4 de noviembre de 2010

Viajantes de Comercio | Paul von Leopold, Colombia - Alemania


Todos somos viajantes de comercio. Hemos vagado por el mundo desde que caímos aquí, como extraños entre extraños. No recordamos ya quién fue el primer hombre (fue una memoria que se desvaneció en la novena generación) pero intuimos, sospechamos y tememos saber quién será el último. Pero no podemos mirar hacia atrás. Cualquiera de nosotros puede serlo. Como buenos viajantes de comercio hemos recorrido todas las estepas y todas las colinas. Hemos ido de puerta en puerta. Hemos visto todos los rostros y olvidado todos nuestros rastros. Alguna vez, hace muchos años (algunos dirían hace muchos siglos o hace cinco minutos), salimos de casa y no pudimos recordar el camino de regreso. Incluso la palabra "casa" se extinguió con el pasar de las horas. Fuimos olvidando todo cuando dejamos de escribir. Sólo la música ha sobrevivido. Una música atonal.

Yo digo que nuestro pasaje por esta tierra desértica que hoy languidece en la peor pesadilla de H.G. Wells (o en el mejor sueño de Tarkovski) ha terminado. Presiento que soy la última de la fila (o me reconforta pensar así). Llevo la maleta más pesada aunque no parezca: en ella van las memorias de nuestra especie: un disco, una película, una novelas y dos poemas. En esos dos poemas están condensadas las primeras y las últimas palabras que resumen y tergiversan nuestro paso fugaz por esta tierra. Hoy en la mañana leí por última vez el primer poema y logré aprenderme sólo una parte. Es de Fernando Pessoa. Se llama Tabaquería.: "...siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie/ siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra...". La novela es de Alonso Quijano. En cuanto a la película y el disco, hace rato no tenemos dónde verla ni escucharlo (su título es Ascensor para el cadalso). Pero yo las cargo porque me dan fe. Yo soy el único que guarda estas cosas inútiles en su maleta. Los demás, los que se han atrevido a guardar algo hasta el final, han preferido conservar cosas útiles: herramientas, ropa, enlatados, planos, relojes, espejos y una que otra brújula.

Cuando esté al borde del precipicio y el abismo sea libertad. Cuando no haya nadie detrás de mí ni adelante. Cuando todos se hayan ido, ¿qué seré? ¿Seré realmente el último hombre/ la última mujer? ¿Y qué seré después de ser el último hombre/ la última mujer)? ¿una Nada?, ¿la Nada? ¿el espectro del último hombre/la última mujer sobrevivirá en las penumbras...? y, el hijo que viene dentro de mí, ¿qué será de él/ella...? ¿dónde fue a parar Dios? ¿dónde están los dioses en esta última parte de la historia? Después de muertos, después de que los matamos, ¿a dónde se fueron? ¿Quedará alguien después de mí? ¿Habrá alguien más que viaje en ese ascensor? ¿será un mensajero de los dioses o de los hombres? (¿o de los dos?) ¿irá hacia ellos o hacia nosotros? La última vez que se utilice ese ascensor, ¿subirá o bajará? ¿Quién contará esta historia? Tantas preguntas sin respuestas. Ya al borde del precipicio, entre la niebla y el smog brillante, veo unas extrañas figuras aladas que se alejan. Antes de lanzarme al vacío final (o a la "secuencia inicial"), sacó de mi maleta el segundo poema que guardo y lo leo en voz alta, aunque ya nadie me escuche: Límites de Borges: "...creo en el alba oír un atareado/ rumor de multitudes que se alejan;/ son lo que me han querido y olvidado;/ Espacio y tiempo y Borges ya me dejan..."...
 

Paul von Leopold (heterónimo de Alberto Bejarano) nació en Bogotá. Es filólogo de la Universidad de Lübeck ya en la etapa de pensión. Se radicó en Europa en 1978.

1 comentario:

GABRIELA AMAR et al... dijo...

Se siente uno extraño tratando de buscar las imágenes apocalípticas de este cuento. De repente se me vino a la mente la cara de Dustin Hoffman.