14 de marzo de 2010

Astillas | Marcelo Munch

Fue que medio perdido al hacerme camino entre ramales llegué al jardín de esa casa y la anciana a lo lejos en el umbral de su puerta trasera me saludó y me pidió ayuda. Y no era más que mover un simple macetero y me sonrió y le ayudé también con acomodar unos palos y barrer un poco esa parte del patio. Y ella agradecida me hizo pasar a su cocina y me preguntó de dónde venía, y al responderle, ella se quedó con la boca abierta. Me contó con una taza de té que años atrás su hermana había muerto en Chile, “estaba enferma, quiso tomar un crucero porque sabía que le quedaba poco”, años más tarde el hijo fue con su toda su familia a conocer el país donde había fallecido su madre. Y la anciana me mostró aquellas fotografías del sur, de la costa, de Villarrica, y me habló de su hermana, y me contó otro montón de cosas, “y yo no sé por qué razón estás ahora tú aquí”, dijo ella mirando a lo lejos por la ventana mientras nuestras tazas de té nos contemplaron en silencio.
Cuando me despedí de ella y al salir de su jardín, descubrí un arbusto de romero a mal traer, y lo levanté y lo afirmé al muro, y mientras me alejaba, ella se me quedó mirando como si aún tratara de adivinar la razón por la cual ese día me tuve que aparecer allí.
Miro ahora fotografías, escucho las noticias desde Chile, veo el desastre, cada nueva imagen que llega es peor que la anterior, a la catástrofe inicial le ha secundado lo peor del daño y sus consecuencias, no reconozco esos fragores, como si hubiera salido toda la mugre del mundo desde debajo de la alfombra, todo un país, mi país, envuelto en ruinas y porquería, destrozos por toda parte, desconexión total, pillaje oportunista, cobardes blindándose de culpas, gente que camina sin rumbo como entes y almas en pena sobre sus casas y un litoral que fue borrado, la fragilidad abierta de un país enajenado por un sistema depravado que te tiene convencido de salvar el culo primero pisoteando a quien se te ponga en frente. Siento un dolor espeso como una herida abierta, siento rabia de puño, impotencia por la distancia, vergüenza por haber priorizado tener noticias de mi madre mientras que otros aún no saben nada de los suyos y lo perdieron todo. Entonces la nobleza, esa cosa tan surrealista y discordante tan propio de esta tierra, los gestos de entrega pura, el sacrificio silente, la mano abierta, la compañía fraterna al otro extremo del mundo, la memoria. Ayer pude ver algunas imágenes y fotos de mi amado Tirúa, todo fue arrasado y hecho trizas, el tsunami lo desbastó todo, ese tsunami que dicen que no existió. Es increíblemente triste tener la certeza de que esas fotos que saqué ese año y medio que viví allí, son de un lugar que como era ya no existe, y que ya cambió para siempre.
Han pasado 4 años desde que estuviera con aquella anciana y por cuarta vez traté de llegar a aquel jardín, pero no lo logré. A veces pienso que me lo imaginé todo, la anciana, sus fotografías, me cuesta creer que haya sido cierto que una señora inglesa me haya dejado a mí, un desconocido, entrar a su casa, me cuesta creer aún más que un inglés me haya contado una parte tan importante de su vida.
A lo mejor todo es un documento, mensajes inocentes sin idea de tiempo ni papel, cartas enviadas al futuro, esquirlas de lo que dejamos escurrir como parajes secretos sin episodios ni racimos que los hayan sostenido al menos por un instante para degustar su subterránea nomenclatura, y que tan solo depende de nosotros, del ínfimo hilo de aroma que se nos quedó entrelazado entre los dedos.
Todo es un amasijo tibio y cierto. Creo ahora más que nunca que he de volver a mi tierra, no para anunciar ni celebrar el reencuentro, no para estar con los míos ni con mi gente, no para movilizar ni para dar cuenta, tan solo para estrechar aún más las profundas energías que me hermanan con lo que llevo dentro.
Por ahora no tengo mucho más que decir, tengo el pecho lleno de astillas.





Inglaterra, 2 de marzo, 2010.
http://www.marcelomunch.blogspot.com/

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