21 de junio de 2008

CINZANO

El Cinzano

Yo viví en la ignorancia hasta hace poco, hasta cuando me volví visitante asidua de Valparaíso. ¿Será que ese encanto te atrapa? ¿O será porque llevas en la sangre el gusto por los boliches, los barrios pobres y las canciones cebollientas?
Es una época dónde todos esos lugares viejos como el café Riquet, El Rincón de los Canallas (Barrio San Diego), el Hotel Carrera (Plaza de la Constitución), son absorvidos por la nada para transformarse en oficinas, boliches con carteles fosforescentes y de mal gusto, lugares abandonados. Me gusta lo antiguo y a veces siento esas pérdidas y el poco respeto hacia lo verdaderamente histórico, los personajes que habitan esos lugares y los clientes que los visitan.
Decidida a conocerlo antes de que lo echaran abajo, visité el Cinzano acompañada de mis amigos. Debo confesar que esa primera vez fue estresante, ya que luego de estar toda la mañana y la tarde subiendo y bajando ascensores, caminando por las calles del plan, quieres disfrutar en silencio de una buena comida. Entonces nos encontramos con un lugar lleno con una única mesa desocupada cerca de la entrada (lo que significa una mesa fría), un garzón que se rehusaba a atendernos y un plato de comida que se rehusaba a aparecer servido. Podemos agregar a eso, un show realmente típico: sus cantores.
Un ciudadano sofisticado, habitante del mundo, quedaría con una impresión agria, el ruido, la entonación, la voz "aguardentosa" de los artistas, el ruido otra vez. Es necesario esperar a los segundos pensamientos para terminar entregándose de lleno a la magia del lugar. Esa primera vez fue desagradable: comimos rápido y sólo queríamos escapar.
Mucho tiempo después regresé, sí, regresé, y lo que vi allí me dejó encantada para siempre. El mantel re-usado, el pisco sour, la sopa con poca sal, y nuestro cantante. Nos sentamos frente a él y no hicimos más que aplaudir y aplaudir. Seguramente los años pasaron sobre mi haciéndome más tolerante, pero amé los muebles, los empapelados de mal gusto, la intervención en su arquitectura.
La comida no es nada del otro mundo, nada de esos "fusión design de autor" tan de voga. La loza picada, los cuchillos simples, los platos saltados. Las papas cocidas, pescados fritos, entradas de lechuga con jamón, chorrillanas. Hay para todos los gustos... Los tragos son los mismos que en todo bar, la verdadera gracia está más allá del vaso: en el señor que prepara el sour y el ritual de la coctelera; en el que pica las frutillas para mezclarlas con el pipeño.

Hay que visitarlo antes de que muera o visitarlo antes de morir.



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