9 de enero de 2010

El Pulga Negra | David Santos Arrieta

El primer perro venía del lado norte. La cola cortada. El ojo izquierdo empequeñecido por las lagañas. No llevaba collar, pero si pulgas, pocas, pero pulgas al fin y al cabo. Y picaban fuerte, sobre todo a eso del mediodía cuando al perro este le daba por estirarse en la plaza pública y dormir un rato. Su color negro azabache le caracterizaba, llevaba como siempre la barriga embarrada, y bien podría uno pensar que bajo ese barro tenía otro color, algunos lo pensaban y lo discutían, pero no, el perro era totalmente negro. La gente, en ese común acuerdo que representa el lenguaje, le llamaba simplemente: el Pulga Negra. Este había aprendido a leer criándose en sus primeros años al lado de la puerta del primer año en la Escuela Municipal, alimentándose de las colaciones y sobras de los escolares, esperando siempre los recreos para perseguir pelotas y niños, como si fueran la misma cosa, y al tocar la campana para iniciar o continuar las clases, mirar desde la puerta de la sala a la joven profesora que impaciente se movía de un niño a otro enseñando “la eme con la a, ma, la eme con la e, me” y así sucesivamente. Ese día que caminada desde el lado norte del pueblo hacia la plaza pública, pensaba en por qué desde hace ya tres años no iba a la escuela, bien pensaba que de nada servía, los niños ya no le entretenían, las pelotas le cansaban; habían cambiado a la profesora por una más vieja, menos inquieta, que se quedaba sentada en su pupitre esperando que los alumnos uno a uno le llevasen su cuaderno con la copia terminada. Se había vuelto crítico. El Pulga Negra había aprendido casi todas las letras que enseñan en primer año y sentía poder leer lo necesario para la vida de un perro. En realidad, no sabía leer, creía saber, se jactaba de saber, sabía sí que la eme con la a es ma y que la eme con la e es me, pero más allá sólo entendía que esos símbolos que nosotros llamamos letras, palabras, frases escritas, dicen algo, y de ese algo, algo él entendía, perrunamente. Pero entre perros, como entre humanos, la sabiduría puede aparentarse. Es difícil explicar como un perro que come a veces acá, a veces allá, a veces no come, o a veces rompe las bolsas de basura para chupar un pañal o un toalla higiénica, pueda aprender a leer o qué tanto pueda aprender sobre el alfabeto o qué tanto podía desarrollar su conciencia fonológica, pero lo cierto es que algo sabía, tan cierto como ese mediodía donde el Pulga Negra con su guatita embarrada se acercaba a la plaza a estirar la pata y reposar un rato, mientras que desde el sur contrario, otro perro, anónimo, que cruzaba por vez primera el lugar, aceleraba el paso como quien quiere asegurar un asiento en el bus. Ambos se encontraron de frente en el punto de motas de pasto donde el Pulga Negra solía relamer sus patas al mediodía, todos los días, desde que alguien le había dejado cachorro en las puertas de la Escuela Municipal, a dos cuadras de la plaza.

- ¿Qué haces acá? – se adelantó el Pulga Negra.
- Nada… es decir, miro.
- ¿Por qué no llevas el pecho embarrado? ¿Acaso no sabes leer?
- ¿Saber qué?
- Leer… las letras… el abecedario.
- Oh no, eso es de hombres… yo me salvo lamiendo sobras por aquí, saboreando restos por acá… como tú parece.
- Sí, pero yo sé leer.
- ¿Y qué?

Entonces fue que el Pulga Negra empezó con su perorata muy bien aprendida en la escuela, repetida por el Director cada lunes después de escuchar el huelasilo contra la opresión que tanta gracia le hacía a la joven profesora. La nostalgia de un pasado mejor e inexistente, convertida ahora en verborrea, arropaba al Pulga Negra que se lanzaba contra la ignorancia y la desazón, contra la falta de valores y la soberbia, como quien defiende su equipo de fútbol o su religión. Como quien defiende lo que no es de uno y por lo mismo le pertenece más. Es así como entre los perros, al igual que entre los humanos, la sabiduría puede aparentarse.

-Por ejemplo, mira ese lienzo que cuelga entre esos árboles, ahí se anuncia claramente que se prohíbe a todos los perros entrar a la plaza sin el pecho embarrado; pero como ningún perro sabe leer excepto yo, todos van a sus anchas, libres como si el cartel no anunciara nada, y bueno, donde está entonces la cordura, ¿en el obedecer las normas, lo escrito o en ir por la vida campante mientras todos murmuran detrás de ti diciendo: ahí va el ignorante, ahí va el que no sabe leer, pobrecito, por eso lo perdonamos, porque no sabe leer, porque nunca se educó? Hay que ser alguien en la vida y yo soy el perro que sabe leer y llega cada mediodía con el pecho lleno de barro a la plaza pública, orgulloso de los niños que repetían a coro la eme con la a, ma, la eme con la e, me; orgulloso de la joven profesora que impaciente enseñaba, y siempre, óyeme bien, siempre de soslayo me miraba como diciendo para ti también va esta lección. Y fue así, aprendí.

El anónimo perro simplemente se acostó, no sin antes estirar su columna y saludar al sol.

-Y bueno, ¿Qué quieres que haga? ¿Que me embarre el pecho y vuelva? ¿Que intente mi reposo con la barriga húmeda sólo para evitar el que dirán? Y bueno, ¿Quiénes dirán que soy un ignorante? Acaso los mismos que me negarán un pan y me correrán como quién corre la mala fortuna.

En eso, personal municipal llega a instala un pequeño andamio que les alcanza para retirar el lienzo que en realidad publicitaba el sacar el permiso de circulación en aquella comuna, y que durante años sólo fue corregida la fecha pegando encima la nueva. Nada que ver con perros vagos, que cada vez son más en el pueblo, ni con el barro en sus pechos, ni nada que el Pulga Negra proclamara, así era él, un embaucador que convencía a nadie salvo a sí mismo. Los personeros municipales sacaban el cartel para poner otro que anunciaba el inicio de la campaña de esterilización de mascotas por parte del Departamento de Salud del municipio. Ambos perros miraron la gráfica que acompañaba el texto, una fotografía en primer plano del gato y el perro del alcalde. Luego el texto anunciaba la fecha, horario y lugar de la esterilización masiva.

- ¿Ves? – dijo el Pulga Negra – ahora incluyeron a los gatos.
- Qué más da. Otros pueblos me esperan. Otros solsticios de donde podré ver el sol salir mil veces antes de pasar a la conciencia mayor, se me agrandará en eso el surco de la memoria, cierto, pero lo rellenaré de conversaciones, de imágenes que se impregnan como cicatrices de por vida. Quizás me invité a morir alguna perra entre sus piernas. Ya me he salvado de varios atropellos, me he escapado de familias que intentan adormecer mis piernas que todavía no se cansan. Quisiera perder todo el barro que se me pega en invierno en calles donde escuché por primera vez historias y peroratas como la tuya. Y otras tan distintas a las tuyas, que son imposibles de nombrar ahora. Quiero ver el mar, la montaña y la luna, todo de una vez. Y morir ignorante de letras pero sabio de vida.

El Pulga Negra le mostró sus dientes, paró su cola cercenada, sus patas daban los temblores que anticipaban el brinco. Se supo nublado desde adentro. Recordó la voz de la joven profesora diciendo niños, no peleen, pero el calor naciente de su pecho desprendía el barro, poco a poco, como quien escupe lentamente desde arriba de un puente esperando que el escupo choque con el parabrisas de un auto, pese al sentido común, pese a las advertencias. El perro anónimo ladró primero y se lanzó al cuello de su oponente en una furia que hizo saltar hasta el sarro acumulado en sus colmillos. Los funcionarios municipales fumaban arriba del andamio. Los perros se cruzaron en una pelea en el pasto de la plaza pública, a dos cuadras de la escuela, en medio del pueblo que era todo el mundo del Pulga Negra. Los ladridos apuraban las miradas de quienes paseaban por ahí, apuraban sus voces que aferraban a los niños diciendo no te acerques, no te acerques. Los ladridos eran uno sólo. Una furia que alguien intentó definir como un viento de esos que arrancan techos. La pelea los llevó de una esquina a otra de la plaza, en una disputa que no entendían muy bien, pero consideraban necesaria. Los funcionarios municipales fumaban y reían, apostaban en sus interiores, ellos no hablaban, daban gritos como si las peleas y las carreras de animales fueran lo mismo.

El Pulga Negra se retiró herido en sus dos orejas, todo el barro desprendido de su pecho marcaba un camino discontinuo e incoherente. Miró el rastro del barro y creyó leer algo en ello. Volvió tímido a la Escuela Municipal, pero en ella los niños ya no corrían tras una pelota. Miraban pantallas. De celulares, de notebook, pantallas al fin y al cabo. La profesora bebía café solitaria en su sala. La escuela era resguardada por guardias de seguridad. Sangró y cojeó hasta que la sangre por si sola paró, y su caminar también, todo bajo la sombra de un algarrobo en una calle no pavimentada del pueblo. Miró la calle y la desconoció, desconoció las casas, sus colores, el ruido de alguna radio a todo volumen, incluso al cielo que se había nublado. Pensó en su enemigo, pensó en la necesidad del barro. En lo desconocido que puede parecer todo cuando el calor se nos sube a la cabeza y no queda más que avanzar, o huir. Pensó en la fragilidad del tiempo que nos parece tanto pero no es así. Cansado miraba su pecho negro azabache, hace mucho tiempo que no estaba tan agitado. Entonces, comenzó a buscar barro, miraba sin avanzar buscando barro, pero pese a la tierra, a lo nublado, a ser ya la hora del día donde la gente suele regar las calles, no había barro. No podía volver. No podía levantarse. Una voz inquietante, una amalgama de gente; el director, la joven profesora, algún tierno y tímido niño, los funcionarios municipales, el pueblo, el alcalde, la señora que una vez a la semana le daba los restos de la cazuela, todos le decían ni pienses en volver a la plaza sin tu pecho embarrado. Y no pudo. Sus frágiles patas no se pararon, pese a la inquietante imagen de un perro anónimo, preparándose para un viaje, sin el pecho embarrado, estirando su cuerpo al mediodía en la plaza pública, a dos cuadras de la escuela, bajo el cartel que anunciaba lo prohibido y bajo la mirada de los funcionarios públicos que no hacía nada, salvo fumar y colgar lienzos anunciando la esterilización de los animales.






Escrito por Davida Santos Arrieta.
Nacido en Sntiago en 1979, actualmente vive en Monte Patria, IV región, con una mujer, su mujer, nueve años mayor. Tiene 30 años y usa frenillos. Es Psicopedagogo y escribe cuando tiene tiempo y ganas. Ha publicada Mirándome a los Ojos (2005), Mirando el tiempo con ojos de cristal (2006), proyecto FONDART de fotografía patrimonial, y el texto poético Ay, Sí (2006) con el que obtuvo la beca de creación literaria del Fondo del Libro. Además es creador de Lagartija Ediciones, editorial naciente.


El texto El Pulga Negra fue seleccionado para El Puñal #3.

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