5 de febrero de 2012

Lágrimas de Supermercado | Juan Manuel Candal, Argentina

 ¿Qué mirás? ¿Nunca viste a una chica llorar en medio de las góndolas? ¿Te pensás que lloro mientras agarró el tarro de leche en polvo sin darme cuenta de que hasta los de seguridad me miran raro? Nadie elige romper a llorar en un supermercado, que es, como diría Laura, una comunidad a escala, un mundo del mundo, una muestra de mundo.

Pensás que por mi edad, por mis dieciséis años, debe ser por un chico: alguien que me dejó, una crisis amorosa. Me gustaría ver qué es lo primero que se te ocurre si estuvieras viendo a un chico de mi edad con los ojos rojos y las lágrimas surcándole las mejillas. Pensarías que es por su familia, por dinero, por pobreza, por fútbol. Las mujeres sólo lloramos por hombres, ¿no?

Yo lloro por una mujer. Sí, a vos te lo digo, que me mirás de reojo creyendo que sos disimulada. Lloro por mi amiga Laura, que me enseñó que se puede mirar a los chicos sin dejar de besar a una chica. La que me enseñó que no existen aberraciones, que las clasificaciones son comodidades de los falsos intelectuales, los psicólogos y los curas. No soy menos mujer por haberme deslumbrado con Laura, por haberla deseado y haberla tocado, suavemente, con infinita ternura, con amor sin diccionario, ojos de iniciada. ¿Qué te parece eso, vieja ridícula? ¿Me vas a llamar “lesbiana”? ¿Hace cuánto que tu hombre no te atiende, con esa cara de lechuga?

Laura dice que en España el sexo es más liberal. Quién lo hubiera dicho de los gallegos. Tanto que se los tiene por brutos, parece que no se escandalizan por lo que la gente hace puertas adentro de su casa. Y digo más, incluso puertas afuera.

Laura lee mucho. Lee filosofía, tiene dos años más que yo, sabe de Kant, de Nietzsche, de Foucault. A mí me gusta lo que me cuenta, pero siempre fui de leer novelas. Me gusta abrir un libro y que sea una puerta a otro mundo, un escape, un sueño. Pero me gusta lo que Laura me cuenta, me gusta cómo se apasiona por los pensadores modernos, cómo se le ponen de grandes los ojos cuando me habla de las formas de fascismo actuales y parece que la garganta le va a reventar de ideas. Dice que no quiere influir en mí, pero yo sé que en el fondo le gusta saber que la cito cada vez que puedo, que hago lo posible por hablar como ella, o al mismo nivel, quiero decir.

Fuimos vecinas desde que yo estaba en primario, su familia vivía en una casa grande en frente, pero recién la tarde en que se mudaba a vivir sola me vino hablar, de la nada, como si fuéramos amigas de toda la vida. Yo estaba sentada en la ventana, mi recoveco favorito, leyendo el libro de los ciegos. El de Saramago, no me acuerdo el título. Le sorprendió que una chica de mi edad se metiera con una novela tan enrevesada (así lo dijo ella), a lo que con cierto orgullo le conté la historia de mis lecturas. Le caí bien inmediatamente. Me dijo que siempre me veía leyendo, que la ventana me dibujaba un marco y yo parecía un cuadro. Que era una lástima que nunca antes nos hubiéramos puesto a charlar, pero que se iba a vivir cerca, a unas quince cuadras: una pensión barata con un pasillo muy largo. Que por ahí nos podíamos juntar a hablar de libros.

