Año nuevo para dos (coqueta y tierna) | Agustín Azcona Hernández


Se burlan de nosotras pero también nosotras
nos burlamos de ellos y quedamos a mano.
Rosario Castellanos, Kinsey Report
I
La sonrisa de Tere es una invitación abierta al pecado. Desde hace cuatro años se separó de su familia y vive con su pareja en un pequeño departamento de la colonia Impulsora. Es la empleada de mayor productividad en una importante empresa de sistemas informáticos. "Desde que vivo con mi pareja, me he acostumbrado a vivir en la resistencia", dice. Tere y su pareja son lesbianas.
En la oficina la conocemos como la inconquistable porque no se da con nadie. Es la chica de mejor desempeño en la empresa y se distingue claramente del resto de sus compañeras porque es muy atractiva. Todos han hecho lo imposible porque les acepte una invitación. Indudablemente se la quieren llevar a la cama, con la idea de que ese modo "volverá a ser una mujer normal".
Tere y yo compartimos en algunas ocasiones la hora de la comida. Hemos logrado cierta confianza, ella sabe que me puede contar todo y viceversa. Hace unos días, mientras la mayoría organizaba los preparativos para el convivio de fin de año, me contó parte de su pasado: "Hace varios años, en mi anterior trabajo, entré a laborar por recomendación de una amiga. Pronto me di cuenta que había varias lesbianas, un grupo de diez o doce. Al principio yo me mantenía alejada, no quería hacerme notar. Pero poco a poco me comencé a sentar con ellas a la hora del almuerzo, y en los descansos. Después hasta salíamos juntas al bar. Claro, el grupo era obvio. Todo mundo sabía y aunque la gente nos insultaba (machorras, bicicletas, manfloras, tortilleras, livais, etc.) los jefes nunca dijeron nada. Hasta que una de ellas tuvo problemas con su pareja que trabajaba en el mismo lugar. Fue el pretexto que todo mundo esperaba. Todos se dieron cuenta porque se pelearon en la fábrica. Algunos de los empleados se quejaron con el gerente, quien decidió despedir a todas las lesbianas que trabajábamos en ese lugar. Creo que en el fondo lo disfrutó. Al principio pensamos en demandar, pero nos aconsejaron que no lo hiciéramos, que nada íbamos a ganar, algunas decían que era mejor no exhibirnos con la denuncia. Al final, todas quedamos desempleadas y no pudimos ni conseguir trabajo en ninguna de las fábricas de los alrededores. Nos boletinaron. Ahora me cuido más, por eso no frecuento a mucha gente". En la mirada de Tere percibo que se asoma el rencor.
La tarde siguiente, con el secreto bien guardado, Tere y yo nos dedicamos, durante el convivio de fin de año en la oficina, a fingir a los demás que los apreciamos mucho como compañeros. Damos besos y abrazos a todos, incluso nos atrevemos a desear "lo mejor para tí y tú familia".
Ya con varios tequilas en el cuerpo, le pregunto a Tere, dónde pasará la noche de año nuevo. Mi casa tiene las puertas abiertas para ti y para tu pareja. "No te preocupes, dice, mientras envuelve la bufanda que le regalaron en el intercambio navideño. La pasaré con Norma, mi pareja. A pesar de que nuestras familias al principio nos daban la espalda, nos han venido aceptando. Sin embargo es falso eso de que la sociedad está cambiando y que hay apertura y esas cosas. Todavía en la calle nos miran con odio y extrañeza. Es muy probable que la noche de año nuevo la pasemos juntas, una cena sencilla, en donde no faltará una botella de tequila. Después nos iremos a la cama y entonces la que mande será tierna, como compensación; así también, la que obedezca será coqueta y se tomará sus revanchas". Yo, que en cosas del amor no soy un experto, creo percibir que en la mirada de Tere se asoma el desquite y la alegría.

 
II
Cada fin de año se repite la misma historia y los mismos deseos: Que tengas salud y trabajo, que ya termines la escuela, que el año que entra nos vaya mejor a todos. Siempre lo mismo.
Tú pensando en las broncas de dinero, en el fondo de ahorro que esperaste todo el año y que apenas servirá para pagar las deudas contraídas. Sin embargo, todavía te sonrojas cuando tu compañera de escritorio, esa a la que nunca les has dicho que te gusta, te abraza para desearte una feliz noche de navidad. Ojalá estuvieras conmigo, así no me sentiría tan solo, piensas en silencio mientras sientes el contacto de su delicado cuerpo.
Piensas además que tu familia te ha clasificado como antisocial porque nunca colaboras en el adorno del árbol navideño, me importa un carajo, el nacimiento mexicano es la única tradición digna de respetar, dices mientras el sonido de dos hielos que caen al fondo de un vaso, inundan tu habitación que está como cada día previo a la navidad: desarreglado, revuelto, ausente de emociones. ¿Podríamos saltarnos de aquí hasta el 6 de enero? Así nos ahorraríamos kilos y kilos de alimentos desperdiciados. Miles y miles de pesos gastados de manera inútil. Adornos, regalos, ofertas, anuncios, etc. ¿Podría terminarse el año el veintitrés de diciembre? Nada más cobro mi aguinaldo.
En el momento de la uvas pedirás doce deseos: que se acabe pronto este gobierno panista, que mis compañeros dejen de mandarme por internet las cadenas que nunca reenvío, que termine de una vez por todas la escuela, que ya concluyan las obras del Periférico, que mi compañera de escritorio me acepte una invitación a salir... Me faltarían uvas para seguir con todos los deseos que me inundan.
Y sin embargo, tan ausente de sentimientos navideños. Tan vacío de emociones. Tan petrificado, tan imprudente a veces, como cuando tus compañeros de oficina te miraban extrañados porque en el brindis de la oficina te atreviste a criticar el miserable (así lo dijiste) salario que pagan en el país. Todos voltearon a ver al gerente general que sonreía nervioso. Esa sensación de ausencia que alojas en la parte izquierda de tu corazón, de alejamiento, que te persigue y que te impide acercarte a los regalos navideños, que nunca compras, pero cómo detestas que te apresuren a que abras la caja roja con el moño dorado. Ojalá ya se acabe este año, piensas mientras finges una sonrisa de agradecimiento porque sabes que la navidad no se encuentra en los anuncios de Liverpool, ni en la posada del canal de las estrellas. Tampoco se encuentra en las ropas que tus primos estrenan porque las encontraron de oferta en Suburbia, dices en voz alta, aunque tu tías te critiquen porque no eres como los demás que se entusiasman y gritan y festejan ruidosamente, y cuando hay que seguir celebrando ponen alguna cumbia o la canción de moda y corren a la mesa para desaparecer en cosa de minutos el pavo, la ensalada, el espagueti…Tanta alegría y tú tan ausente. Ojalá tuvieras al lado a tu compañera de trabajo, compartiendo tus deseos…

 
Agustín Azcona Hernández es oriundo de Ciudad de México, nació en 1967. Es sociólogo de la UNAM y redactor. Ha colaborado en algunas revistas literarias como La Culebra, Molino de Letras y Letralia.

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