13 de enero de 2010

La Revolución | Gerardo Soto

En Santiago centro hay un hombre muerto. Yace tirado casi al llegar a Huérfanos con Ahumada, con las piernas recogidas, como imitando a un minusválido pidiendo una limosna, el cuerpo boca abajo, las palmas de las manos de cara al cielo, en una postura bastante forzada incluso para un cadáver. Él venía muriendo hacía mucho tiempo atrás. Se vino desde una ciudad muy lejana del sur del país especialmente para morir en dicho lugar, como un acto de protesta ante la muchedumbre, por su falta de interés colectivo e individual, por su pérdida de la capacidad de asombro pero, por sobre todo, por su falta de humanidad.
Se vino en bus hasta Santiago, luego tomó el metro y descendió en estación Cal y Canto. Caminó agónico por la calle Puente, alcanzó el paseo Ahumada y avanzó arrastrando sus pasos hasta el sector neurálgico en el que ahora se encuentra. Anduvo lentamente entre la gente, la que a su vez lo hacía a la velocidad asesina de un vehículo de fórmula uno o de un ebrio a las cuatro de la mañana conduciendo por la costanera, pero nadie presagió su acto subversivo que se engendraba en sus entrañas; si alguien hubiese podido adivinar sus intenciones probablemente lo habría detenido, o quizás no, quizás simplemente le habría ignorado, dejándole llegar hasta el final con su revolución belicosa. Como aquello fue algo que no sucedió cualquier suposición acerca de este punto no deja de ser simplemente eso, una suposición.
Con sus últimas energías alcanzó por fin Huérfanos con Ahumada. Ahí, entre el trafago de gente, se dio cuenta que finalmente había llegado a su objetivo. Dejó, por ende, que su alma sigilosa abandonase la cavidad inerte de su cuerpo y se desvaneció de un golpe hasta caer en el suelo, ya sin vida, en la posición que aún ahora se le puede encontrar. La gente a su alrededor no lo vio desplomarse, por lo que continuó el paso agitado que le imponían sus distintas ocupaciones. Un mendigo que estaba de pie un par de metros más allá pidiendo limosna sí se dio cuenta, pero pensando que se trataba de competencia le arrojó un escupitajo para ver si así se cambiaba de ese sector que él, desde muy temprano, había ganado para sí.
En Santiago centro hay un hombre muerto. Lleva meses en aquel lugar, sin que nadie note que no le queda ni una gota de vida en sus venas. La gente pasa por su lado haciéndole el quite para no pisarlo, no obstante lo anterior, no todos lo consiguen. Nadie se asombra de ver un hombre boca abajo arrojado inmóvil contra el pavimento caliente. “Es que ya todo se me hace tan habitual” me dijo una vez mi abuelo de ochenta y tantos años, momento en el que ya lo había visto y vivido prácticamente todo, una vez que le pregunté por qué se mantenía inmóvil en su silla favorita durante horas sin hacer nada nuevo. Pero a mí me parece que eso no está bien, no puede ser que nadie se dé cuenta que aún en este especifico momento ese hombre muerto sigue ahí sin que nadie lo note. Por eso es yo que lo sé a veces voy a verlo, me paro junto a él entre la muchedumbre insensible, la que tiende a chocarme cuando me quedo inmóvil en ese lugar obstaculizando su paso. Desde mi ubicación lo observo largamente y siento una enorme pena al verle ahí sin vida. Sé que su revolución ha fracasado, porque él no contó con que ya no hay nada que impacte a nuestros duros sedimentos, es por eso que de vez en vez suelo arrojarle una moneda, para ver si así comienza a moverse robóticamente tal como lo hacen las estatuas humanas de una calle más abajo, posiblemente así me oiga y yo le pueda comunicar que ha fallado, se largue de una buena vez del lugar y muera en cualquier otro más adecuado, donde no entorpezca el libre tránsito de nosotros que estamos vivos.

Escrito por Gerardo Andrés Soto Araya.
Gerardo es de profesión abogado y con intereses literarios, considerándose un lector compulsivo. Lee en todas partes: en la micro, mientras espera en cualquier parte, mientras camina sorteando obstaculos en la calle, cabeza gacha, metido en sus libros. Ganó una mención honrosa en Santiago en 100 palabras el año 2006 y publicó un cuento llamado 'El Angelito', en una Antología de Cuento y Poesía de Mago Editores.
Este cuento fue seleccionado para El Puñal #3.

1 comentario:

Constanza Victoriano dijo...

Envuelve y estremece.
Buenísmo.