Hasta aquel día nunca me había imaginado atraída por una mujer. Aunque siempre había sido tímida, hacía lo que hacen todas las chicas de mi edad: pavear, hablar por lo bajo con la compañera de banco, escribir mil veces el nombre del chico lindo de quinto año. Era una más de tantas en el desfile escolar de cuarto año, dejando atrás la piel insuficiente de la infancia, todavía a medio vestir la madurez. 
Laura (la autora intelectual de la frase anterior) era rara, tenía esa belleza rara, pero sobre todo esa cosa de me llevo al mundo por delante. Se notaba que era tres años más grande y parecía todavía mayor, ya lista para salir a la vida. Cruzamos palabra por primera vez cuando se iba, pero yo la espiaba siempre cuando la veía salir, levantando la vista de la página para admirar su manera de caminar, su decisión. Nunca la había mirado como la miraría después, en la pensión, pero bastó aquella invitación saliendo de su boca para que algo, un interés diferente, una sensación novedosa, despertara en mí por primera vez.

La primera vez que la visité me hizo pasar a su habitación inundada de ediciones baratas de ensayo y filosofía. Me ofreció un vaso de agua fría: era diciembre, hacía calor, y un poco avergonzada por ese magnetismo que ella irradiaba, acepté y tomé hasta sentirme un barril. La segunda vez que la visité me contó que se había ido de la casa porque sus viejos eran “unos fachos de mierda, el tipo de gente que se cree desprejuiciada pero que en el fondo desprecia a los judíos, a los peruanos, a los trolos.” La tercera yo le comenté que en mi casa las cosas no eran muy diferentes, a lo que me dijo que en esta ciudad, en ninguna casa las cosas son realmente diferentes. Para ella, éramos la generación que tenía que poner los ovarios. Y esa misma tarde, por una vez, estuvimos en silencio. Un zapping casual derivó en la película de Ethan Hawke y Julie Delpy, Antes del atardecer, y Laura me dijo:

—Ves, esta es una película con ovarios.

Nos quedamos calladas, siguiendo los diálogos que ella ya se sabía de memoria (luego me contaría que la había visto seis o siete veces). Yo no podía concentrarme: de repente, éramos como amigas de toda la vida. Me invitó a sentarme en la cama con ella. El televisor estaba ubicado en la pared opuesta, sobre un sostén metálico, y nosotras nos acomodamos contra una fila de almohadones, piernas cayendo al costado, como si fuera un sofá o un futón en vez de una cama.

La película fue pasando y para cuando caía la luz de la tarde, los créditos finales inundaban la pantalla y yo empezaba a perder el miedo a detenerme en los hermosos ojos verdes de Laura, en su flequillo negro… en sus labios gruesos. Estaba viendo a una mujer hermosa, lo supe sin vueltas y no tuve miedo de pensarlo. Bajó el volumen del televisor y me miró de reojo, sonriendo. Me preguntó por qué no estaba de novia. Nunca me preguntó si estaba de novia o no, directamente asumió que estaba sola, y, sí, tenía razón. Le dije que era muy tímida, ella que por qué, yo que me costaba hablar con los chicos, ella que si sos linda, yo que no, que no me parecía, ella que sí, que yo tenía buena figura pero no sabía vestirme.

Y yo que había ido a visitarla con el uniforme de gimnasia.

Me acarició la mano al pasar cuando mis ojos se clavaron en mi estúpida vestimenta colegial. Seguimos hablando de cosas de chicas, como si de repente me hubiera nacido una hermana mayor. Una hermana de ojos verdes. Flequillo negro. El roce era ligero, pero se sentía intenso, cada vez más, y la charla pasó a un tono más íntimo: si alguna vez había besado a una mujer, yo que no, ella que sí, yo que me quedé callada, ella que no me asustara, yo que no, no tenía miedo. Me dijo que sus viejos no lo sabían, pero que ella se había acostado con chicos y chicas, y que no había diferencia. Le pregunté si era bisexual, y me dijo que era Laura, nada más. Se sentía muy mujer cuando estaba con un hombre y se sentía muy mujer cuando seducía a una chica. Me da un poco de miedo, dije con un hilo de voz. No, no te da, o no estarías acá. Yo… a mí me gustan los chicos, dije temblando, de miedo, de pulsión. A mí también, me dijo con una sonrisa, como si todo estuviera claro como el agua. Luego acercó sus labios y me dio un beso suave, cariñoso.  

