas es posible diferenciar un corredor de otro por los esqueletos caídos. También hay un esqueleto que vive dentro de él. Detrás va el hilo de Ariadna; por delante, el pesado labrys de bronce, presto y cruel. El Minotauro no aparece, pero se lo adivina a cada paso, a cada respiro. Igual que el padre de su padre, el Dios, que no está en ninguna parte pero se presenta en cada rincón. Aguarda agazapado, acechando, siempre a la vuelta de la próxima esquina; la expectativa de Teseo acelera su corazón: el órgano también es un Laberinto en el que se debaten los héroes y los monstruos.
 
El Minotauro también me busca; los dos estamos encerrados.
 
“Hubo un tiempo, ya lejano y perdido, en que solía consolarme de mi melancolía pensando que en realidad yo era el normal, y lo monstruoso, el resto del Universo. Más tarde llegué a aceptar que el diferente era yo, para, más tarde aún, dejar de aceptarlo, y llegué entonces a creer que nada era diferente (pero, ¿diferente a qué?), sino, apenas, disímil: pura multiplicidad sin centro, como este Laberinto en que estoy encerrado y en el que vivo. Como el Laberinto en que todos estamos encerrados y en el cual vivimos. Ese espíritu dialéctico y conciliador llegó a aburrirme cuando, al levantarme por las mañanas, recordaba que ya todo estaba resuelto, y solo quedaba aguardar con paciencia el fin; fin aparentemente inevitable pero, por desconocido, tan lejano…
 
“Supongo que todo es simplemente como es, como tiene que ser. No puedo salir del Laberinto para compararlo con el exterior. Si no puedo salir, es porque no existe el ‘afuera’.
 
“Ahora todo vuelve; sé que nací para ser el final de todas las cosas, y me encuentro yo mismo convertido en una cosa, otra cosa más que busca su final. ¿Cuál será?
 
“Nunca me detengo; los corredores se bifurcan, se bifurcan y vuelven a bifurcarse; mis pasos resuenan en las galerías vacías, cubiertas de polvo y sin telarañas. Jamás sabré lo que me depara el futuro, el próximo instante. Siempre estaré un paso atrás, y siempre un paso adelante.”
 
El corazón humano es tan absurdo como el Universo. Minos buscaba a su amada, pero ella permanecía más allá de su alcance: estaba en manos del Dios. El Universo se desmoronaba, y ella pasaba los días en el interior de la vaca de hierro que había forjado Dédalo para su malsana satisfacción. La vida había perdido su centro, y ella lo colocaba de manera artificial en esa perversión permanente.
 
Cuando un problema no tiene solución, solo resta la venganza. No interesa contra quién; si hay un mal, que tenga retribución: no importa la justicia.
 
En un solo latido de su corazón, el infinito amor de Minos contra su mujer se trastocó en inacabable aborrecimiento. Él también buscaba su propio centro; él también quería justificar su propia existencia; pero todo había conspirado en su contra: ni la Bondad, ni la Justicia, ni el Amor, habían servido para nada: no habían tenido ningún efecto. Su reino estaba en completa decadencia y muy pronto, con un débil suspiro, la Vida Humana se extinguiría; y sin nada que la sostuviera, la Isla se hundiría en el Océano sin fondo y no quedaría rastro ni memoria de su pasada grandeza y esplendor. Se perderían para siempre las grandes creaciones del hombre, sus valerosas resistencias contra el Mundo caótico: desaparecerían la matemática, la ciencia, la técnica y el arte. También el amor. El Dios no las recordaría, porque evidentemente no se interesaba en esas cosas. No era el único.
 
Solo quedaba enviarle un mensaje, a todos: al Universo, al Dios, a Pasifae; solo un símbolo. Lo máximo a que puede aspirar un hombre en esta vida es a dar un símbolo; tal vez, a convertirse él mismo en un símbolo.
 
Minos tomó del suelo un labrys oxidado, abandonado por algún guardia fugitivo; y, en pleno acto de amor, descuartizó al Toro Sagrado. Luego puso un candado en la vaca falsa, esa cáscara vacía, esa pura superficie y apariencia, encerrando a su amada; y encendió una gran hoguera por debajo. Los terribles gritos de dolor se abrieron paso a través del metal, pero no a través de la perdición.
 
Todos los esqueletos se parecen; y al cabo de varios cientos dejan de servir como señales para orientarse en las habitaciones infinitas. En ocasiones hacía marcas en las paredes con el labrys para así distinguir un cuarto de otro, pero las marcas nunca volvían. A veces, un levísimo rompimiento de la monotonía gris, cuando en un corredor transversal al que recorría se adivinaba una tenue línea a ras del suelo: era su hilo, se cruzaba con su propia huella.
 
Pasó un tiempo que solo Teseo podría haber medido, pero no se preocupó de hacerlo. No le importaba; siempre sería demasiado. Una enorme montaña de pasado se acumulaba a sus espaldas; el tiempo se desenrollaba igual que su ovillo; el futuro se aproximaba, implacable, cada vez menos grueso, cada vez más fatal. Y al acabarse el hilo, se encontró en un callejón sin salida. Ese pasillo terminaba en un sólido muro, idéntico a las paredes, idéntico al techo y al piso, idéntico a todo. Gris e inevitable. El corredor terminaba abruptamente, sin esperanzas ni explicaciones, sin conducir a ninguna parte.
 
No había otra cosa que hacer: dio media vuelta y comenzó el camino inverso, tratando de no indagar en esa pared fuera de lugar, por miedo a perder la razón.
 
El Monstruo no había aparecido: ese era el mayor Absurdo de todos. Helaba la sangre y sacudía y despertaba a los fantasmas de la locura; casi era lo más lógico, lo más coherente. Quizás había Orden en el Mundo, después de todo; y esa tragedia no era más que una espantosa pesadilla, como un enorme pez de oro que hubiera irrumpido brevemente en la Realidad; al menos serviría como contraste: ahora todos apreciarían en su justa medida el Sentido del Universo, y volverían a reunirse en la plaza para agradecerle al Dios por haber enviado esa patológica señal que, al fin y al cabo, demostraba su existencia y su sabiduría; si bien de un modo complejo y arduo y acaso retorcido, como conviene a un Dios, a un Ser Infinito que no nos es dado nunca terminar de entender; nos basta con saber que Él sabe lo que hace.
 
El ovillo crecía, y recuperaba las esperanzas que había dejado esparcidas por el suelo: pronto me reuniré con mi amor, pensaba. No faltaba mucho; ese era el primer esqueleto de la serie, estaba seguro de reconocerlo: doblando aquel ángulo estaba la Entrada que se convertiría en la Salida, y luego en la Felicidad.
 
Volvió a pisar la tierra de la Isla, y la luz del Sol lo encegueció. Tanteó con las manos, buscando. Al fin sus ojos se habituaron otra vez a la claridad del Mundo; pero Ariadna no estaba ahí.
Teseo, desesperado, especuló. “¿Cuánto tiempo estuve perdido? ¿Se habrá cansado de esperarme? Entonces ¿por qué me dio el hilo y el labrys, las soluciones que me incitaron a hundirme en el Laberinto? Sobreviví; pero no tengo a la mujer que amo, y la mujer que me ama no me tiene a mí. ¿Cuál será mi culpa? ¿Qué ha sido de la promesa del Dios?”
 
Se escuchó entonces desde el Laberinto el triste bramido con que el Minotauro solía detener el curso de la sangre de los hombres. Si no existe el Orden, el Dios no tiene por qué cumplir sus promesas. Ni el Dios, ni nadie.
 
Teseo vivió luego muchas otras aventuras, que tampoco permanecen en el corazón de los hombres.

Damián Gandlaz: Nací en 1983 en Buenos Aires, Argentina. Empecé a escribir recientemente, y he publicado algunos relatos en medios electrónicos. Estudié filosofía en la UBA. Estoy en tratativas para publicar mi primera novela.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Felicidades. Muy buen relato.
Desde México con admiración y respeto.