Intrusos | Raúl García


Amanece. A pesar de que la luna menguante pero obstinada sigue imperturbable al costado de un cielo azul claro y ausente de nubes. Y aunque el sol no aparece, el lago se va iluminando y el ambiente va ganando temperatura después de una noche innecesariamente fría.
Recargado al filo de la ventana, desde la modesta habitación situada en lo más alto de esta colina con forma de hormiguero, ante mis ojos aparece el pueblo completamente rodeado por aguas serenas y turbias.
Desde aquí puedo observar las pequeñas embarcaciones que abandonan la orilla en grupos de cinco y ocho. Se adentran en el lago, elevan al aire sus redes con forma de de alas de mariposa para luego hundirlas en el fondo y levantarlas cargadas de peces que luchan inútilmente por escapar de una muerte segura.
Las primeras campanadas de la misa de seis consiguen que vuelva la mirada hacia la torre de la pequeña iglesia incrustada entre las casitas de techos rojos y paredes blancas. Es entonces que las cocinas de los pequeños restaurantes, distribuidos a todo lo largo de la gran escalinata que baja desde la monumental estatua de Morelos hasta los muelles, empiezan a exhalar columnas de humo grisáceo que van invadiendo el aire con un olor a pino fundido. Poco a poco, los Purépechas van saliendo de sus casas y sin destino aparente caminan decididos y con prisa. - El pueblo ha despertado -alcanzo apenas a escucharte entre la brisa.
Es domingo de pascua y dentro de pocas horas la paz cederá al barullo de los turistas que abarrotarán las calles y las pequeñas plazas para ver a los niños, que ataviados con máscaras de viejitos y sombreros de paja, bailarán felices al ritmo de violines eternamente desafinados mientras sus padres intentarán conseguir algunas monedas a cambio del espectáculo.
Desfilarán por doquier tropas de niñas con trenzas adornadas de listones coloridos, vendiendo artesanías miniatura y dulces de tamarindo dispuestos en jarritos de barro negro pintados con flores, abusando, por ser día de fiesta: "¡A cinco la bolsa con diez!".
- Seguramente será imposible encontrar un lugar disponible para comer. -suspiro.
De todos los pueblos que visitamos en México, siempre encontraste la forma de convencerme para regresar justo a éste. En realidad, nunca me importó, yo siempre he venido sólo por ti. Es hasta hoy que a través de tu esencia, intento descubrir la magia con la que te cautivó.
De regreso en el interior de la habitación, recojo mis últimas cosas con la intención de prepararme para salir y justo al llegar a la puerta me detengo a mirar por última vez la cama deshecha y perturbada por almohadas y sábanas abandonadas al azar, pero aún capaz de dar testimonio de la noche que de todas las formas posibles, apenas terminó.

Te dejabas acariciar. Desnuda y boca arriba, con el cabello derramado sobre los hombros enmarcando tu cara de niña inocente y con tus ojos rotundos y buenos observándome tocar con los labios tus senos, mientras yo sentía una deliciosa calidez invadiendo toda tu piel.
Tu cuerpo se erizó y reíste nerviosa.
- Vas muy aprisa ¿Cuándo me vas a escribir un cuento? -me preguntaste fingiendo apatía.
- ¿Tú crees que le escribo cuentos a todas mis novias? -te contesté riendo con la intención de hacerte rabiar.
Gruñiste tratando de escapar de mis brazos pero no lo permití. Me abrí paso por tu pecho, rocé con malicia tus hombros y manos, besé tu abdomen y me deslicé entre tus piernas para hacerte gemir de placer hasta que éste se volvió insoportable.
Me empujaste el pecho con las piernas y te montaste encima de mí. Te tomé de las caderas encabritadas mientras galopaban sobre las mías con violencia frenética. Yo intentaba entretanto despejar el pelo de tu rostro, pero sacudías el cuello impidiéndomelo adrede.
– Quiero ver tu cara. -exigí.
- ¿Qué es lo que mas te gusta de mí? -me desafiaste orgullosa.
- Todo. -te mentí mientras de tu garganta escapaba el último aliento de placer.
Caíste rendida sobre mi pecho y te abracé como siempre. Más tarde te acurrucaste a mi lado y tomaste el libro de cuentos que te regalé.
- Dejaste la ventana abierta, tengo frío.
- Esa era la intención -sonreí.
No quería dejarte leer y haciéndote cosquillas me puse a jugar con tu pelo intentando distraerte mientras te canturreaba: - "Eva tomando el sol, besos, cebolla y pan, ¿qué más quieres Adán?"
- No molestes. -chillaste sin apartar la vista del libro - No me gusta esa canción.
- ¿Por qué? -te contesté como si no supiera ya la respuesta.
- Ya te lo he dicho muchas veces, es muy triste.
- Bueno y dime. ¿Cuál cuento estás leyendo?
- ¡Dis-leur de ne pas me tuer!
- Ah sí, muy interesante, pues no se cuál es ese.
- ¡Dis-leur de ne pas me tuer! –repetiste riendo a carcajadas.
- Come mierda -grité bromeando y te arrojé la almohada mientras salía de la cama para encender un cigarro cerca del balcón.
- Deja de fumar y cierra esa ventana que tengo frió, ¿qué significa horcón?
- Es un ahorcado gordo. -reí - ¿Qué no sabes español?
- Pues sé más español de lo que tú sabes francés.
- Eso es porque te la has pasado de vaga por México pero todavía tienes un terrible acento chillón y afrancesado.
- No tengo ningún acento, y sé español porque soy muy inteligente.
- Bueno Sofía, olfatear el libro cada vez que cambias de página no te hace ver muy inteligente.
- Huele rico -sonreíste - Además, si me escribieras más cuentos, sabría más español. Y me llamo Sophie, no Sofía, que así se escucha mal.
- Pues significan lo mismo y no te quejes, que tú eres la primera que lee todo lo que escribo.
- Sí, pero hace mucho que no escribes para mí, no es lo mismo. ¿Por qué ya no me escribes como antes? ¿Ya no sientes nada por mí?
- No seas boba, ¿qué tiene eso qué ver? Sabes bien que te quiero.
- Sí, pero ya no es igual. Antes escribías cuentos acerca de nosotros y en París me prometiste uno especial, uno que hablara del futuro que tendríamos algún día, cuando viviéramos juntos.
- ¿A qué viene ahora todo eso? ¿Estás discutiendo por nosotros o por un cuento?
- Pues tal vez era sólo un cuento, pero lo prometiste.
- Y tengo dos años pidiéndote que te vengas a vivir a México. ¿Qué tal tu cuento?
- ¿Ah sí? ¿Y qué pasó con el pequeño asuntito que ibas a resolver antes de que viniera? ¿Ese era otro cuento?
- Ya no sé ni de qué estamos hablando.
- Yo tampoco. -chillaste enojada arriscando la nariz.
Ya no supe qué más decirte y te volteaste para darme la espalda tapándote con la sábana.
Me pregunto si algún día te acordarás de todo esto. De lo que sí estoy seguro es que ignoras que me quedé observándote un largo rato mientras dormías. Pensé varias veces en despertarte y hablar contigo pero no me atreví. Vencido finalmente por el sueño, me acosté de nuevo a tu lado y te susurré al oído:
- Lo que más me gusta de ti, es tu cara de niña traviesa.
Sólo contestaste con un leve quejido.
Desperté solo y al borde del colchón. Miré con extrañeza el libro de Rulfo tirado en el piso y estiré una mano para alcanzarlo. Sobre la pasta leí tu mensaje escrito con pintalabios:
¡Dis-leur de ne pas me tuer! ¡A jamais!
Dejé la cama y todavía adormilado me fui percatando de todo. Daban cuenta de tu huída, la ausencia de tu maleta y de tus cosas de baño. Sobre la mesita de noche, solitaria se enfriaba la taza de café que seguramente bebiste mientras yo dormía. Furioso, la lancé contra la pared convirtiendo en añicos el último vestigio de tu presencia.
Encendí un cigarro y maldiciendo me asomé por el balcón, no sé si con la absurda intención de buscarte entre las callezuelas aún a oscuras. De todas maneras, no te encontré.
Regresé a la cama e intenté calmarme pensando que seguramente sólo sería una más de tus rabietas.
Lo cierto es que no regresaste. También es cierto que no volvimos a vernos jamás en ningún otro sitio.
Evité por mucho tiempo regresar a este lugar porque esperaba hacerlo como siempre, contigo. Pero después de todos los intentos por contactarte, me fui haciendo a la idea de haberte perdido para siempre.
Llegué ayer por la tarde. La noche me embriagó con una tristeza inerte y me escondí entre sus sombras hasta que la mañana me sorprendió recargado en la misma ventana desde donde te observé por última vez hace ya muchos años.
Con las horas, la habitación termina de iluminarse. El balcón sigue abierto y el viento entra con frías bocanadas de yerros añejos seduciendo a las cortinas en un juego de luces y sombras sobre la cama que ahora adquiere un talante más parecido a la nostalgia que a la desesperanza. Todavía frente a ella, dejo caer mis cosas al piso y extraigo de mi maleta el último intento por cumplir una vieja promesa.
Regreso al balcón y me siento a observar a Janitizio danzar en el día de la resurrección - "No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso" -silbo la canción que nunca te gustó.
¿Cuándo te voy a escribir un cuento? Ahora mismo.



Escrito por Raúl García.
Cuento publicado en la revista de la Escuela de Letras de Madrid. Raúl vive en Nuevo León, México. Su blog, donde puedes encontrar más de su trabajo es
http://raulgarciardz.blogspot.com/ .

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