17 de marzo de 2010

Servicio Nocturno | Rodrigo Suárez Pemjean

Eran más de las dos de la madrugada, cuando Atilio Hernández detuvo la ambulancia frente al cartel que decía "Servicio nocturno continuo". Dos quiltros levantaron sus cabezas de la caja de cartón que algún vecino había puesto bajo las ventanas tapadas de mugre. El ruido del motor los había despertado. Atilio salió del vehículo frotándose las manos. Era bajo, de calvicie vigorosa. Portaba lentes de marco oscuro y rectangular. Vestía una bata de laboratorio que llevaba varios días sin lavar. Se demoró en la vereda para sacar el maletín del coche. El viento arrastraba el frío del mar por la calle.
Se puso al abrigo del zaguán y por un rato se entretuvo en morderse las uñas de su mano derecha. Terminó la tarea cinco minutos después. Se limpió la mano en la bata antes de abrir la puerta y entró a la oficina. Una lámpara de mesa iluminaba la papelera, una porción del piso y el escritorio. El dueño estaba sentado detrás, pero con la luz no alcanzaba a ver su rostro. Solamente el enorme bulto de la camisa bajo la corbata negra y grasienta. Escuchó el ruido de succión que el hombre hacía al meter el labio por debajo de los incisivos. Entre los muchachos de las ambulancias, era el Sapo. En la tienda, Don Saúl.
El Sapo guardó las gafas y examinó a su emisario. La luz de la ampolleta resaltaba el tinte de lavaloza barato de su cara. Las cejas y los bigotes caían en picada, dándole un cierto aire de mongol demasiado viejo para el combate. Esperaba que le diera la orden.
—¿Y cómo te fue esta semana? —preguntó sin salir de las sombras. Atilio hizo aparecer un cuaderno de su bolsillo.
—Rigoberto Gallardo, viudo de Alma Carreño, en paz descanse, contacto telefónico, email. Lo llamará en el transcurso del día para contratar servicios. Familia Asenjo, expresa interés para finiquitar al fallecido Guillermo Asenjo Retamales, paz descanse, contacto telefónico. Hay tres nombres más. Todos tienen sus fichas al día, Don Saúl.
—¿Y los certificados? Te los conseguiste, me imagino.
—Todo en orden, señor. Aquí los tengo — Atilio sacó un portafolio del maletín y se lo entregó a Saúl. Logró hacerlo sin perturbar el círculo de luz que lo separaba del Sapo. Sólo lo necesario para introducir su mano amarillenta, pero alcanzó a sentir el roce del brazo desnudo que emergió para tomar la mercancía.
—No te comas las uñas, hombre —el reproche del Sapo lo sorprendió desagradablemente. Su esposa le había dicho lo mismo durante años.
—Cómo diga, señor.
Con paciencia, esperó que el Sapo revisara uno a uno los documentos. Después sacaría un talonario del segundo cajón, extendería un cheque por la comisión y podría irse hasta la próxima semana. Pero todavía faltaba pedirle otra cosa.
Don Saúl guardó los papeles y buscó la chequera. Por el rabillo del ojo, notó que Hernández estaba preocupado por alguna razón. Quizás fueran remordimientos o culpas, pero no interesa. Firmó el cheque. Sin embargo, no se apresuró en cortarlo. Atilio se balanceaba sobre un pie y después sobre el otro.
—¿Por qué te quedas ahí bailando? ¡Toma tu plata! —El paramédico se apresuró en agarrar el papel antes de que fuera muy tarde. Revisó la cifra cautelosamente. No era suficiente. Pero el Sapo se había alzado repentinamente del asiento como un hipopótamo saliendo de su pozo favorito. Imposible reclamar ahora. Mientras se le acercaba, metió la trompa por debajo de los dientes y se chupó la saliva. Atilio supo exactamente lo que pensaba.
—¿Cuándo piensas traerlo por acá? —le preguntó, mirando las luces del puerto que se filtraban por entre el polvo.
—¿Al candidato? —El Sapo lo miró como diciendo “quién más va a hacer, idiota” y se apresuró en contestar—. Pero…si está muy verde todavía...señor.
—¿A qué le tienes miedo, Hernández? —escupió el Sapo—. Solamente quiero echarle un vistazo.
—Es que tengo que destetarlo. Viene recién saliendo de la Universidad. Se pondrá sospechoso y capaz que suelte la lengua.
—¿No me habías dicho que hace un año que pateaba latas en Playa Ancha?¬
Los ojos del Sapo se juntaron. Atilio podía oler la cerveza en su aliento. ¿Quieres que se nos reviente el negocio, viejo cabrón? La frase no logró atravesar su boca. Había cerrado los labios de pura rabia y miedo.
—Sí, señor, pero de todas maneras aún tiene ideas metidas en la cabeza. Quería ser médico, imagínelo, don Saúl. Tengo que convertirlo para le sea útil. No sacamos nada con espantar la gallina antes de que ponga los huevos.
Atilio intentó una débil sonrisa con la esperanza de convencer a don Saúl.
— Ojalá no se mate como el otro, Hernández— dijo entre dientes.
Cómo si yo hubiese tenido la culpa, pensó Atilio y con rabia agregó: —Al Canija no le pasaban balas. El cuero curtido, duro, así era él. No había nada en la ambulancia que lo hubiera podido llevar a cortarse las venas como lo hizo.
—¿Y qué crees tú que le pasó, Hernández? —el Sapo lo embistió con sus ojos verdes. Parecía llenar la sala entera con su masa. Atilio retrocedió unos pasos hacia la puerta.
—No sé, señor. — balbució—. Penas de amor o deudas. Quizás tenía alguna culpa escondida.
—La procesión va por dentro —el Sapo volvió de a poco a su estatura habitual. Contempló al paramédico con una indiferencia fingida. Era valioso a pesar de lo mucho que lo despreciaba. Sabía hacer su trabajo. Ahora quería estar solo. Miró hacia fuera y se dio cuenta de lo sucio que estaba la vitrina. Ni siquiera podía leer el anuncio, Funeraria Jardín Eterno.
La lluvia comienza repentinamente y la ventisca casi bota el cartel de la ventana. Los quiltros se despertaron de nuevo y el más chico ladró tres veces como si reclamara contra la injusticia del clima, pero, luego, con un gemido trató de acurrucarse junto a su compañero. Las gotas empezaron a caer sobre los dos.
—Antes de irte, deja entrar a los perros.



Publicado en La Mancha 15/UNO
Foto desde http://estaciudadquemehabita.blogspot.com/2009/12/como-esos-perros-mojados-que-me.html

2 comentarios:

Manchados dijo...

Nuestro mundo - o sistema - está formado de otros miles de micromundos que representan cada cual, un universo propio. Esto bien se refleja aquí: un relato ambientado en el "sub-mundo de los buitres", como suelen ser llamados, que no deja de ser tan válido como cualquiera. El escenario es cómplice de los hechos que, a medida que avanza la lectura, dejan de ser buenos o malos. Tan sólo SON, y ello es suficiente. Baste para ello, el último gesto del sapo.

Saludos

elisa...lichazul dijo...

he disfrutado de tan buen texto, no soy de los analisis técnicos
hablo como simple lectora:=)

submiradas que se entrelazan con acierto llevan a leer sin cansancio
y eso para mi es muy bueno

besitos