Comenzamos a vernos más seguido. Nos volvimos algo así como mejores amigas con un secreto. Nos recostábamos, me abrazaba y me acariciaba con ternura, nos besábamos (o mejor dicho, ella me besaba a mí, hasta que los besos se hicieron más profundos y las caricias más eróticas). Después, aprendí que yo también sabía besar a una mujer. Todas lo sabemos, pero nos acostumbramos a pensar que no.

Seguimos viéndonos, un par de veces a la semana, siempre secreto ese novedoso erotismo que era sólo de nosotras. Y si a mí me gustaba un chico, ella me daba consejos. Nunca se ponía celosa: podíamos hablar del chico que me gustaba por horas mientras nos abrazábamos tiradas en la cama, matizando el desamor de mi galán con nuestros propios cariños y toqueteos. Me enseñó como estremecerme de placer, y cómo incluso podía hacerlo yo sola en mi casa. Me leyó artículos que demostraban que en la naturaleza muchas especies no tenían tan claramente definida su sexualidad, y que no hay hombres o mujeres homosexuales, sólo hay actos homosexuales.

Pasaron casi tres meses hasta que se armó la marcha. Era una más del orgullo gay, por el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo. Me dijo que iba a ir, aunque no se considerara homosexual, porque quería ser parte de la lucha, por los discriminados, por las minorías. Quería darle voz a la protesta: había que sumar todas las voces. Le dije que yo no me animaba. Me sonrió y me dijo que hacía muy bien.
Nunca la volví a ver. Excepto por televisión, hace unas horas. Estábamos en casa mirando la tele, tomando un té, y mamá puso el noticiero. Estaban con la marcha, pero la cosa se había puesto fea: un grupo de monos intolerantes había ido a hacer una contramarcha y empezaron los enfrentamientos. Luego llegó la policía y fue peor. A Laura, junto a otros dos de la avanzada, la agarraron a palazos, de un lado y de otro, intolerantes y policías, sin hacer preguntas ni advertencias. En unos minutos se resolvió todo, y para muchos fue sólo otra marcha más que se malograba, pero yo pude ver. A mí la televisión me regaló un primer plano de la cabeza ensangrentada de Laura, mientras la retiraban en ambulancia. Sus rasgos, tan bellos, ahora desfigurados, la sangre de sus ideas surcando corrosivamente sus mejillas y su boca.

Salí de casa buscando una esquina donde llorar. Y lloré mucho, de impotencia, de odio, de miedo, y por supuesto, de dolor. Por Laura. Tuve que venirme al supermercado al fin y al cabo, a comprar alguna cosa que me diera la coartada, para volver a un hogar que ahora ya por siempre será ajeno, y frío, revestido de la inhumanidad de mis padres al no conocerme, al no saber de mi dolor. Pero sobre todo, luego del comentario por lo bajo de mi viejo, que al pasar frente al televisor dijo:

—Se lo tienen merecido por depravados, por putos de mierda.

Así que sigan mirando, mire, señora, mire. Piense que lloro porque me dejó un pibe. Hagan usted, ustedes, 
todos ustedes, sus compras, contentos, seguros, convencidos de que hay un orden que se respeta, de que la moral sigue incorruptible, de que los depravados y los perversos están del otro lado. Mientras, yo voy a dejarme llorar por mi cuenta, donde quiera, cuando quiera, porque al menos tengo esa libertad, el dolor de haber visto apaleada a Laura en la infamia del televisor pantalla plana de mi casa, en el living fastuoso de la familia que con la frente alta sostiene su doble apellido.

Juan Manuel Candal: Argentino, nacido en 1976. Es editor del área de Literatura del portal Leedor.com, Desde el 2010, co-dirige la revista literaria online Otro Cielo. Ha publicado cuentos en antologías y revistas como Pasajes, Esto no es una revista literaria, Axxon, Narrativas, Otro Cielo y Próxima. Antes de mitad de año se estará publicando su primer novela. Contacto: juanmanuelcandal@yorobetunombre.com

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