4 de noviembre de 2010

Llévame contigo catrina | ‌Agustín Azcona Hernández, México


I

Laura tiene una sonrisa de sol en otoño. Hace siete años que se separó del padre de sus hijos porque se cansó de sus malos tratos. Desde entonces vive con la familia de su hermana y trabaja dos turnos como archivista. Es mi compañera de escritorio en la empresa donde me encargo de la contabilidad. Todos los días se levanta a las seis de la mañana y cada día se siente más cansada del día anterior.

La primera vez que platicamos fue hace tres semanas. Aunque laboramos en el mismo departamento y conocemos nuestros nombres nunca habíamos entablado una conversación. Es increíble que en una empresa de doscientos empleados solamente conozcas el nombre de unos cuantos, de alguna forma te pierdes en la dinámica que impone el trabajo y cada vez te despersonalizas más. El pretexto para platicar con Rivera (así la llaman en la oficina) fueron los preparativos para celebrar el día de muertos. A nuestro jefe se le ocurrió la genial idea de que, para lograr un mejor entendimiento en el trabajo en equipo, deberíamos acudir disfrazados de algo alusivo a “halloween”.

A mí que nunca me han gustado ese tipo de celebraciones, su propuesta me pareció de lo más aberrante, así que manifesté que esa moda extranjera estaba muy alejada de nuestras costumbres y tradiciones. Algunos compañeros coincidieron conmigo. El jefe me asesinó con la mirada. Laura guardó silencio. Finalmente el jefe impuso su voluntad y además nos designó, a Rivera y a mí, para comprar los inevitables adornos.

"La Catrina Calavera" (1913) Autor: José Guadalupe Quezada. Dominio Público.
II

El viernes previo a la celebración nos citamos en el Sanborns de La Fragua. Rivera llega puntual con un vestido entallado blanco que resalta sus piernas. Platicamos ampliamente y ella dice sentirse un poco mal. “Estoy preocupada porque mis hijos están al cuidado de mi ex marido y sus hermanos, así lo convenimos los dos porque por falta de dinero no pueden estar conmigo. No sé que pasará el día que terminen sus estudios, estoy segura que se cerrará un ciclo y se abrirá otro en el que obviamente yo no estoy incluida”.

Rivera me cuenta de sus dificultades para terminar la quincena, lo que la ha obligado a iniciar una caja de ahorro en el trabajo y vender tupperware. “Me duele ver a mis hijos sólo unos minutos a la semana”, dice mientras sus ojos se humedecen.

Me permite tocar su mano, está un tanto fría. Me corresponde con una sonrisa entre tímida y agradecida. Yo tomo la iniciativa y la beso levemente en la comisura de sus labios.

La tarde trascurre en un hotel de la colonia Buenos Aires, en donde descubro un tatuaje de media luna en su hombro izquierdo. Gozo besando su cuello. Rivera cierra los ojos, siento como su cuerpo se estremece al contacto de mi lengua con su pecho. Mis manos desabotonan el entallado vestido en una maniobra que tiene su principal atractivo en el contacto de mis dedos con la desnudez de su cuerpo.

III

La siguiente tarde nos citamos en un café cercano a la oficina. Trato, sin proponérmelo, de que Rivera olvide por un momento el tema de sus hijos, de que olvide que el pedido de tupperware se retrasó una semana, que los clientes son groseros. Me trazo como objetivo que se olvide un poco de la monotonía de su vida, (nuestras vidas) incluso improviso algunos chistes. Ella me mira a los ojos, entusiasta, y me agradece que la escuche. Yo me siento un poco mal del papel de payaso que divierte. Esa tarde no termina en un hotel. Acompaño a Rivera a la casa de su hermana y nos despedimos con un largo abrazo.

IV

El día de muertos en la oficina fue patético. Nos organizamos por equipos y se propuso un concurso de disfraces: tres botellas de tequila a quienes ganaran. Mi equipo, como es obvio, no figuró entre los mejores y hubo favoritismo para el gerente general. Además se vio lo inevitable, compañeros vestidos de freddy krueger, scream, etc. otros con falsas camisas ensangrentadas pintadas con cátsup, muchos, muchos más como diablos. Uno destacó por hacer un homenaje a Michael Jackson. Yo sólo atiné a ocultarme detrás de una mascara de demonio.

A los pocos minutos de terminado el concurso se inicio un baile y me sentí fuera de lugar, incómodo, realmente miserable en medio de una festividad que siempre he criticado. Mis compañeros en cambio eran felices. Bailaban y hacía bromas. Verdaderamente me sentía en el lugar equivocado y estaba a punto de salir corriendo. Fue entonces cuando alguien se me acercó y me dijo que la próxima canción la deberíamos bailar: era Rivera. Estaba bellamente disfrazada de catrina, vestido negro largo con vivos de color morado, bordado en lentejuela y satín. La cara pintada de blanco con aspecto cadavérico. Realmente recobraba la tradición mexicana y además se veía muy bien.

La catrina me toma de la mano y me conduce al centro de la pista. Me agradece que la haya escuchado, te debo la vida, me dice. Yo respondo diciendo que no me debe nada. A su lado me olvido de todo. La tomo de la cintura y la aprieto hacia mí. En el fondo pienso que nada cambiará en nuestras vidas, seguirán siendo igual de monótonas, tristes y deprimentes. Tal vez mas adelante se presenten los reajustes de personal, los despidos, el cierre de la empresa, la hora de la liquidación, las demandas laborales. Tal vez Rivera nunca recupere a sus hijos, o los recupere para perderlos otra vez. Pero en este momento me siento muy a gusto bailando con la catrina. Me lleva la calaca, la huesuda, la tía de las muchachas. Sí, catrina llévame contigo, lejos, muy lejos de aquí…

Agustín Azcona Hernández es oriundo de Ciudad de México, nació en 1967. Es sociólogo de la UNAM y redactor. Ha colaborado en algunas revistas literarias como La Culebra, Molino de Letras y Letralia. Es primera vez que lo publicamos en El Puñal.

No hay comentarios.: